viernes, 30 de abril de 2010

constelaciones

Pocos días después de la mudanza, A y B encuentran, en el fondo de un armario, una caja de cartón cerrada con cinta adhesiva. Tomándola al principio por uno de sus tantos embalajes los sorprende encontrar un número enorme de fotografías, muchas de ellas amarillentas por el paso del tiempo. Las miran con asombro creciente: ninguna de las imágenes los muestra, sino a otra pareja, llamémoslos Y y Z, de rasgos vagamente familiares, retratada en lo que parece ser una luna de miel, una fiesta de primer cumpleaños de un hijo, el nacimiento de otro, retratos sucesivos de escolares, de viajes, de vacaciones de verano, playas, lagos, campos, casas de veraneo compartidas con la familia, niños que se han convertido en adolescentes, marcas cambiantes de automóviles, casas, edificios, caras, y momentos recónditos que parecen volver cóncavo el pequeño tiempo que contienen. A está maravillado. Han encontrado, dice, la suma de la vida de dos personas. B sugiere que se trata de los antiguos propietarios del apartamento: no cabe otra opción. Las primeras fotos, concluyen basándose en los colores desteñidos y la moda en las prendas de vestir, se remontan a mediados de los ochenta; las últimas, al año dos mil o poco más. Hay cerca de cuatrocientas, muchas sueltas pero algunas pegadas prolijamente a dos grandes álbumes. ¿Qué hacer? se preguntan A y B. Pronto se les impone una opción: lo correcto sería buscar a estas personas y devolverles su pasado, su tiempo perdido; pero, ¿cómo hacerlo? Llaman a la inmobiliaria donde gestionaron la compra del apartamento: la propietaria anterior es una señora de edad, no una pareja más o menos joven. Obtienen su teléfono y la llaman: no sé, les responde, yo le compré el apartamento en el 2002 a un pariente, y lo terminé por vender después de cansarme de todos los problemas que me generaba alquilarlo. ¿Alguna pareja que recuerde?, le preguntan, y responde que sí, al menos una que recuerda con cierto cariño, muy buenas personas, gente bien, pero añade que ha perdido hace tiempo el contacto y sólo logra retener el eco bastante vago de un nombre: Sanone, Sarone, Scarone, nada que permita rastrearlos. Pero A y B siguen indagando: llamando a algunos de los otros inquilinos intentan obtener más pistas, quizá más elementos olvidados, más cajas encontradas de repente en un baúl u otro armario, recuerdos de mudanzas. Pero ninguna de las pesquisas lleva a conclusiones claras, y ante el fracaso de esas tentativas deciden apelar a lo único sólido que poseen: las fotografías, examinándolas con mayor cuidado, con paciencia de detective. Investigan los rasgos de sus rostros, preparándose para encuentros fortuitos (inevitables en toda ciudad, concluyen); la manera de vestir, las constantes que permanecen más allá de los cambios en la moda y que probablemente hagan a las cualidades de la personalidad, de la individualidad, del ser, y también las facciones de los hijos, los cambiantes escenarios de las vacaciones, los signos escritos en la ciudad que los contiene, a veces vista desde una ventana en un rincón de la fotografía, otras veces a pleno en una calle o cierta plaza tan familiar pero a la vez inasible. La matrícula de un auto en una foto hacia mediados de los noventa no logra aportar mayores pistas; tampoco las casas de la playa, pese a que indagan con paciencia la naturaleza y el paisaje y creen determinar, con gran alivio, que se trata de Punta de Piedra o sus inmediaciones. Envueltos en un asombro agotado no dejan de viajar a estos posibles balnearios de veraneo en busca de las fachadas de las casas; a veces las encuentran, pero ninguno de sus habitantes recuerda a los rostros de las fotografías; nadie, sin embargo, lleva en esas casas mas de tres o cuatro años, así que se vuelve difícil sacar conclusiones. Todo este trabajo de investigación (que incluye también seguir a personas parecidas a Z y a Y, digamos a tantos F, J, L, R, y también, porque es inevitable, indagar, husmear en sus vidas) son debidamente registradas en decenas de fotografías, así como también todos los cambios en su vida, su nuevos trabajos, sus hijos, sus familias y amigos. Un día B descubre que A empieza a vestirse de un modo parecido al de Z, y A comienza a notar que en B han anidado gestos y ademanes que se asemejan a los que cabría reconstruir a partir de las fotos de Y. Este giro, por supuesto, era esperado en secreto por los dos; con el paso del tiempo los rasgos se acentúan. De posters y carátulas de LPs que aparecen en algunas fotos van descubriendo nuevos gustos musicales, así como también –porque en muchos de sus retratos X aparece leyendo- toda una literatura desconocida. En sus tantos viajes a los balnearios del Este terminan comprando una casita, que acondicionan idéntica a la que aparece en tantas fotos. Poco a poco su vida va cambiando: empiezan a preguntarse qué habría dicho Z, que habría pensado Y; tienen cara de ateos, ha llegado a creer B; seguro votaron a fulano y odiaron a mengano, concluyó A, mientras sus fotos y las de la otra pareja empiezan a confundirse, mejor dicho, a fundirse, como si representasen una serie continua o, para decirlo con otras palabras, empezando a olvidar que fueron A y fueron B, convirtiéndose, dirían algunos, en dos personas intermedias, M y N, que tienden a Z y a Y, que poco a poco son Y y Z. Pero en el proceso los ha impregnado una nostalgia que va ganando terreno como un cáncer; todos los caminos del mundo les saben a cosa repetida, agotada, incapaz de sorprenderlos o de darles el calor de la sangre y las cosas vivas: Ya no es posible vivir en su casa, en su ciudad: Y, Z, M, N, o quienes fuesen, deben abandonarla, dejar atrás sus vidas y recomenzar en otra parte, si es que es posible, si es que hay algo nuevo en el mundo (cosa que es fácil dudar). Entonces parten, un buen día, dejando todo atrás; venden su casa (o su apartamento, en realidad no importa), el auto, los muebles, los libros, los discos. Y en esta nueva mudanza o huída dejan olvidadas, como era de esperar, guardadas con esmero en una caja firmemente cerrada con cinta adhesiva, todas sus fotografías.

sábado, 24 de abril de 2010

EL CANTO DEL AGUA


Se detuvo a observar el espectáculo que le brindaban las hojas de los árboles que caían inertes, sin rumbo aparente llevadas por el viento. Desde hacía ya un tiempo había comenzado a transitar por el parque. Sus vivencias eran distintas cada vez. Acomodó el cuello de la gabardina, colocó las manos en los bolsillos y apuró el paso. Una ráfaga lo tiró al suelo, junto a las primeras hojas amarillas que acababan de caer y se recordó joven, atendiendo las primeras manifestaciones de las hormonas, el incipiente bigote, aquel beso, la primera mujer... se incorporó y esta vez fue llevado con rapidez hacia un costado donde las hojas habían adquirido un tono marrón. Experimentó el abandono de sus seres queridos, el desapego de lo terrenal... se volvió a incorporar y esta vez la ráfaga fue más fuerte que otras veces y lo arrastró hacia el centro, junto a hojas enlodadas que cumplían a gusto su tan ansiada metamorfosis y ese canto sonoro que emergía del fondo como un río de almas hacia la nada, le heló el cuerpo. La visión de las hojas se transformó en cuerpos desnudos, manos, ojos destellantes en la oscuridad barridos hacia el fondo en un canto cristalino y desgarrante. Logró con esfuerzo asirse a las ramas de un árbol y se arrastró como gusano, sacando su cabeza hacia la luz. Sus manos lograron tocar el límite opuesto del parque. Acarició las baldosas frías como si fueran una salvación. Se incorporó, alisó su gabardina, subió el cuello, colocó las manos en los bolsillos y apuró el paso. Se dijo que tendría que abandonar estos diarios paseos matinales por el parque; hasta ahora había sorteado muchas veces el mismo camino, pero esta vez había sentido el canto del agua, esta vez había estado cerca, muy cerca...
Mónica Marchesky

miércoles, 21 de abril de 2010

Libido



Sucedió a mediados del siglo XXI.
Cuatro o cinco ideas cristalizaron y la comunidad científica desarrolló un método para mapear todos los receptores del cerebro humano.
Luego de eso, la química orgánica hizo su tarea y las nuevas drogas fueron hechas exactamente a medida de cada uno. Podían controlar el humor, la actitud, la sensibilidad, el carácter y mucho, mucho más.

Pero lo que verdaderamente revolucionó a la humanidad fue un dispositivo terapéutico en forma de puntito diminuto y programable que suministraba esas nuevas drogas de forma fácil y eficiente.
Al principio lo llamaron “Dispositivo intracraneano de administración farmacológica directa” y fue una exclusividad de las grandes corporaciones.
Los profesionales de la medicina poseían ahora la llave para convertir a cualquiera en un ser “normal”. No más esquizofrénicos, no más depresivos, no más maniáticos compulsivos.

Al tiempo dieron un pasito más: no más ansiosos, no más hiperactivos, no más distraídos.

Por esa época comenzó un debate acerca de la “normalidad” y la libertad. Había quienes peleaban por el derecho a ser diferentes más allá de los estándares de las clínicas. Sin embargo, el nuevo dispositivo y su normalidad química avanzaba firmemente en los mercados mundiales. Hubo años en que fue el artefacto más vendido en casi todo el mundo.

Y justo cuando parecía que la igualdad uniformizante llegaba a cada persona en el mundo, sucedió.

Alguien (¿uno, muchos?) descifró los códigos. El aparato de tecnología exclusiva y costo de millones ahora podía ser programado por cualquiera. Enseguida aparecieron laboratorios piratas que vendían las drogas para recargar tu nuevo dispositivo “desbloqueado”. Y muchos descubrieron que el aparato podía ser “sintonizado” en estados muy diferentes de la apática normalidad institucional.

¿Querías vértigo? ¿Querías excitación? ¿miedo, autoestima, simple placer o éxtasis? Todo podía ocurrir simplemente alterando los mandos. La gente se sentía otra vez dueña de su sentir. Por supuesto ya nadie llamaba al dispositivo por su nombre oficial. Le decían “Little Big Dot” o simplemente Libido.

El descontrol fue fenomenal. Masas enteras de humanos dedicadas a disfrutar , a explorar nuevas posibilidades y a renunciar a toda forma de control exterior.

La fiesta no duró mucho. Libido fue prohibido y sus fabricantes perseguidos. 20 años después de su lanzamiento ya nadie hablaba de él.

Por lo menos no en público.

domingo, 18 de abril de 2010

Los viciosos



Dentro de n años lo que hoy llamamos computadoras serán un adminículo interno que cada ser humano llevará implantado desde su nacimiento. Así, viviremos conectados con las hiperredes todo el día y lo primero que cada humano normal haga al abrir los ojos y despertarse será accionar algun mando y conectarse.
También lo último que hará en el día será desconectarse antes de dormir.

Algunos mientras tanto, nos olvidaremos de ese ultimo acto y permaneceremos conectados entre sueños...de puro viciosos, nomás.

SE ENCONTRABA A TREINTA Y DOS METROS DE ALTURA



El reloj de pared marcaba la hora veinte. Se levantó a preparar un café y uno de los lápices sobre el escritorio, rodó por los estantes, hasta perderse entre los cables de su computadora.
-¡El suicidio del lápiz azul! –dijo en voz alta. Desde ese momento comenzó a soñar con suicidas. El Psicólogo le sugirió que tratara de no asociar ideas con objetos. Un día a fines del mes de Octubre, estaba dando una conferencia de las lenguas primitivas europeas y su influencia en distintas regiones, cuando irrumpieron chicos disfrazados de monstruos. El griterío se perdió en el patio y apareció de pronto un Freddy Kruger con sus garras y su macabra sonrisa. Se dirigió al chico y le dijo.
-Freddy, acá estamos dando una conferencia. No contestó, se limitó a eructar groseramente. -Continuaremos con nuestro tema a pesar de Freddy. –y agregó- intentaremos pensar que estamos en el infierno de Dante. Inmediatamente el lugar se tornó oscuro, Freddy se incorporó de un salto, le desgarró la piel y la arrastró hacia las profundidades

Mónica Marchesky

miércoles, 14 de abril de 2010

MARTES FANTASTICOS



El hombre contaba el dinero de la caja detrás de la barra del bar cuando vio entrar a un cliente.
Fue solo un momento y la figura cambió de color. Luego estalló en llamas y finalmente desapareció sin dejar ni un rastro.

Lejos de inmutarse, el dueño del bar solo dijo…ah, hoy es martes.

Sabía que en un rato vendrían los fantásticos montevideanos de todos los martes. Esos días el boliche se llenaba de fantasmas.

Por eso nada le extrañó cuando más tarde un vampiro le hablaba en el oído a la moza o a la mesa del fondo nadie iba por la cantidad de mariposas.

Claro, esos días había que andar más despierto. Que no le pises la sombra a este, que no le ofrezcas agua a aquel…últimamente había que tratar con cuidado hasta las piedras. Los robots de la ventana no molestaban mucho, a lo sumo habia que bancarse su actitud pedante pero el hombre se comenzó a fastidiar cuando prendió la tele para ver el partido y solo aparecía una especie de correo elctrónico interplanetario.

Un poco enojado se fue al baño a refrescarse la cara y del otro lado del espejo una vaca lo miraba con odio. El hombre recordó las palabras de su socio:

“No dejes que se te armen en el boliche contubernios de escritores. Los tipos cargan con sus fantasmas y, tarde o temprano, te invaden el local. Si no los sacás a tiempo terminás vos mismo tan loco como ellos”

El hombre pensó una vez más si no sería ya hora de decirle a esa gente simpática que ya no vinieran más, que ya no eran bienvenidos. Pero no, eran demasiado simpáticos y aunque no gastaran mucho le daban vida al local.
Además le habían regalado un libro y eso le gustó. No muchos le hacía regalos por esos días.

Primero dijo que no, que no leía. Pero ellos insistieron y le dejaron un libro de historietas llamado “El Eternauta”. El hombre todavía no había leído ni una página.

Para distraerse se puso a mirar por la ventana. Incrédulo, vio como empezaba a nevar – que raro, se dijo, nunca nieva en Montevideo - mientras en la vereda de enfrente un hombre cayó al piso como enfermo.

martes, 13 de abril de 2010


MONARCAS

Cuando divisó la primera mariposa monarca supo que estaban cerca. Debía realizar el informe al centro de investigación; ubicado en las montañas de México central.
Anotó: hora 6 a.m. Danaus plexippus.
Había comenzado la visita de estos pequeños lepidópteros que año tras año recorrían miles de kilómetros para aparearse y reproducirse.
Como entomólogo siempre lo había asombrado la metamorfosis total que sufren estos insectos, primero los huevos, luego las hambrientas orugas que se sirven de todo alimento, desde plantas, hasta insectos más grandes, desarrollando así su metabolismo dirigido a la crisálida y finalmente la mariposa adulta...
Arrastró su cuerpo y pertenencias hacia un cubículo de observación al abrigo del frío y se dispuso a esperar. Tenía todo, cámara fotográfica y chocolate para amortiguar los efectos del invierno que este año se presentaba más frío que de costumbre. Los árboles y arbustos no estaban en las condiciones óptimas que necesitan estos insectos para reproducirse. Estudiaría el comportamiento de la colonia en un ambiente desacostumbrado hasta ahora.
De pronto empezaron a divisarse mariposas oscuras africanas, esto era algo nuevo, no había registros al respecto.
Anotó: hora 8 a.m. Princeps Nireus.
Estas mariposas utilizan la luz para comunicarse; y era lo que estaban haciendo. Volaban en pequeños tramos y se detenían a absorber la luz ultravioleta que luego remitían en luz fluorescente azul-verdosa, atendiendo a una clave. Se fueron acercando cada vez más al cubículo de observación, mientras sus alas transmitían incesantemente.
En un instante la nube naranja y negra ocultó el cielo y un sonido único lo ensordeció. Las monarcas lo tomaron por sorpresa, inundando el cubículo de observación, atropellándose entre ellas, apareándose y antes de que pudiera arrastrarse hacia el exterior, lo inmovilizaron con arneses de seda y en cada agujero de su cuerpo depositaron los huevos hasta ahogarlo.

Mónica Marchesky

AZULÍMIDES

Esa especie de robot de última generación poseía grandes ojos inexpresivos, orejas en forma de espiral, boca grande arqueada hacia arriba y una nariz muy peculiar que consistía en un círculo recubierto por un delgadísimo tejido. En esa cabeza lo más importante era la nariz. El tejido la protegía de todo agente externo; polvo galáctico, pelo de algún animal en vías de extinción, enfermedades heredadas de antepasados de otras galaxias, etc. La original nariz era en sí misma, un sofisticado equipo de transmisión, un radar que detectaba cada movimiento que se registrara en el planeta a varios kilocentres de distancia. Cuando captaba alguna emisión fuera de lo habitual, trataba de interceptar lo que fuera en forma inmediata; a menos que estuviera dentro del territorio de alguno de sus iguales. En ese caso, esperaba que el otro lo localizara y diera cuenta, por esa especie de nasotransmisor a sus compañeros de lo que sucedía. En ese planeta tranquilo, donde todo parecía fluir sin mayores oscilaciones, sólo podría tratarse de: ratanoides perennes o restos calcinados de antiguas naves de escasa tecnología, que hacía siglos venían estrellándose caprichosamente y a veces atravesando la impecable superficie de Azulímides.
Los especimenes que las conducían parecían estar dotados de una rara inteligencia, según contaban los antepasados que habían logrado verlos y algún robot de los altos mandos que aún conservaba algunos de estos extraños ejemplares. Mientras hacían la guardia acostumbrada en la pirámide mayor, los compañeros más jóvenes preguntaron a Robótido cómo eran los seres que manejaban esas naves y si sabía cuántos sobrevivientes quedaban. Robótido contestó:
-Estos seres tienen cuatro extremidades que manejan en forma no muy


coordinada, un torso con relieves, en algunos casos, muy notorios y una cabeza. En la cabeza de los pocos que quedan, aún se pueden ver: ojos alargados con una especie de diminuto tul negro en sus bordes, algo mayor en la parte superior de la abertura; se lograron detectar varios modelos de nariz. Sobresalen del resto de la cabeza y en lugar de un orificio, tienen dos, que de poco le sirven ya que, por allí no pueden comunicarse y lo que es peor, de esos orificios a menudo sale un líquido gelatinoso entre amarillo y verde muy desagradable. En la boca, poseen unas extrañas piedras blancas, especie de cuchillas, con las que pueden deglutir otros seres inferiores vivos o no o lo que encuentren, incluida la chatarra. Los primeros que capturamos también la usaban para emitir sonidos ininteligibles a distintos volúmenes que resultaban sumamente irritantes para nuestro medio ambiente. Al parecer intentaban comunicarse por una especie de celudófono con lo que sería su nave nodriza o el horrendo lugar de donde provenían. Todo lo investigaban, es decir, lo miraban, ampliando la dimensión de sus ojos, porque como ya les dije, su tecnología era pobrísima. Sus descendientes ya no tienen ese reflejo, no intentan comunicarse y si lo hicieran sería un intento absolutamente inútil.
En el año 2520, según los registros de Azulímides, se produjo un gran desastre ecológico. El planeta llamado Tierra comenzó a hincharse al combinarse grandes cantidades de basura radioactiva con desechos humanoides sumamente tóxicos y el planeta literalmente se pulverizó en medio de la galaxia provocando daños contra terceros planetas que nunca se pudieron cobrar.
-Aún se pueden encontrar en las pirámides esterilizadas de algún alto mando –prosiguió Robótido- muestras de estos especimenes, utilizados para impresionar a los invitados o entretener a sus hijos. Fueron acondicionados a una temperatura especial dentro de unos cubículos transparentes que los mantienen con vida, sin alterar nuestro planeta. Mediante extrañas formas, lograron reproducirse, sufriendo algunas

alteraciones. La que parece ser por su inexplicable comportamiento, la hembra de la
especie, cada tanto ensancha su cuerpo hasta parecer una bola. Al tiempo, dando estremecedores gruñidos de dolor (que hacen vibrar el dispositivo de nuestra cajita de emociones) logra sacar de entre sus miembros inferiores un nuevo trozo de carne con similares características que sus antecesores. Cuando la pequeña cosa llora, la hembra comienza a reír compulsivamente ante los ojos cada vez más oblicuos de su compañero.
De verdad, les digo - agregó antes de retirarse - si no los hubiera visto un día que estaba de guardia en la pirámide del general, no lo creería... Esos seres tienen un formato tan peculiar que de alguna manera podría decirse que se asemejan a nuestros antepasados más remotos.
Sus compañeros se miraron y de sus nasotransmisores salió un gran signo de interrogación: ¿sería cierto todo lo que habían escuchado? Dosmiluno propuso:
-Vayamos a la pirámide del general para comprobarlo.
Dosmiltres dijo:
-Habría que considerar los riesgos. ¿Y si nos atrapan?...
Tresmilsiete gritó:
-Vamos ahora, sé como ingresar sin ser vistos.
Salieron los tres rumbo a la pirámide del general, con mucho cuidado lograron entrar sin ser vistos y al llegar al cubículo donde se encontraban los seres extrazulímidos, sus cajitas de emociones vibraron con tal fuerza que las alarmas comenzaron a sonar dando fin a la aventura apenas había comenzado. Desde entonces los modelos Dosmiluno, Dosmiltres y Tresmilsiete, fueron discontinuados y no aparecieron más en los catálogos de Azulímides.

domingo, 11 de abril de 2010

Ellos saben

1.

- Yo vi la primera vaca suicida.

La anciana rió al acordarse. Luego señaló a las sierras y continuó:

- Es que en la falda de la sierra había un matadero. Los vecinos de acá, del balneario, siempre nos quejábamos por los olores, pero no nos daban corte...bueno, el caso es que ese verano yo estaba mirando la playa desde la terraza y la vi.
- ¿La viste?
- A la vaca. Vino corriendo por la calle en plena mañana y se metió en el mar. Se quería suicidar, eso es seguro. Pero los pescadores la sacaron. No pudo ni matarse.
- Pero, ¿como sabes que quería matarse?
- Porque se dio cuenta que la iban a matar para comérsela y prefería morirse así.
......................
Hacía veinte años de esa conversación y la Ingeniera Daniela Montero la recordaba cada vez más a menudo.
En su momento, la conversación con Manuela, la anciana de Playa Negra había pasado como cualquier otra. En esa época, en el diario salían las primeras noticias del “mal de las vacas locas” y eso le había refrescado los recuerdos a la anciana.

Daniela calculó...la anciana ya hablaba de aquel como un cuento viejo, así que el suceso de la vaca era de por lo menos diez años antes de la conversación... ¿vacas suicidas hace treinta años? ¿Sería posible?


2.

Marcelo Pereira estaba convencido que lo que todo el mundo le señalaba como un defecto, era su principal virtud. El era, ante todo, atrevido.
No le había importado perder oportunidades en su carrera y tener que aguantar alguna que otra novia aconsejándole prudencia. El sentía que, cada vez que sintió ganas en la vida dijo lo que pensaba de cualquier tema...y bueno, había afrontado las consecuencias.
Termino la carrera de contador como pudo pero lo ultimo que quería era ser un oficinista. Así que cuando hacía dos meses le ofrecieron la posibilidad de trabajar en MP no lo pensó mucho.

La empresa se dedicaba a “optimizar la producción optimizando el uso de los recursos” según rezaba el lema oficial. En la práctica, se metían adentro de otras empresas, criticaban todo lo que encontraban y, si todo salía bien, encontraban mejores formas de hacer algunas cosas.

Esa oportunidad de criticar para mejorar era una especie de paraíso vocacional para Marcelo. Además, la Ing. Montero era una jefa amable y se llevaban bastante bien.

Marcelo juntó los últimos datos sobre el Frigorífico y todo coincidía. Tomó la decisión y fue a decírselo a su jefa.

No esperaba que un comentario de trabajo le podía provocar tanto miedo a la Ingeniera Montero.


3.

A ella le pareció que nunca había escuchado algo así.
En realidad, que nunca había escuchado a otra persona decir eso. Pero estaba claro que ella misma si lo había dicho.
Aunque hacía mucho que no lo hablaba, recordó su descubrimiento del tema. Primero fueron comentarios extrañados a algunos colegas. Después los esbozos de una teoría que parecía descabellada. Finalmente, un miedo creciente y ver como se cerraban puertas cuando se mencionaban determinados temas.

Es más, entre los analistas de los mercados ganaderos y de frigoríficos habían palabras que estaban prohibidas. Ya nadie decía “tasas de suicidio animal” o ni siquiera “tendencias de mortalidad en planta” . Cuando no había más remedio que hablar de ello se usaba las siglas TMP o TMC pero nadie las calculaba, nadie las medía...o por lo menos nadie lo comunicaba.

Sin embargo, en un país como Uruguay con 13 millones de vacas contra 3 millones de personas algunos secretos no podían durar mucho tiempo. Es que simplemente, la gente podía darse cuenta sola. Eso había pasado ahora con Marcelo.

Marcelo explicaba y mostraba gráficas y tendencias: “Cada vez hay más muertes del ganado en la entrada de los mataderos. También aumenta la incidencia de muertes en los campos por causas no declaradas o por lo que llaman violencia animal. Sin embargo he buscado en revistas y textos y no hay ninguna referencia....usted cree que se pueda publicar este estudio? ”

En medio de su miedo, Daniela encontró digno de reírse el comentario.

- ¿Tu querés publicar estos datos? ¿Y que conclusión le vas a poner? ¿Tenés una idea de por qué está pasando esto?
- Eeeh...no. Pero los datos son claros.....¿usted sabe por que ocurre esto?
- Me parece que sí. Pero si te lo digo te olvidás o lo tomás como una locura producto del cansancio del Viernes, ¿ta?
- Dale.
- Esos números no son muertes accidentales...son suicidios.
- Perdón, Daniela....¿vacas suicidas?
- Si
- ¿Y por qué se suicidan las vacas?
- Porque saben que las van a matar....ellas saben.


4.

La oportunidad, su oportunidad. Aunque fuera por boca de otro, Daniela iba a escuchar en público lo que hasta ahora solo había sugerido en privado.
“Cerebros atormentados” era el nombre de la fiesta que los estudiantes de ciencias daban cada año en donde la consigna era escuchar (lo más seriamente posible) las más disparatadas teorías con la única condición de que estuvieran presentadas en formato científico.
Concebidas inicialmente como un ámbito para liberarse de paradigmas y permitir un auténtico brainstorming aquella mezcla 90% de presentaciones y 10% de fiesta había ido variando bastante esas proporciones relativas.
En los últimos años, además, gran parte de las presentaciones versaban sobre diferentes variantes sexuales y el nivel general parecía descender sin remedio.
Este año, sin embargo, Daniela sabía que habría algo diferente. Lo había convencido a Marcelo para que expusiera su teoría.
Por primera vez iba a ver la cara del público escuchando algo semejante. Caras de gentes comunes, no ganaderos, no carniceros, gente común que iba a escuchar que los animales son conscientes de que los matamos.

Y pasó. Marcelo habló, brillante, desenfadado, atrevido, atractivo. La gente escuchó primero distraída, después incrédula, al final dubitativa.
Pero nadie se atrevió a ridiculizarlo. Es más, Daniela hubiera jurado que su teoría tenía ahora algunos adeptos.

Esa noche brindaron y se divirtieron como pocas. Daniela se daba cuenta que disfrutaba cada vez más de esa compañía fuera de contexto pero no se dejó llevar por fantasías románticas. Esa noche su cabeza celebraba el desahogo de años de una verdad oculta.

Ahora la gente se va a dar cuenta que los animales saben que son criados para ser matados. Pero ¿como lo saben? ¿eligen morir por nosotros? ¿es verdad que algunos se rebelan? Se abrían muchas más preguntas ahora. Pero eso no importaba, la gente ahora se iba a dar cuenta que ellos saben.


5.

Cuatro días después de "Cerebros atormentados" dos hombres llamativamente bajos llegaron sin cita previa a las oficinas de MP. Daniela y Marcelo los recibieron intrigados. Los hombres fueron directamente al grano:

- El otro día usted estuvo presentando unas ideas raras en la Facultad de Ciencias, ¿verdad?
- Si (interrumpió Marcela) ...¿ustedes tambien se dieron cuenta que ellos saben?
- Señora, no solamente ellos saben.....los otros ahora saben que ustedes saben.


6.

El diario del día siguiente decía en una página secundaria:

“En lo que parece ser la escena de un crimen pasional un hombre y una mujer fueron encontrados muertos ayer en una oficina del centro. Se trata de la Ing.........”

sábado, 10 de abril de 2010

LA SOMBRA QUE ALGUNOS HACEN

Querejeta aún recuerda cuándo la idea lo empezó a asediar y a retorcer como si él fuera un triste pañuelo; pero no puede saber la causa, ni elucubrando mil respuestas lógicas, o recurriendo a onerosos expertos en cuestiones psíquicas para que le restauraran la parte del alma que a partir de allí se le fue desarticulando. Durante aquel mal día había estado esperando distraído el atardecer, de pie en una esquina, cuando lo rozó un hombre y le pisó la sombra. Ahora el señor Querejeta recuerda inquieto que se permitió un salto y que el cuchillo no quiso salir de la vaina; y después, para despertarlo, sobrevino la tunda casi anónima en medio de un entrevero más que borroso. Desde entonces existe obsesionado celando su sombra de las pisadas ajenas. En otros tiempos fue un hombre feliz, que no pensaba en nada más complejo que los entregados (y trascendentes) goces de un partido de pelotas, un asado con mucha grasa, la dispendiosa fornicación semanal tras la pringosa y disimulada puerta de costumbre. Ahora, en cambio, no le da trégua el tenebroso pensamiento de la muerte, la decapitación incorregible de todos los pequeños gustos y apegos terráqueos. La idea lo ha impregnado de manera singular: morirá en cuanto le toquen la sombra. Ningún médico de cerebros lo pudo convencer, ni tres curas consoladores. Naturalmente, se dice, ellos no se juegan la vida, aunque no es malo que el cliente retorne. Pero el no puede arriesgarse, siempre ha sido garante, conoce el carácter irreversible de la fatalidad, la dirección contumaz de la desgracia. Es natural e incensurable, sin embargo, que a los demás les importe muy poco o nada su destino. Lo excretaron del trabajo burocrático sin indemnización; soportó hasta allí los motes de locura e incumplimiento, como si nada. Sus familiares no le tienen respeto ni aprecio y a diario le sacuden el hospicio en la nariz. En la calle le produce risa a cualquier atorrante... Y tanto aspaviento porque ha tenido que ordenar su vida para defenderse de las pisadas ajenas. Durante unos pocos momentos de paz, se fue haciendo amante de los días lluviosos y nublados, aunque pudieran traerle también la repentina desgracia, o, digamos, el escape de un rayo solar. Con el sol sin cortapisas, en cambio y paradójicamente, siempre pudo convivir. Algo conforme, o resignado, anda y anduvo por la calle a mediodía o, en otro caso, debajo de marquesinas o arboledas que lo confundieran y con su sombra lo hicieran inmune a la muerte. Y fue una delicia verlo caminar, casi por el medio de la calle, dando saltitos, evadiendo todo lo móvil, mirando a cada lado o gritándole a cualquiera que allí iba Querejeta, que tuvieran mesura y miraran muy bien dónde pisaban. Así, a veces le parece vivir en la vía crucis, y a veces una beatidud desciende y lo hace olvidarse de sí mismo y del calvario. En todo caso, cabe marcar, ya no pudo pegar la hebra con los amigos, ya no pudo pasear al atardecer, como era su vieja usanza. Tampoco puede aplazarse a propósito en cualquier parada de ómnibus o en alguna mesa de café. Ahora, como extraños amigos, todos le huyen al verlo venir, retribuyéndole rencor, quizá porque él, aterrorizado, había huido primero a todo bípedo, cuarúpedo, o bichos ambiguos de hierro, engranajes y tornillos. Es natural, ¿qué persona o qué amigo va a creer que él puede ser sociable sólo los días de lluvia o debajo de grandes sombras? La sociabilidad debe ser más abarcativa. Pero, nadie, nadie cree en sus razones. Al principio tenía la esperanza de lograr adaptar su existencia a los dictados de usos y costumbre de la ciudad. Esa esperanza ya no existe, y el terrible hecho le ha dado el coraje necesario para vivir su propia vida, diría, extraordinaria. Como siempre fue un individuo respetuoso y querido, ahora que lo ven así (escuchó que testifican que está irremediablemente loco) lo soportan y no han recurrido aún a la comisaría o al manicomio. Pero, ¿cómo se comporta -se preguntará el lector- además de andar por las calles brincando como un descerebrado? Podríamos contestar que se comporta con sagaz inteligencia, con dignidad de caballero, no sin una formidable habilidad. Al principio, tuvo la idea de usar un refinado bastón de caña de Malaca, con mango de metal labrado en plata, en las horas de sol alto. Procedimiento que muchas veces evitó que huyera de algunos contertulios de café, y por si alguien lo invitaba. El acto mecánico era simple: se detenía en una esquina y, apoyado en el noble mango, lo más erecto posible, se inclinaba de forma que su cuerpo apuntara al sol y no hiciera sombra. Podría permanecer horas así, mirando a cada rato el sol y tratando de ubicarse en el sentido exacto de sus rayos. Así se exhibió por las trajinadas tardes de la ciudad, hasta que el sol descendía y ya no podía sostenerse, supongamos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Luego de lo cual escogería trajinar el medio de la calle, guardándose a distancia de cualquier peligro. Con tan ingenioso procedimiento, logró que algunas personas no se apartaran. Alguna vez hasta convocó cierto público no despreciable a su alrededor. Claro que, cierto día, varios atorrantes se pusieron a carcajear, y cuando quiso darles la mano y congraciarse mencionando algo sobre el delicado juego de pelotas o las diáfanas refriegas de la política, le dieron la espalda con un devastador desdén. Tampoco faltaron las burlas en su mismísimo talante. Nadie lo defendió con una mirada, por ejemplo, o un gesto tierno, y ello lo aburrió sobremanera, sospechando que ya no lograría recuperar el aprecio que la población le tenía. Además, los perros, los gatos y los niños malcriados fueron su verdadero infierno, a los que iguala con repugnancia a la nada; sueña con ellos, sueña con lo imprevisible y con los rayos. Y la fatalidad como idea absoluta ha tomado toda su vigilia. Ahora, cada vez que ve en la calle a un perro o a un crío cargante, le palpita furiosamente el corazón y lo abarca un frío sudor a parca. A causa de estos soplos que lo demuelen por adentro, abandonó el pintoresco bastón junto a su ilusión de poder salvar algo del cálido aprecio popular y de su instruida voluntad. Hueco por la antedicha corrosión, devastado moralmente, casi sin panacea que no sea imaginaria, ha resuelto hacer de su vida un hecho digno, justificable, aunque sea un grito último de desesperación. Una jugada más, una existencia que se justifique, razona, por la comprensión que siente frente a la ceguera inocente de los demás, ya que ninguno es responsable de querer pisarle la sombra y borrarlo de la vida, ninguno puede suponer que por tan nimia falta se cometa el decano de los pecados. No, el universo es piadoso. ¡La inocencia -se repite una y otra vez- qué monstruo traidor! Ahora, como la última estocada se hace lerda, y él es un individuo de arbitrios intelectuales nada despreciables, caviló en el gran paraguas, artefacto que, sin mayores exigencias y costos, se prefigura como la solución de su problema. Naturalmente, el pueblo tal vez seguirá pensando que unos dientes no se encastran bien dentro de su cabeza, pero también es posible que piensen que sufre de una afección en la piel y no soporta el sol, o algo así, común, insignificante y tolerable, sobre todo, tolerable socialmente. Con el paraguas amigo, ha vuelto a ser un hombre bastante libre, y además puede cerrar el gran paraguas cuando camina debajo de una arboleda atascada o por una vereda sin sol. También puede pasearse al temible atardecer, arriesgándose, o permanecer en un punto, acompañando siempre al viejo sol con el paraguas. Es verdad que no siente que el artefacto haya sido su cura total. ¿Pero acaso los demás pueden remediar sus problemas con un método tan sencillo y módico, aunque tenga el mango curvo de caña laqueada sin pretensiones? Y con el espíritu en paz y el organismo libre de fármacos. Experimentando su nueva felicidad, justipreció el mérito de haber creado algo que lo protegería integralmente. Asimismo, ya que no se calificó de hombre tonto (modesto sí, pero tonto no) observó que jamás lo entenderían, que lo tendrían por una desgracia inefable; pero es natural que la especie circundante ignore lo que él sabe, y nadie sea capaz de comprender la dimensión de la seguridad que él tiene en lo que cree y que, reconoce, podría ser verdadero. Desde algo más allá de los agujeros y boquetes turbios de su conciencia, aquello más trascendente que los traqueteos inefables de la carne, lo está impulsando, o lo impulsaba, a cuidar esa Divinidad que es su sombra. Y esto le confiere el destino de hacedor, y, a la vez, de un pionero que ha saltado sin contamplaciones la barrera de la humana igualdad. Conoce su verdadera y dolorosa diferencia. No ve elevación alguna sobre él en la que esté de pie alguien; sólo ve un juego asertivo del mundillo convencional de piadosas acémilas, dignas del mayor aprecio. (Ultimamente, y por momentos nada más, ha empezado a calificar así a los transeúntes y otros bípedos.) Ellos, tan innumerables, pueden darse la felicidad con fanfarria y estridencia fijándose en el noble bastón o en el amplio paraguas chino; solamente expresan la impotencia para soportar una duda mayor, un temblor mental misterioso y turbador, o una simple lacra, si los epítetos afanosos alegraran la vida. ¿Que le puede importar que lo arrimen en sus mentes a la suciedad innominable, a la materia corrompible y maligna, solamente porque anda todo el día debajo de un gran paraguas negro? Alguien bastante cabrón hizo la jugada por él, sin consultar con su humanidad. Y al final de las cuentas, no ve a nadie al fin de la línea. Eso es cierto. Y si alguien estuviera en la vergozosa sombra, jugando al gato y al ratòn, sería lo mismo, porque tiene sólo esos instrumentos poco capaces, su sensibilidad, su percepción, sus ojos. Con la punta del ovillo entre los dedos, estremeciéndose siente que todo el precio del mundo no compraría un comino en mal estado. Asì se consuela con estas analgésicas disquisiciones, en la penumbra de su pieza de pensión barata, acariciando el mango y la suave tela de su paraguas amigo. Por momentos, sorpresivamente, tambièn puede o pudo sentirse aliviado, cavilando que el universo es indulgente, mientras presiente que cae la noche pegajosa, y mueren en la oscuridad los tenues rayos de luz en la diminuta ventana. Cuando llegue la postrera pisada, y si los dioses le dan el lapso, ha decidido plagiar a un fabulador que admiró. ¡Exigirá un escarbadientes, y tratará de distraerse lo más rápido posible!

Tarik Carson

jueves, 8 de abril de 2010

Sueños húmedos

La mano le acarició la espalda, bajo el camisón. Ella protestó y la aparto de sí. Caprichosa, la mano se acercó nuevamente, esta vez alrededor de su nuca, acariciante, seductora, apartando su cabello largo. La otra se unió a las caricias, recorriendo su espalda, descendiendo en círculos hasta su cintura. Ella se estremeció y sonrió, pero mantuvo los ojos cerrados y disfrutó del in crescendo de sensaciones. Luego las sintió subir su camisón, salvando piernas, torso y brazos, apenas rozándola los dedos a su paso, hasta forcejear con su cabeza y arrojarlo a un lado. Escuchó el ruido sordo de la prenda al caer junto a la cama.

Ella continuó inmóvil, fingiendo dormir.

Sin barreras ya, la boca se unió a las zalamerías esmeradas de las manos, depositando pequeños besos en su espalda desnuda y caliente. Tuvo que morderse los labios para contener una respuesta, sus propias manos contraídas sobre las sábanas arrugadas, mientras las otras continuaban concentradas en la piel de su espalda, de la nuca a la cintura, en silencio, con suavidad. Cuando trató de girar para responder, incapaz de contenerse más, las manos se endurecieron y la mantuvieron boca abajo, con firmeza. Ella suspiró y se abandonó al juego otra vez.

“Amor,” susurró, “yo...”

La boca se acercó para callarla con un beso. Ella mordió, hambrienta, pero la otra se retiró antes de que pudiera retenerla. Frustrada, volvió a intentar girar, solo para que la detuvieran una vez más. Ella gimió en anticipación.

Finalmente, sintió el cuerpo tenderse sobre ella, y simplemente quedarse así, quieto. Ella recibió con gusto ese peso tan familiar, disfrutándolo por algunos segundos, antes de estirarse hacia atrás, intentando ceñirlo. Las manos la detuvieron, tomaron las suyas y las volvieron a la cama, seguras y fuertes. Lo sintió tomar impulso, antes de hacerlos rodar a ambos con un movimiento rápido hasta invertir sus posiciones. Ahora estaba debajo de ella, pero aún de espaldas. Ella rió, y abandonando ya toda farsa de sometimiento, se desligó de sus manos y volteó para enfrentarlo.

Estaba muy oscuro, solo el reflejo pálido de la luna en el espejo de la pared iluminaba débilmente la habitación, sin embargo, era suficiente para ver a su amante, suficiente para ver sus ojos queridos reluciendo ambarinos en una cara familiar, pero extrañamente deformada.

“Hola querida,” dijo él, y empezó a reír.

Ella gritó.

Sus propios gritos la despertaron. Acurrucada, escudándose en las sábanas apretadas contra su pecho, miró a su alrededor, ubicándose en el aquí y ahora. Inspiró profundamente, buscando calmarse, mientras se repetía que solo había sido un sueño, un sueño sumamente vívido, pero un sueño al fin.

Con una mano temblorosa, acarició el espacio vacío donde él había dormido hasta hacía tan poco, y sus ojos se abrieron aterrados cuando notaron que su brazo largo y delgado resaltaba moreno en su desnudez contra la palidez de las sábanas. Frenética, miró a su alrededor, hasta encontrar el bulto arrugado de su camisón en el piso, al lado de la cama. Volvió a gritar, y esta vez no se detuvo.

Del otro lado de la ciudad, el vampiro perdió la conexión con su presa, pero siguió riendo.

lunes, 5 de abril de 2010

COMO DEFINIMOS LO FANTÁSTICO?



Italo Calvino (Italia, 1923-1985)(...) El cuento fantástico nace entre los siglos XVIII y XIX sobre el mismo terreno que la especulación filosófica: su tema es la relación entre la realidad del mundo que habitamos y conocemos a través de la percepción, y la realidad del mundo del pensamiento que habita en nosotros y nos dirige. El problema de la realidad de lo que se ve: caras extraordinarias que tal vez son alucinaciones proyectadas por nuestra mente; cosas corrientes que tal vez esconden bajo la apariencia más banal una segunda naturaleza inquietante, misteriosa, terrible, es la esencia de la literatura fantástica, cuyos mejores efectos residen en la oscilación de niveles de realidad inconciliables. (...) (1)



Tzvetan Todorov (Sofía, Bulgaria, 1 de marzo de 1939), en su Introducción á la littérature fantastique (1970), sostiene que lo que distingue a lo “fantástico· narrativo es precisamente la perplejidad frente a un hecho increíble, la indecisión entre una explicación racional y realista, y una aceptación de lo sobrenatural. (2)

Arthur Machen.(3 de marzo de 1863 - 30 de marzo de 1947), escritor y periodista galés, fue autor de relatos de terror fantástico, además de actor. Es también conocido por ser el principal creador del mito de los Ángeles de Mons, leyenda relacionada con las tropas británicas durante la I Guerra Mundial.) (3)

“Hay por encima de nosotros sacramentos
tanto del bien como del mal, y vivimos y
nos movemos, a mi entender, en un mundo
desconocido, un lugar donde hay recovecos
y sombras y seres crepusculares.
Es posible que, a veces, el hombre pueda
desandar el camino de la evolución, Y
tengo para mi que existe una espantosa
tradición que aún no ha muerto”.
ARTHUR MACHEN


(1) Italo Calvino.
(2) Introducción a la antología Cuentos fantásticos del XIX.
(3) Wikipedia

Mónica Marchesky

domingo, 4 de abril de 2010

Crónica de un habitante de Calisto


Una pequeña introducción.

Empecé a escribir en la escuela, amaba las redacciones de tema libre para poder contar historias de superhéroes salvando el planeta de invasiones extraterrestres y cosas por el estilo. Pero nunca lo tomé como algo más que una diversión, un juego. Ya adolescente sentí la necesidad irrefrenable de escribir, las palabras se me escapaban de la lapicera. Así fue que me lancé sobre el papel y desde aquellos tempraneros tiempos no he podido dejar de garabatear historias. Esos primeros e iniciáticos cuentos, eran homenajes a los escritores que leía (sigo leyendo) con avidez. El entrar en sus mundos era para mí la mayor aventura a la que el hombre podía acceder. Julio Verne, H. G. Wells, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, Robert Silverberg, y una pléyade de otros autores igual de interesantes y enriquecedores, fueron los culpables de mi devoción a la palabra escrita como forma de expresión.
Fueron nueve cuentos, mis primeros nueve cuentos, escritos allá por 1988 – 89. Hace muy poco me reencontré con ellos, en amarillentas hojas escritas a máquina y llenos de tachones y correcciones. Dos de esos cuentos, luego de pasar por el filtro de la experiencia y los años vividos, se han vuelto parte de mi último libro: “Nadie nos creería”. Celebrando la salida del mismo y aprovechando el espacio que aquí se me permite, voy a dejar uno de esos cuentos, más adelante pienso seguir desempolvando aquellos primeros pasos para compartirlos con sumo agrado.
Gustavo Aguilera

Crónica de un habitante de Calisto


Nunca había visto estos seres en toda mi existencia, me parecían muy extraños. Están hechos de un material blando y sintético. Tienen un cuerpo central y de él salen cinco seudópodos o prominencias no extensibles.
La protuberancia superior es corta y parecía carecer de un sentido utilitario. - quizás la selección natural la haga desaparecer con el paso de las generaciones. –medité. Pero hace poco noté que la utilizaban para comunicarse mediante sonidos. Deduje que por más que quisiera comunicarme con ellos sería inútil. Dos de las otras cuatro ramificaciones; las inferiores, las usan para trasladarse. He descubierto también que no han logrado el autoabastecimiento alimenticio interno, por lo tanto necesitan transportarse de aquí para allá para procurarse sustento.
El otro día intercambiando información sobre estos seres con uno de mis hermanos, me comunicó que analizando las perturbaciones sónicas que emitían y la manera en que lo hacían; logró descifrar en parte el código que ellos usan, entonces empezamos a estudiar sus comunicaciones. Lo más hilarante que logramos decodificar fue que iban a llevarnos para estudiarnos. Fue muy divertido.
Ellos creen que no tenemos vida, su escala de valores al respecto es también muy diferente a la nuestra.
Pasó un tiempo en que no volvimos a verlos, hasta que uno de ellos apareció de repente y me introdujo en una nada fría y oscura. Cuando descubrí de qué estaba hecha esa cosa que llamaron “caja” maldije a todos esos seres, sus antecesores y su progenie y sentí odio por primera vez en miles de años.
Esa caja estaba hecha con restos de mis congéneres, estaba rodeado de materia muerta de mis semejantes. Una masa hecha con cadáveres licuados y moldeados a su gusto y función.
Perdí la noción del tiempo hasta que decidieron sacarme de aquel martirio, me colocaron bajo una luz que molestaba por su intensidad y sobre una superficie sintética. En ese momento descubrí que su cuerpo estaba recubierto de una cáscara que los resguardaba de la intemperie. De ese modo averigüé que captan imágenes sólo por dos concavidades que tienen muy cerca de donde emiten sonidos para comunicarse. Ese lugar parece ser su centro de comunicaciones.
Mientras los estudiaba, comenzaron a atacarme con objetos punzantes que me provocaron todo tipo de dolores; a cual peor. Me hicieron en un momento lo que el desgaste natural me habría hecho en siglos. Busqué la manera de hacerles entender que estaba vivo, y sufriendo. Nunca pude hacerlo. Luego de un rato que me pareció eterno me dejaron en un rincón de la superficie muerta y se dispusieron, si no me equivoco, a cumplir con sus necesidades alimenticias. Por todos los medios que tenía a mi alcance intenté descifrar lo que hablaban, a la vez que buscaba la manera de comunicarme para que entendieran que estaban dañándome con sus experimentos. Encontré entre sus vocablos varios términos que no pude asimilar. ¿Por qué llamaban a mi mundo “Luna Calisto”, que significa “orbitar”, y “Júpiter”? Y se refirieron a mí con una palabra que no tenía sentido para mí. ¿Qué habrán querido decir al considerarme una roca? ¿Qué es una roca?



*Calisto: Una de las lunas de Júpiter