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domingo, 4 de abril de 2010

Crónica de un habitante de Calisto


Una pequeña introducción.

Empecé a escribir en la escuela, amaba las redacciones de tema libre para poder contar historias de superhéroes salvando el planeta de invasiones extraterrestres y cosas por el estilo. Pero nunca lo tomé como algo más que una diversión, un juego. Ya adolescente sentí la necesidad irrefrenable de escribir, las palabras se me escapaban de la lapicera. Así fue que me lancé sobre el papel y desde aquellos tempraneros tiempos no he podido dejar de garabatear historias. Esos primeros e iniciáticos cuentos, eran homenajes a los escritores que leía (sigo leyendo) con avidez. El entrar en sus mundos era para mí la mayor aventura a la que el hombre podía acceder. Julio Verne, H. G. Wells, Ray Bradbury, Isaac Asimov, Theodore Sturgeon, Robert Silverberg, y una pléyade de otros autores igual de interesantes y enriquecedores, fueron los culpables de mi devoción a la palabra escrita como forma de expresión.
Fueron nueve cuentos, mis primeros nueve cuentos, escritos allá por 1988 – 89. Hace muy poco me reencontré con ellos, en amarillentas hojas escritas a máquina y llenos de tachones y correcciones. Dos de esos cuentos, luego de pasar por el filtro de la experiencia y los años vividos, se han vuelto parte de mi último libro: “Nadie nos creería”. Celebrando la salida del mismo y aprovechando el espacio que aquí se me permite, voy a dejar uno de esos cuentos, más adelante pienso seguir desempolvando aquellos primeros pasos para compartirlos con sumo agrado.
Gustavo Aguilera

Crónica de un habitante de Calisto


Nunca había visto estos seres en toda mi existencia, me parecían muy extraños. Están hechos de un material blando y sintético. Tienen un cuerpo central y de él salen cinco seudópodos o prominencias no extensibles.
La protuberancia superior es corta y parecía carecer de un sentido utilitario. - quizás la selección natural la haga desaparecer con el paso de las generaciones. –medité. Pero hace poco noté que la utilizaban para comunicarse mediante sonidos. Deduje que por más que quisiera comunicarme con ellos sería inútil. Dos de las otras cuatro ramificaciones; las inferiores, las usan para trasladarse. He descubierto también que no han logrado el autoabastecimiento alimenticio interno, por lo tanto necesitan transportarse de aquí para allá para procurarse sustento.
El otro día intercambiando información sobre estos seres con uno de mis hermanos, me comunicó que analizando las perturbaciones sónicas que emitían y la manera en que lo hacían; logró descifrar en parte el código que ellos usan, entonces empezamos a estudiar sus comunicaciones. Lo más hilarante que logramos decodificar fue que iban a llevarnos para estudiarnos. Fue muy divertido.
Ellos creen que no tenemos vida, su escala de valores al respecto es también muy diferente a la nuestra.
Pasó un tiempo en que no volvimos a verlos, hasta que uno de ellos apareció de repente y me introdujo en una nada fría y oscura. Cuando descubrí de qué estaba hecha esa cosa que llamaron “caja” maldije a todos esos seres, sus antecesores y su progenie y sentí odio por primera vez en miles de años.
Esa caja estaba hecha con restos de mis congéneres, estaba rodeado de materia muerta de mis semejantes. Una masa hecha con cadáveres licuados y moldeados a su gusto y función.
Perdí la noción del tiempo hasta que decidieron sacarme de aquel martirio, me colocaron bajo una luz que molestaba por su intensidad y sobre una superficie sintética. En ese momento descubrí que su cuerpo estaba recubierto de una cáscara que los resguardaba de la intemperie. De ese modo averigüé que captan imágenes sólo por dos concavidades que tienen muy cerca de donde emiten sonidos para comunicarse. Ese lugar parece ser su centro de comunicaciones.
Mientras los estudiaba, comenzaron a atacarme con objetos punzantes que me provocaron todo tipo de dolores; a cual peor. Me hicieron en un momento lo que el desgaste natural me habría hecho en siglos. Busqué la manera de hacerles entender que estaba vivo, y sufriendo. Nunca pude hacerlo. Luego de un rato que me pareció eterno me dejaron en un rincón de la superficie muerta y se dispusieron, si no me equivoco, a cumplir con sus necesidades alimenticias. Por todos los medios que tenía a mi alcance intenté descifrar lo que hablaban, a la vez que buscaba la manera de comunicarme para que entendieran que estaban dañándome con sus experimentos. Encontré entre sus vocablos varios términos que no pude asimilar. ¿Por qué llamaban a mi mundo “Luna Calisto”, que significa “orbitar”, y “Júpiter”? Y se refirieron a mí con una palabra que no tenía sentido para mí. ¿Qué habrán querido decir al considerarme una roca? ¿Qué es una roca?



*Calisto: Una de las lunas de Júpiter

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