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sábado, 24 de abril de 2010

EL CANTO DEL AGUA


Se detuvo a observar el espectáculo que le brindaban las hojas de los árboles que caían inertes, sin rumbo aparente llevadas por el viento. Desde hacía ya un tiempo había comenzado a transitar por el parque. Sus vivencias eran distintas cada vez. Acomodó el cuello de la gabardina, colocó las manos en los bolsillos y apuró el paso. Una ráfaga lo tiró al suelo, junto a las primeras hojas amarillas que acababan de caer y se recordó joven, atendiendo las primeras manifestaciones de las hormonas, el incipiente bigote, aquel beso, la primera mujer... se incorporó y esta vez fue llevado con rapidez hacia un costado donde las hojas habían adquirido un tono marrón. Experimentó el abandono de sus seres queridos, el desapego de lo terrenal... se volvió a incorporar y esta vez la ráfaga fue más fuerte que otras veces y lo arrastró hacia el centro, junto a hojas enlodadas que cumplían a gusto su tan ansiada metamorfosis y ese canto sonoro que emergía del fondo como un río de almas hacia la nada, le heló el cuerpo. La visión de las hojas se transformó en cuerpos desnudos, manos, ojos destellantes en la oscuridad barridos hacia el fondo en un canto cristalino y desgarrante. Logró con esfuerzo asirse a las ramas de un árbol y se arrastró como gusano, sacando su cabeza hacia la luz. Sus manos lograron tocar el límite opuesto del parque. Acarició las baldosas frías como si fueran una salvación. Se incorporó, alisó su gabardina, subió el cuello, colocó las manos en los bolsillos y apuró el paso. Se dijo que tendría que abandonar estos diarios paseos matinales por el parque; hasta ahora había sorteado muchas veces el mismo camino, pero esta vez había sentido el canto del agua, esta vez había estado cerca, muy cerca...
Mónica Marchesky

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