viernes, 28 de mayo de 2010

LA PIEL DEL LOBO.


Al igual que los árboles, los floridos jardines, los verdes pastos frescos, los médanos casi a flor de agua en las zonas poco profundas de la playa amarilla, punto de encuentro de los veraniegos días de calor, aquella terrorífica crónica formaba parte del folklore popular.
Los más viejos del pueblo, aquellos que andaban con la espalda encorvada y peinaban canas, alguna vez que otra en noches de guitarreada y canto amenizaban la tertulia con aquellas historias que según ellos, eran reales.
Y los que atestiguaban aquellos relatos verdaderamente lo creían, porque quienes los narraban los cargaban de fuerza y vigor.
Aquellas andanzas aunque rozaran el asombro o sembraran mantos de incredulidad se volvían reales, a la luz del calor de las brazas, cuando las gargantas de los cantores estaban ya cansadas y la pausa obligaba.
La leyenda había crecido arraigada en las cuerdas de las guitarras, en él boca a boca, había sido legado a las generaciones nuevas y la misma gente la había mantenido tangible. De todos las exposiciones fantásticas que encumbraban los relatos de los paisanos, era sin duda la existencia del lobizón la más relevante, cargada de misticismo y por sobre todas por un gran realismo.
Antonio Giménez había nacido y crecido en Villa Lobos, aquella ciudad costera del interior.
Precisamente había heredado su nombre de ésta popular creencia, lo que en otras partes del mundo se definía como el “hombre lobo”.
Era una persona muy respetuosa de las creencias pueblerinas y le cabría el rótulo de cristiano, al menos a la hora de ir a misa los domingos.
Lo cierto es que no contaba con la virtud de la fe para las cuestiones religiosas, aún así quería asegurarse un lugar en el paraíso a la hora del adiós.
Cuando en un pueblo se comienzan a tejer suspicacias en torno a una persona, se empieza a temer, a ver al individuo con otros ojos, podría decirse que pasa a ser culpable sin siquiera haber tenido un juicio.
Esto aconteció con Miguel, un nuevo carpintero que había llegado al pueblo, pisando los cuarenta años, vivía solo, era ermitaño, casi nunca se lo veía andar la calle.
Este raro comportamiento llamaba mucho la atención.
¿Porqué este hombre vivía solo y alejado del mundo sin familia?
Los más atrevidos indagadores locales, aquellos que investigaban hasta el grupo sanguíneo de los recién llegados, lograron recabar información respecto al nuevo y extraño personaje.
Miguel había sido expulsado de su pueblo de origen, entre otras cosas por ser el mayor de siete hermanos, hecho este que disipaba cualquier tipo de duda, claro que nadie corroboró la veracidad de estas noticias.
Si ayudaba a alimentar el morbo y a sostener aún más lo que se imaginaba los comentarios eran fidedignos, poco importaban las fuentes.
Sin derecho a la auto defensa el carpintero estaba ya bajo la lupa del pueblo, lo evitaban, nadie se le acercaba y en las noches de cantina con la garganta regada por alguna bebida blanca los contertulios refiriéndose a él, dejaban escapar aquella palabra maldita: “ lobizón”.
Entonces la espeluznante leyenda volvía a la vida.
De inmediato se acercaban hasta el baúl de los recuerdos para extraer de él todo lo relacionado a la maldición.
El séptimo hijo varón, cuando vea la luna llena, se convertirá en lobizón, bestia descomunal, similar a un lobo de tamañas similitudes.
Ser sediento de sangre, enviado del mismísimo infierno, que no hallará la paz solo hasta que una bala de plata se aloje en su corazón.
El antiguo relato contaba además que aquel que fuera capaz de liberar el espíritu apresado en el cuerpo del hombre maldito, entraría en el cielo sin necesidad de pasar por el purgatorio.
El solo hecho de librar al mundo de esta amenaza lo ponía en lugar privilegiado a los ojos del altísimo.
Una de esas noches en que el alcohol de adueña de la atmósfera, el tema de encuentro de los vecinos era la nueva amenaza que se cernía sobre Villa Lobos.
Don Antonio Gutiérrez era sin duda en el pueblo el más indicado para levantar el estandarte de la lucha y ante el asombro de todos los presentes se comprometió a acabar con aquella amenaza.
Así fue entonces que la primera noche de luna llena decidió dar cumplimiento a su juramento.
Dio ordenes estrictas a su esposa que no abriera la puerta bajo ningún concepto, tomó su escopeta y sabiendo que aquella empresa podía costarle la vida salió rumbo a la casa del hombre, quería ser el primero en ver manifestarse al enviado del diablo y mandarlo de regreso al abismo.
Arma en mano, se apostó a unos cuantos metros de la casa, estaba solo, nadie se animó a seguir su paso, todos mantenían oración por el valiente Antonio.
Desde allí la vista era precaria, no podía acercarse más o estaría muy expuesto.
Una luz mortecina se desprendía del interior de la vivienda, desde lejos logró ver al hombre en su interior, pareció caer al suelo, cautivo por un desmayo.
Lo había perdido de vista, al instante pudo advertir algo peludo y descomunalmente grande incorporarse. Jamás había visto un animal tan grande.
No era producto de la exageración lo que se comentaba.
Su corazón pareció detenerse ante aquella horrible visión, sabía que la historia era real, ahora solo debía cumplir su misión.
Desde su ubicación perdió de vista la fiera, se acercó, lentamente y tembloroso... Ya no estaba, la enorme bestia había salido por atrás y se dispuso a buscarlo en la inmensidad de la noche...
Luego de varias horas, concluyó que el lobizón se había escapado... Pero no la próxima vez... Pensó.
Durante varias lunas Antonio siguió el rastro del lobo sin poder darle alcance.
Parecía que la endemoniada fiera cobraba inteligencia para eludir la persecución.
Todos los artilugios conocidos eran puestos en práctica por el improvisado cazador, ajos, agua bendita, grandes tramperos, pero no había éxito.
Así pasaron algunas lunas sin que el cazador intentara nada, hasta que una noche decidió volver al ruedo.
Esta vez decidido a terminar con el lobizón...
La luna era alta, a metros de la casa, logró ver la conversión desde fuera, como tantas veces antes, esta vez se acercó más...
El lobo se había escabullido de nuevo, enlutado por el manto nocturno.
El cazador rompió en furia y decidido avanzó hacia la vivienda tumbando la puerta con un furibundo punta pie.
Al abrirse la hoja de pesada madera... Mayúsculo fue su asombro al ver entre las sombras y tomar con sus manos una piel oscura y atiborrada de pelos.
En aquellas noches de luna llena, aquel lobo que no era tal, se convertía en bestia salvaje dando violentas envestidas a la esposa de Antonio que se extasiaba de placer aplacando los intensos calores del deseo, mientras escondían historias de amantes, ocultándolas entre las páginas cargadas de mítica que alimentaba la creencia popular.

Pablo Fagúndez.

lunes, 24 de mayo de 2010

Noche oscura

“It was a dark and stormy night”.

Edward Bulwer-Lytton


Era una noche oscura y tormentosa. Tempestuosa, diría. Sola en mi cuarto escucho caer las gotas; cada gota hace un sonido único, y no sé por qué siento agudizado mi oído. Cada ruido se vuelve perceptible; todo cobra mayor dimensión. Hace rato que estoy aquí. La soledad es muy necesaria. Tengo la portátil frente a mí parpadeando como un animal hipnótico. Pero no la veo. Solo percibo, cada vez más claramente, los rumores de la noche y no encuentro sosiego.

De pronto, advierto que entre todos los sonidos uno cobra mayor relevancia. Me levanto con mucho cuidado; pero si estoy sola, ¿para qué tanto sigilo? De todos modos, avanzo a tientas en la penumbra. Ahora estoy segura de que hay alguien detrás de la puerta. Siento claramente la respiración, ¿será un animal? Quizá la gata del vecino haya entrado asustada por la tormenta. Abro la puerta, escucho el viento que golpea contra las ventanas. Noto que entra una brisa. Seguramente venga de la cocina. ¿Habré dejado abierta alguna ventana? Piso algo blanduzco, como una serpiente perdida en la niebla, y enseguida escucho un alarido que me descoloca. En efecto, era la gata que había entrado, supongo que por la ventana que olvidé cerrar por un descuido, en la tarde. Pobre animal. Me mira atemorizada, posa sus grandes ojos en mí.

-No te preocupes. Está todo bien- le digo, mientras la tomo en brazos y la acurruco contra mi pecho.

Voy a la cocina, y finalmente cierro la ventana. Necesito un té o algo tibio para tomar. Pongo agua a hervir y espero. La gata se ve que también tenía sed, porque estaba buscando un tarrito del que beber. Le doy un platito con agua mientras la caldera empieza a silbar. Me hago una infusión de manzanilla, a ver si logro dormirme antes de las tres de la mañana.

De regreso a mi cuarto, camino con cuidado de no tropezarme; no encendí las luces, y una vez dentro compruebo que la gata ya no está. La había olvidado por completo. ¿Se habrá quedado en la cocina? Quizá esté asustada, debajo de un sillón.

Dejo la puerta entornada, por si vuelve.

De nuevo frente a la portátil, ahora con la pantalla inmóvil y quieta, me pregunto si podré hacer algo para dormirme. Lo encuentro muy difícil últimamente, toda una faena. En cuanto apoyo la cabeza sobre la almohada, en vez de sentir que me aquieto y que todo se serena, por el contrario, me viene una avalancha de imágenes y pensamientos que es imposible dominar. En pocos minutos me siento saturada de visiones inquietantes, y decido que prefiero estar sentada frente a la computadora, antes que dejarme invadir por tantas imágenes en donde se supone que debo reposar.

Y así paso noches enteras, yendo de la cama a la pantalla, y de la pantalla a la cama. Pero hoy algo ha cambiado. Lo siento en el aire, lo percibo, pero no lo puedo definir, por ahora, con claridad. Es una noche oscura realmente, alguien dijo alguna vez, la noche oscura del alma, pero no recuerdo quién; olvidé decir que sufro de baches amnésicos que me invaden como alienígenas, y que también es parte de mi sufrimiento actual.

Cuando hace un rato sentí la presencia, diría quizá sin exagerar, ominosa de la gata, mis oídos percibían los sonidos con mayor agudeza de la habitual. Y ahora, me daba cuenta, que mis ojos también captaban los colores, a pesar de la penumbra, y formas con mayor intensidad. Sentía el mundo de un modo mucho más intenso, definido, como si las cosas hubiesen adquirido su verdadera dimensión, como si fueran realmente por primera vez. El mundo había nacido ante mis ojos, y sin embargo, las sombras se alargaban, el viento soplaba con furia, la noche era oscura como el temor, y yo no lograba quitarme este estado de vigilia que parecía perpetuo y sin remisión, como una enfermedad incurable. Todos dirán que es el precio que debo pagar por ser escritora, pasarme las noches en vela, esperando pescar la inspiración con mis redes. Ahora, ello no explica mi estado alterado de la conciencia, ¿o sí? Tanta duda, tanta incertidumbre, me está realmente haciendo mella.

Toco una tecla y la portátil vuelve a la vida. No me puedo sacar de encima, nuevamente, el extraño sentimiento de no estar sola en la habitación, de que alguien o algo me observa cuidadosamente, sin perder el más mínimo detalle. Me viene un temblor. No puedo dejar de temblar. Maldición, ¿será la gata de nuevo?

Me levanto con cautela. Maldita paranoia. Maldita noche oscura. Me dirijo hacia la puerta, siento que el piso es blando, que se hunden mis pies. ¿Qué estará sucediéndome? ¿Dónde estará la gata? Abro la puerta de par en par. Ojalá tuviera una linterna. Pero veo que no la necesito; de hecho, mis ojos se ajustan perfectamente a la oscuridad. Siento que mis músculos se alargan, que puedo dar mis pasos con gran exactitud. El piso, curiosamente, se siente de maravilla, como hule. En cualquier momento me parece que podré saltar, despegarme del suelo como un ave en trance. Avanzo por la oscuridad, me agacho y empiezo a buscar a la gata. Me encuentro mucho más cómoda así, gateando por la habitación, y voy en cuatro patas, husmeando. Porque no lo dije, pero hasta mi olfato se había desarrollado de un modo magnífico, tanto como mi vista y oídos. Era una sensación estupenda, superaba cualquiera de mis borracheras, se los puedo asegurar. Y seguí así por unos minutos más, ensimismada, hundiéndome en el piso que al mismo tiempo me sostenía como nunca. ¡Nada, ni rastro de la gata, demonios, y yo aquí, haciendo el ridículo, claro, en mitad de la noche, gateando por la sala! Me apeo y decido que no puedo seguir así, que es el colmo de la locura, de la desfachatez, que qué dirán mis vecinos si me ven a oscuras y a gatas por la casa.

En ese instante es cuando escucho un maullido, alto, estridente, que parece que sale de mi propia garganta y me hace saltar sobre el sofá. Ahora sí, que se me puso la piel de gallina, que me siento hecha un demonio, y quiero gritar toda la noche como los lobos. Esto se está pasando de verde oscuro. Tengo que ir al médico mañana mismo, y pedirle esos somníferos que un tiempo atrás me recetara. Ya sé que no conviene tomar narcóticos porque crean adicción, pero esto es intolerable. La situación se ha ido de control.

Me levanto con cuidado, y veo una sombra enorme, curva, que me atemoriza. Necesito un bate de baseball, nunca se sabe quién anda suelto en la noche estos días, sobre todo, en noches de tormenta.

Pero ¿qué es lo que estoy viendo? ¿Qué le ha pasado a la gata? Tengo mucho miedo, me siento erizada de la cabeza a los pies. Mis ojos no me engañan. La gata ha sufrido una transformación, claro, es noche de luna llena, pero no sabía que la luna ejerciera su poder sobre los felinos, terrestres y mundanos. Pobre gata. Realmente, parece otro animal. Y con tanto trueno, quizá sea la tortuosa combinación de una noche oscura y tormentosa con la luna llena, debo buscarlo en Internet cuando vuelva a mi cuarto. De todos modos, no puedo dejar a la gata sola, aunque se haya transformado en un animal extraño, un bicho lunar y tempestuoso, tan oscuro como la noche.

Quizá esté asustada la pobre. Pero cuando avanzo hacia al ventanal noto algo extraño. Sobre todo la sensación en mis manos ha cambiado. Siento un tirón en la espalda y de nuevo, me sale un grito espeluznante de la garganta, y pego un salto, y esta vez caigo contra el ventanal que se parte en pedazos, y sin embargo, no siento ninguna clase de dolor, todo lo contrario, me siento eufórica, invencible, poderosa. Veo que no estoy lastimada, que no sangro como hubiera esperado. Pero ya estoy afuera y me siento, extrañamente liberada, con la mente serena, sin más oprobios. Puedo respirar. Por fin. Camino con lentitud. Lo que sí siento es una terrible sequedad de garganta. Pero puedo ver muy bien en la oscuridad, claro, la luna llena me hace todo más sencillo, y sé que en cualquier instante veré a la dulce gatita.

29-30 de abril, 2010, Munich.

martes, 11 de mayo de 2010

YO, EL, ELLA






Se repitió una y otra vez “YO soy el terapeuta, EL es el paciente”…pero por detrás de su paciente ella le guiñó un ojo.
Ella, que desde hacía 10 años solo existía en la imaginación enfermiza de su paciente.
Entonces simplemente dijo ”Carlos, creo que ya no podré ayudarte más”
Y empezó a planificar la noche que pasaría…con ella.

Noche de Brujas

Era noche de brujas, temprano aún. Seguramente en alguna parte, más acogedora, de la ciudad, los niños andarían disfrazados y riendo. La costumbre estadounidense de pedir caramelos puerta por puerta se estaba asentando en el país, y Leandro no lo veía mal; nada que trajera un poco de alegría estaba mal; además, era la noche más segura del año si a eso íbamos. En noche de brujas los espectros reales no salen, es su noche libre.

“Hola amor, ¿te puedo ayudar en algo?”

Leandro giró sorprendido, y sonrió. Bueno, quizás se había equivocado, quizás algún espectro que otro salía esa noche al fin y al cabo.

Había una mujer recostada en el umbral oscuro de una casa al parecer abandonada; la brasa ardiente de su cigarrillo iluminaba de luz ambarina su rostro cada vez que pitaba, con un ritmo extraño. Un poco más lejos, cerca del cordón, otra mujer se ofrecía a los autos que pasaban.

“Mis pies saben lo que quiero,” se dijo a sí mismo, y casi pudo sentir como la testosterona invadía sus venas; sin reflexión mediante, sus pies lo habían acercado a esa a esa calle, donde sabían que podría encontrar cierto alivio. Lo necesitaba; acababa de dejar a la mujer que lo obsesionaba en su casa sola otra vez, sin expectativas de cruzar ese otro umbral al menos por un tiempo; pero éste... éste sí podría.

Esos mismos pies se dirigieron a la mujer, y se detuvieron a pocos pasos. Ella se acercó también, alejándose de la puerta, y él pudo ver su sonrisa afilada a la luz de la calle; le había parecido joven y fresca en la distancia y el abrigo de la oscuridad, pero ahora Leandro apreció que demasiado maquillaje intentaba cubrir sus años, y sobre todo, la palidez extrema de su piel, y esos dientes... Era lo que había sospechado, estaba seguro ahora. Al poderoso cóctel de testosterona en su sangre, se agregó una medida de adrenalina.

“¿Ayudarme? Creo que sí, ¿pero cuál seria el precio, linda? ¿Mi torrente sanguíneo entero?”

La mujer abrió mucho los ojos, seguramente sorprendida de haber sido descubierta, pero se recuperó rápidamente. Tiró el cigarrillo y lo apagó con la punta de su zapato barato. “Bueno, podríamos llegar a un acuerdo, tipo un trueque... tú das un chiquito, yo doy un chiquito...”

Leandro sonrió y se le acercó aun más. “Querida, mi parte no sería tan chiquita,” bromeó mientras le tomaba la mano y se la besaba como un caballero burlón; el olor rancio de su piel no muy limpia y helada casi le provocó nauseas, pero sostuvo sus labios contra ella un segundo más de lo necesario. No le pareció raro estar considerando coger a una no-muerta vieja en un umbral oscuro, ni le pareció aún más extraño que estuviera más excitado con la idea de estaquearla con madera que con carne mientras la gozaba; solo sabía que necesitaba aliviar la necesidad imperiosa que sentía.

La vampiresa se rió en un intento de seducción, y se acercó tanto que Leandro pudo aspirar su perfume ordinario, y el olor a viejo detrás. Una mano acarició las solapas de su campera y la otra aleteó sobre sus jeans; Leandro empujó contra esa mano y sonrió. Ella se le pegó para susurrarle al oído: “buen material, señor, creo que podemos llegar a un arreglo.”

“Creo que sí,” repitió él, mientras intentaba besarle el cuello y no respirar al mismo tiempo.

Rápida como una serpiente se apretó contra él, acariciándolo con sus caderas en un movimiento insinuante, aunque tenía suficiente experiencia para saber que este cliente no necesitaba incentivos, para enseguida alejarse otra vez.

Con la sangre golpeándole en las sienes y otras partes de su anatomía, Leandro se estiró para alcanzarla, pero ella rió de nuevo, negando con su cabeza. “Paciencia, señor,” le dijo; luego lo tomó de la mano, abrió la puerta contra la que había estado parada y lo guió hacia una habitación vacía que solo contenía un colchón en un rincón. Allí, la prostituta se levantó la pollera que quería parecer gótica, probablemente una concesión a la fecha que vivían, y se acomodó para recibirlo.

Demasiado excitado para que sus dedos funcionaran bien, Leandro peleó contra la hebilla del cinturón mientras se arrodillaba entre sus piernas. Estaba a punto de dejarse caer sobre la mujer cuando sus manos tocaron sus muslos; la carne demasiado blanca, fría y floja se sintió casi como un animal muerto pudriéndose a la sombra. La imagen de la piel tostada de otra mujer le lleno la mente: piel tibia y suave que seguramente olía a algo agradable, como flores o mar; nada más distinto que esta criatura patética que lo esperaba.

De repente se sintió asqueado por el efecto de la vampiresa en él y la culpa y el disgusto lo invadieron. Leandro la miró por un largo momento, tan largo que ella abrió los ojos, interrogante, aunque volvió a sonreír al ver que finalmente descendía sobre ella; una sonrisa que se congeló en su cara cuando se dio cuenta de que en vez de clavarla con su cuerpo, el hombre le clavaba una estaca de madera en el pecho. No tuvo tiempo de nada más.

Cuando el polvo que había sido ella se aquietó, Leandro se paró, subió el cierre de su pantalón y abrochó el cinturón, al tiempo que sacudía la cabeza como para aclarar su mente, aturdido por lo que había pasado. Aturdido y sorprendido. Nunca se había sentido así; nunca había sentido esa lujuria tiránica y ciega, ni tanto disgusto, ni había pasado del disgusto al placer con tanta rapidez. Hasta esa noche había hecho sus rondas en forma casi distante: encontrar vampiros u otros indeseables y matarlos era su trabajo, ni más ni menos, no dejaba que sus emociones se involucraran. Pero hoy... hoy hubiera matado a la vampiresa después de usarla, y lastimarla también; hoy estaba entusiasmado: le había gustado matar.

Frotó sus manos contra los pantalones, como tratando de limpiar la suciedad que el contacto con la vampiresa había dejado en ellas; y por algún extraño motivo, ese simple roce lo estremeció, las palmas de sus manos estaban más sensibles, hormigueantes. Algo estaba mal; no estaba pensando claramente, no estaba actuando normalmente, no era él. Algo estaba mal, pero... ¡qué bien se sentía! Sonrió; en realidad estaba relajado y contento, casi eufórico, como si realmente hubiera tenido un clímax sexual; la verdad era que no sabía si se sentiría mejor si se hubiera derramado entre esos muslos laxos y helados de lo que se sentía ya. Estaba más vivo que nunca, y no había nada malo en eso.

Leandro se dirigió a la puerta y salió de la habitación que ya se le hacía sofocante. Tal vez tendría suerte y algún otro vampiro, espectro o demonio se había atrevido a salir en noche de brujas. Tal vez podría volver a disfrutar esa sensación. Con paso decidido y una alegría nueva al caminar, se alejó del lugar, y no escuchó –o no le importó– el grito aterrado que provenía de detrás de la puerta.

Dentro de la habitación, la otra puta gritaba; el cuerpo inerte de su compañera yacía aún abierto para su cliente, y la sangre ya empapaba el colchón.

domingo, 2 de mayo de 2010

LOS OJOS DE MI AMIGO



"Poseído de espanto, emprendí finalmente la huida ante su impenetrable tiranía como ante una peste, y hasta el fin del mundo huí, huí siempre en vano”.
Edgar Allan Poe

-Si muero primero –nos había dicho nuestro amigo a nosotros dos. –A vos –señalando al más viejo del trío, te tocarán mis orejas, y a vos –señalándome a mí- te tocarán mis ojos, para que pueda seguir por siempre junto a ustedes.
-Está bien, está bien –le increpamos- ya basta, no tomes más...
Pero nuestro amigo nos había hecho una doble broma, porque él sabía que iba a morir, nosotros no. Al cabo de unos meses falleció. Estuvimos en su entierro hasta que solo nosotros dos quedamos en el silencio del cementerio. Entonces mi amigo, el mas viejo, comenzó a escarbar como un enajenado la tierra que cedió sin resistencia a sus manos, dejando el féretro expuesto. Se tiró dentro del hoyo, abrió la tapa, sacó una afilada navaja y con decisión que yo no conocía, seccionó ambas orejas del cadáver, las colocó en una bolsa y me gritó desde el fondo.
-¡Ahora te toca a vos!
-¡No puedo! –le grité, como se te ocurre semejante disparate...
-Debes hacerlo –me decía mientras trepaba por la tierra- te perseguirá toda la vida, es el destino, él lo quiso así.
-¡No puedo! ¡No puedo! –volví a gritar retorciéndome entre mis instintos.
El más viejo salió del hueco con su bolsa de orejas y se perdió rápidamente en la oscuridad y siguió gritándome hasta que no lo oí más.
-¡Debes hacerlo, recuerda que te perseguirá toda la vida, es tu destino, no puedes huir, no puedes huir. Saqué fuerzas y bajé al foso a tratar de tapar el féretro, pero la tapa se atoró en una raíz, trepé hacia el exterior y comencé a tirar tierra, no podía dejar eso así, estaba muy mal.
Una niebla cubrió en un segundo toda sombra existente, solo dejó al descubierto las telas de araña en las ramas más bajas de los pinos y las huellas de las babosas sobre las lápidas. En esa zona el terreno era escabroso y tuve que arrastrarme para pasar entre las ramas que asieron mi garganta como si una garra del destino quisiera atraparme para cumplir la voluntad de mi amigo. Caminé hacia la dirección de la salida y me pareció que una sombra que no era la mía me acompañaba. Logré alcanzar la puerta y me tiré hacia la calle. Decidí que caminaría, había ensuciado mis ropas y zapatos. Serpenteé entre las calles y me detuve a cada instante. La sensación de persecución era tan fuerte que no podía casi respirar. Al llegar al centro de la ciudad disminuyó y pude sortear el poco transito de la noche y llegar a mi casa. Al subir las escaleras, volvió a estar junto a mi el aliento de mi amigo en mi nuca. Me metí en la ducha, y luego de un rato salí reanimado, pero al levantar la sábana para acostarme, huellas de manos, sucias, barrosas se confundían con pisadas que se perdían en la puerta. Quedé paralizado al ver que desde la almohada me vigilaban “los ojos de mi amigo”.
Mónica Marchesky