domingo, 2 de mayo de 2010

LOS OJOS DE MI AMIGO



"Poseído de espanto, emprendí finalmente la huida ante su impenetrable tiranía como ante una peste, y hasta el fin del mundo huí, huí siempre en vano”.
Edgar Allan Poe

-Si muero primero –nos había dicho nuestro amigo a nosotros dos. –A vos –señalando al más viejo del trío, te tocarán mis orejas, y a vos –señalándome a mí- te tocarán mis ojos, para que pueda seguir por siempre junto a ustedes.
-Está bien, está bien –le increpamos- ya basta, no tomes más...
Pero nuestro amigo nos había hecho una doble broma, porque él sabía que iba a morir, nosotros no. Al cabo de unos meses falleció. Estuvimos en su entierro hasta que solo nosotros dos quedamos en el silencio del cementerio. Entonces mi amigo, el mas viejo, comenzó a escarbar como un enajenado la tierra que cedió sin resistencia a sus manos, dejando el féretro expuesto. Se tiró dentro del hoyo, abrió la tapa, sacó una afilada navaja y con decisión que yo no conocía, seccionó ambas orejas del cadáver, las colocó en una bolsa y me gritó desde el fondo.
-¡Ahora te toca a vos!
-¡No puedo! –le grité, como se te ocurre semejante disparate...
-Debes hacerlo –me decía mientras trepaba por la tierra- te perseguirá toda la vida, es el destino, él lo quiso así.
-¡No puedo! ¡No puedo! –volví a gritar retorciéndome entre mis instintos.
El más viejo salió del hueco con su bolsa de orejas y se perdió rápidamente en la oscuridad y siguió gritándome hasta que no lo oí más.
-¡Debes hacerlo, recuerda que te perseguirá toda la vida, es tu destino, no puedes huir, no puedes huir. Saqué fuerzas y bajé al foso a tratar de tapar el féretro, pero la tapa se atoró en una raíz, trepé hacia el exterior y comencé a tirar tierra, no podía dejar eso así, estaba muy mal.
Una niebla cubrió en un segundo toda sombra existente, solo dejó al descubierto las telas de araña en las ramas más bajas de los pinos y las huellas de las babosas sobre las lápidas. En esa zona el terreno era escabroso y tuve que arrastrarme para pasar entre las ramas que asieron mi garganta como si una garra del destino quisiera atraparme para cumplir la voluntad de mi amigo. Caminé hacia la dirección de la salida y me pareció que una sombra que no era la mía me acompañaba. Logré alcanzar la puerta y me tiré hacia la calle. Decidí que caminaría, había ensuciado mis ropas y zapatos. Serpenteé entre las calles y me detuve a cada instante. La sensación de persecución era tan fuerte que no podía casi respirar. Al llegar al centro de la ciudad disminuyó y pude sortear el poco transito de la noche y llegar a mi casa. Al subir las escaleras, volvió a estar junto a mi el aliento de mi amigo en mi nuca. Me metí en la ducha, y luego de un rato salí reanimado, pero al levantar la sábana para acostarme, huellas de manos, sucias, barrosas se confundían con pisadas que se perdían en la puerta. Quedé paralizado al ver que desde la almohada me vigilaban “los ojos de mi amigo”.
Mónica Marchesky

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