miércoles, 29 de septiembre de 2010

Astronauta



ASTRONAUTA
Las grisáceas cabras pastaban en los verdes campos, cobijadas por blancas montañas; detrás, el fresco mar bañaba la costa dorada. El sol se ocultaba en el horizonte haciendo estallar en fuego el antes azul cielo...Cada seis meses debía alimentarse de forma natural, no intravenosa; también debía ejercitarse pues la criogenia prolongada podría provocarle hipertrofia muscular y osteoporosis. Es tiempo de cosecha, rotación de tierras y replantado de frutas y verduras. Estas tares son tal vez las más importantes que tiene para realizar. Si la cosecha moría también él estaría muerto así como la nave que lo transporta, finalizando su misión sin existo. 318 años, tiempo de la tierra, viajando por el espacio a 10 veces la velocidad de la luz hacen de la nave chatarra de difícil mantenimiento. Además de las piezas metálicas debía controlar el correcto flujo de combustible vegetal a los motores, la deshidratación y capsulacion de los alimentos así como el estado del curso y escritura de bitácora de viaje. Todo este trabajo le dejaba poco tiempo para pensar en La Tierra que dejo atrás. Ya no recordaba si tenía familia, si alguna vez amo o si lo amaron. Recordaba si el despegue, la presión en los ojos, la falta de aire. El ruido ensordecedor de la muchedumbre preguntando en la conferencia de prensa, las eternas discusiones sobre la existencia de Dios y el extremo final del universo. Los atentados terroristas, perpetrados por la unión católico-musulmana, no retrasaron el despegue, la falta de aire, la presión en los ojos, el ruido ensordecedor..., el silencio eterno del espacio profundo, la eterna soledad. En el poco tiempo libre que tenia leía sobre La Tierra, no se resignaba a olvidarla, aunque sabia que jamás la volvería a ver excepto en sus sueños, cada 4 meses durante 6 meses en criogenia. Entonces de nuevo los campos, las montañas, el infinito azul del mar. El despertar de criogenia es tranquilo. Lentamente las nieblas del sueño se disipan dando lugar a las sombras de la cámara, de tenues luces amarillas, que lo contenía. Pero hoy por primera vez no fue así. El sueño fue abruptamente interrumpido y las titilantes luces rojas lastimaban sus desacostumbradas pupilas. Estirando algunos músculos aun dormidos se incorpora y corre, raudo por los rojos pasillos de la nave. En la sala del capitán consulta la bitácora de viaje. Había sido despertado a los 2 meses y 3 días de comenzado la criogenia, para su sorpresa no por fallo técnico (esto ya había sucedido algunos años atrás). La computadora tenía orden informar en cualquier momento si se cumplía la prerrogativa de la misión o si se encontraba algo que pudiera significar el destino final de la misma: el final del universo. Desconecto las luces de emergencia, que lo estaban enloqueciendo. Las maquinas de la nave estaban apagadas, solo se escuchaba su corazón que le explotaba en el pecho. Los instrumentos marcaban algo al frente pero no podían identificarlo, así que decidió salir a verificar en persona. El traje espacial poseía la mejor tecnología de la época. Se le podían acoplar un sinfín de herramientas controladas por electrodos conectados directamente al cerebro. Los brazos van cruzados al frente, sobre el pecho, esto maximiza los sentidos permitiendo al astronauta oler, oír y sentir lo inimaginable. Saltó al helado espacio y se deslizo hasta la proa, irguiéndose sobre ella. Al alzar la vista quiso reír, pero sus músculos faciales ya habían olvidado como hacerlo. De izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, el muro era infinito. No podía verse a través de el. Negro, opaco. Reflejaba las estrellas, que había dejado tras de sí, pero no lo reflejaba a el ni a su nave. El muro era suave y helado como la seda. Tal vez fuera de vidrio o acrílico, pero mullido y acolchado como una gruesa frazada de invierno. Se arrastro por la eterna pared, descubriendo que no era tan eterna. Encontró aristas que formaban esquinas. Levanto la vista y en la negra inmensidad vio una pequeña ventana por donde se escurría un tenue rayo de luz. Temeroso se arrastro por la pared. Pensaba que ese no podía ser el final, que debía haber algo mas y él quería saber que era ese "algo mas". Se asomo tímidamente a la ventana. La sangre se congelo en sus venas al ver una sombra acercarse desde el otro lado. Retrocedió, tropezando con sus propios pies, cayendo en un rincón contra la suave pared. Los ojos desorbitados, fijos en la ventana. Aterrado vio como el muro cedía frente a el. De la luz surgieron varias sombras que lo alzaron. Lo colocaron en una especie de camilla, sujetándolo con fuertes correas de cuero. Le aplicaron un sedante inyectable por encima de la camisa de fuerza. Mientras lo conducían a la sala de electroshock sus gritos hacían eco por los pasillos del siquiátrico:-¡YA NO ESTOY LOCO! ¡YA RECUPERE LA RAZON!

domingo, 26 de septiembre de 2010

El Coro


A principios del siglo XXI ocurrió la tan temida invasión al planeta Tierra.

Una raza guerrera hacía tiempo que vigilaba a los humanos. A partir del estudio de diversos humanos secuestrados durante años conocía las posibilidades y debilidades de los habitantes de la Tierra.


Lo habían calculado minuciosamente. La invasión no sería fácil pero la victoria era segura. El factor sorpresa sería un importante aliado de los invasores y, por más que los humanos fueran seis mil millones, no había ser en este mundo capaz de oponerse a los que venían a dominarlo.


Confiados en sus fuerzas, los invasores enviaron la primera misión de reconocimiento y control. Su tarea era fácil: hacer una demostración de poder frente a algunos cientos de personas y dejar que el pánico recorriera el mundo. Despues de eso, atacarían masivamente a un mundo aterrorizado y desprevenido.


El lugar elegido era como cualquiera. El ser encargado de dar el primer paso de la invasión apuntó sus instrumentos a aquella reunión de algunos cientos de personas, los miró y escuchó. Se aseguraba que no hubiera nada extraño y en pocos instantes daría la orden de bajar.


En el medio del jardín, los humanos conversaban y disfrutaban de la tarde soleada. Nada sabían de lo que se escondía en el cielo y solo callaron un poco cuando alguien llamó la atención para hacer unas presentaciones.


Luego de la presentación, el coro empezó a cantar. Decenas de voces, que eran una sola. Decenas de gargantas fundidas en una canción con vida propia. Cientos de pulmones que procuraban respirar despacito, embelezados con tanta belleza. Cientos de manos que, cada tanto, explotaban de júbilo al unísono.


Desde el cielo, el encargado dudó extrañado. Los instrumentos mostraban una voz con una potencia inusitada, mostraban que el jardín latía como un sólo ser. Sin embargo, el podía ver a los humanos individuales, no demasiado distintos a los que ya concía.


En ese momento se dió cuenta. Los humanos tenían una propiedad desconocida para los invasores: podían amalgamarse en entidades superiores. El coro era la prueba. Su voz, su fuerza, su magia, era del todo superior a la suma de sus partes.


Era un error demasiado grande, una imprevisión crítica. La invasión fué rápidamente suspendida.


Cuando el coro terminó, el público agradeció emocionado. Nunca lo suficiente.

sábado, 18 de septiembre de 2010

URUGUAY 2030

(Ejercicio de taller)
“El cielo sobre el puerto tenía el color de una pantalla de televisor sintonizado en un canal muerto”

William Gibson


Al menos esa fue la comparación que hizo Javier en su cabeza, aun no entendía porqué había recordado aquellos viejos televisores que parecían gigantes cajas negras e incluso algunos traían antenas para captar las señales. Probablemente su regreso a Montevideo luego de diez años de su partida le traían esos recuerdos nostálgicos. Pero sí, el invierno de julio hacían que el cielo uruguayo fuese gris noche y Javier lo miraba con atención por la ventana de la nave que estaba a punto de llegar a puerto.
Javier era un joven solitario, quizás porque tras el fallecimiento de su madre a los quince años tuvo que partir hacia Tokio donde lo cuidaría su tío, desde ese entonces solo se había dedicado al estudio y posteriormente al trabajo, de hecho, no había tenido grandes historias amorosas con chicas, a pesar que era un joven muy apuesto, con un pelo lacio castaño casi rubio, sus grandes ojos color mar y su cuerpo ejercitado con éxito en un gimnasio virtual diariamente.
La vida en Tokio era muy fácil, las máquinas y robots lo hacían todo, el trabajo de Javier era solo de supervisión y este fue el problema que lo convenció de regresar a Montevideo, quería sentir alguna emoción.
Es así como ahora se encontraba mirando por una ventanilla de esas nuevas naves que volaban sobre el océano a 15 metros del agua, enormes y metálicas con forma de triangulo y tan veloces que su viaje de Tokio a Montevideo demoró solo cuatro horas y sin escalas. De esa manera llegó a puerto.
Una rampa mecánica se deslizó desde uno de los lados de la nave hasta suelo montevideano para que los pasajeros pudiesen descender, otra rampa mecánica en forma de curva salió de otro de los lados de la nave pero ésta era mucho más ancha y se apoyó en tierra.
Javier se bajo por la primera rampa, revisó sus bolsillos hasta que encontró un pequeño aparato con un solo botón, lo presionó y en treinta segundos su moto estaba bajando la segunda rampa dirigiéndose hacia él. La miro sonriéndose y se subió en ella.
Por primera vez miró la cuidad desde el puerto y a pesar de que el barrio “Cuidad Vieja” se veía tal como su nombre lo indicaba, algunos letreros electrónicos y cabinas para teletransportar objetos hacían ver que no había tanto atraso tecnológico, estar en Montevideo le había robado otra sonrisa, la segunda del día.
Subido en la moto, tomó su localizador de personas, indicó el país y la cuidad y se dispuso a encontrar a una persona especial para él, una amiga que lo acompaño en su vida desde que tiene uso de razón hasta el día que viajo a Tokio cuando los dos tenían 15 años, la extrañaba aun, y mucho.
-Pía Quintero –nombró Javier en voz alta sobre el micrófono de su localizador de personas.
-La persona que usted busca tiene exclusión de guía localizadora –contestó la maquina.
-Ufff –resopló Javier- no puede ser que después de diez años siga odiando la tecnología.
Se quedó sentado en su moto pensando y recordó aquel viejo aparato, se levantó y buscó debajo del asiento de la moto y ahí estaba el celular, el cual se encontraba apagado por falta de uso, lo conectó al gabinete de control del vehículo y en tres segundos la batería del teléfono móvil estaba cargada, lo prendió, buscó el numero de Pía y llamó.
-El móvil el cual usted llama se encuentra apagado… -contestó la operadora.
-Sí, sí, ya sé, si usted quiere saber la locación del móvil presione 3… –se burló de la contestadora y presionó 3.
De esta manera consiguió ubicar a Pía y la iba a visitar, Javier pensaba que ella podía generarle muchas emociones, ella sabría cómo.
Volvió a subirse a la moto, tecleó la dirección y enseguida un plano indicándole como llegar se apareció en la pantalla del panel de controles. Miró hacia todos lados y no encontró lo que buscaba entonces decidió preguntar:
-Discúlpeme señor. ¿Las líneas de transporte automático donde empiezan?
Lo que Javier buscaba eran líneas magnéticas en las calles donde las personas colocan su vehículo y se dirigen automáticamente, lo que estaba por descubrir es que aún no habían llegado a Uruguay.
-Amigo, las prometieron para el 2035, aun faltan cinco años, lo siento mucho. –le contestó el señor que pasaba.
-Ah… bueno, muchas gracias, no importa, manejaré –respondió amablemente, volvió la cabeza hacia su moto, miró el panel de controles y recordó que nunca la había manejado manualmente.
-Bueno hermosa… –dijo en voz alta dirigiéndose a la moto-, vamos a tener que trabajar en equipo, no debes ser tan difícil.
Lo que Javier aun no se había dado cuenta es que ya estaba cumpliendo el cometido de su viaje, su humor había cambiado rotundamente, ahora hasta hablaba solo y con los objetos.
Arrancó la moto y se puso en marcha rumbo a la casa de Pía por el camino que el plano de su moto le indicaba.
Reconoció una letra M redondeada, amarilla y roja y se detuvo.
-¡Bendito seas Ronald! –exclamó dirigiéndose al famoso payaso y paró a comer.
Hacía años que no comía más de lo que necesitaba. Volvió a llamar a su moto apretando el botón desde su bolsillo y siguió su camino hacia la casa de Pía. Al fin llegó, se bajó de la moto y tocó el timbre.
-¿Quién es? –se oyó una voz femenina por el portero eléctrico.
-¿Esta Pía Quintero allí? –preguntó Javier mientras miraba el portero buscándole una cámara o una pantalla.
-Sí, soy yo, ¿Quién es? –insistió Pía.
-Soy un viejo amigo, por favor bajá. –le pidió mientras le temblaban las piernas de los nervios, sensación que no sentía hacía años.
-O.K. –dijo ella y colgó el tubo.
Pía bajó y abrió la puerta, allí estaba ese muchacho con cara familiar recostado en una moto enorme de las de último modelo negra brillante, hermosa, él vestía unos jeans y una chaqueta de cuero y le podía contar al menos seis aparatos tecnológicos encima, que ella pudiera divisar, era muy lindo según los ojos de Pía, pero su cara le recordaba a alguien y se lo quedó mirando pensativa.
Javier por otro lado también había quedado mirándola fijamente, pensar que aquella muchacha que a sus quince años tenía acné y brackets para corregir sus dientes, hoy se paraba frente a él como una mujer hermosa con su pelo castaño lacio, sus inocentes ojos verdes y un cuerpo esbelto que la hacía lucir como una modelo, finalmente dejaron de mirarse solamente.
-¿Hola? –dijo Pía cortando el hielo.
-Hola –contestó Javier mientras pensaba en decir algo simpático a continuación-, veo que esos brackets hicieron un buen trabajo.
Fue una muy buena táctica para que ella sonriera y Javier al ver el buen trabajo de esos brackets también sonrió. A Pía se le vino a la mente su amigo de quince años, su cara se le transformó de duda a emoción y alegría.
-¿Javier? ¿Javi? –Le pregunto-¡Por Dios! ¡Sos vos!
Y mientras él sonreía y le asentía con la cabeza ella se le tiró encima, lo abrazó y le dio un gran beso en la mejilla. Javier se sorprendió de inmediato ya que hacia mucho tiempo que no tenía ese tipo de contacto con alguna persona, de todas maneras él también la abrazó.
Terminaron de saludarse, Pía seguía sorprendida, lo invitó a pasar y hablaron mucho, Javier le contó como la había encontrado gracias a la tecnología que ella odiaba, hablaron de lo que habían hecho esos últimos diez años y se rieron un poco de los implementos tecnológicos que él llevaba puestos como el detector de excremento en sus zapatos.
-Vas caminando y más o menos a 30 cm te suena una alarma en los pies, miras hacia adelante y ahí está, la caca de perro lista para que la pises, es muy útil Pía. –Intentaba convencerla pero ella solo se reía de la idea.
-Mirar al piso puede ser muy útil también Javi, hay otras cosas para esquivar en el piso montevideano.
Siguieron riendo un rato mientras tomaban unos mates.
-¡No te imaginas como extrañaba este gusto! –Dijo Javier.
-¡Sí! Yo no podría vivir sin un mate, pero me imagino que no fue el mate que te trajo de vuelta por Uruguay… -le contestó curiosa.
-No, de hecho fue un problema de salud, según mi psicólogo mi cuerpo está escaso de emociones y eso podría perjudicarme. –Explicó.
-Ah, bien. Al menos vas al psicólogo, ¿él te recomendó que vinieras?
-No… -contestó Javier con un poco de vergüenza-, digamos que mi psicólogo es un aparato que lo colocas en tu cabeza y te mide ciertas cosas y te da un diagnóstico y una recomendación…
Pía lo escuchaba y no lo creía.
-Eso es terrorífico Javi –le dijo mientras se reía-, ¿entonces tenés que vivir una emoción fuerte?
-¡Exacto! ¿Tenés alguna idea?
-De hecho si, se me acaba de ocurrir una muy buena idea, pero tenemos que salir ya a comprar unas entradas –terminó de decir esto y ya se estaba levantando, abrigando y agarrando las llaves.
-¿Qué? –Preguntó Javier como perdido-, ¿entradas de qué? ¿Adónde vamos? –mientras preguntaba también se aprontó para salir debido al ímpetu de ella.
-¡Javi! ¿Cómo entradas de qué? ¡Uruguay 2030! ¡Mundial de fútbol! Las entradas a la final se vendían a partir de hoy, ¿o me vas a decir que ya no te gusta el fútbol?
-¡Ufff! No me acordaba de eso, es que ahora el deporte de moda es el Magnetball y allá no pasan más fútbol.
-Sí, sí, olvídate de las pelotas magnéticas y las patinetas voladoras, vamos a ver fútbol de verdad –Pía estaba muy emocionada con la idea.
Se subieron a la moto y fueron a buscar las entradas, la moto de Javier piloteada manualmente por él iba a 120 km/hora por las calles de Montevideo hasta que llegaron al lugar e hicieron la cola mientras charlaban:
-Tu moto debería traer cascos –reflexionó Pía.
-No, no los necesita –le contestó Javier.
-Todas las motos necesitan cascos y más si vas a 120km/hora.
-No, de hecho ésta no los necesita, trae un sistema de magnetismo anti choque y acciona un control de gravedad anti caída cuando hay peligro, es imposible que te pase algo –le explicó.
-¡Ay Javi! Vos y tus aparatitos… -lo miró y le preguntó-: ¿trajiste tu celular? –mientras le revisaba los bolsillos.
-Si, acá esta, ¿Por qué? –sacó su celular del bolsillo y se lo entrego.
-Vamos a comprar las entradas en línea y que nos las manden por correo a casa, sino vamos a pasar horas acá parados.
Al ver la cara de incredulidad de Javier le explicó:
-Pensé que sería más emocionante hacer la cola, pero hace media hora que estamos acá y no hace mal usar un poquito la tecnología de vez en cuando –puso cara de niña buena y Javier no tuvo más remedio que sonreírle.
Así volvieron a la casa de Pía y siguieron contándose cosas y riendo, Javier nunca había sido tan feliz. El partido era en tres días y él se quedó en la casa de ella como huésped, visitaron lugares, paisajes, él se desprendió un poco de su tecnología y ella se adaptó un poco a las “maquinitas de comodidad” como solía llamarles.
Llegó el día del partido y fueron al Estadio Centenario, que lucía como nunca, era uno de los mejores estadios del mundo, pasaron sus entradas que eran tarjetas magnéticas por el censor y se subieron a la cinta mecánica que los llevaría a su ubicación.
La situación no podía ser mejor, Uruguay Vs. Brasil era la final, un partido que se mantuvo cero a cero hasta los últimos cinco minutos, Javier experimentó la mayor cantidad de emociones distintas durante el mismo.
Hasta que faltando cinco minutos Uruguay convierte un gol y saltaron los dos de alegría abrazándose y gritando con todas sus fuerzas.
Pía lo sorprendió con un beso en los labios y Javier supo desde ese momento que no volvería a Tokio.

Ceci Bentancur.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Una sonrisa de otro mundo


Fue su sonrisa lo que lo hizo cruzar la línea.

Hasta ese momento, se habian visto un montón de veces y habían hablado unas pocas. Pero sus vidas transcurrían como las hebras que forman una trenza: daban vueltas y vueltas en torno a la del otro, pero nunca coincidían.

Para ese entonces hacía como diez años que se conocían. Tenían amigos en común, vivían cerca y una extraña serie de coincidencias los había hecho encontrarse una y otra vez. Por eso pasaron de los saludos a pequeñas charlas de las que él siempre recordaba esa sonrisa. Esa sonrisa.

La excusa para acompañarla a su casa fue insignificante. Ayudarla con unos paquetes, una mascota escapada, algo que el nunca recordaría. Sin embargo lo que seguro no pudo olvidar fue lo que vio y sintió cuando la puerta se cerró detrás suyo.

Simplemente, ella no era de este mundo.

Las cosas del otro lado de esa puerta eran diferentes, aunque no tanto como para asustar. Lo que a el le pesaba era esa abrumadora sensación de novedad, esa certeza de que en esa casa (¿en ese universo?) todo era de otra clase, de otro sistema y había sido pensado para que lo usaran y disfrutaran otros seres.

Guiado por la sonrisa y su portadora, estuvo un tiempo tras esa puerta y volvió a su mundo sin poder contarle nada a nadie. Le asustaba la responsabilidad de lo que ahora sabía y sin embargo, tenía la seguridad de que nadie le iba a creer.

Solo para confirmarselo a si mismo, llamó a esa puerta tres o cuatro veces más. Siempre le abrieron, siempre le sonrieron y, en realidad, nunca pasó mal. Pero finalmente se despidió para ya no volver.

Luego de eso, no hubo más casualidades. No la vio nunca más, pero los recuerdos de lo vivido demoraron años en desvanecerse. Como en el gato de Cheshire, lo ultimo que quedó fue la sonrisa.