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jueves, 8 de abril de 2010

Sueños húmedos

La mano le acarició la espalda, bajo el camisón. Ella protestó y la aparto de sí. Caprichosa, la mano se acercó nuevamente, esta vez alrededor de su nuca, acariciante, seductora, apartando su cabello largo. La otra se unió a las caricias, recorriendo su espalda, descendiendo en círculos hasta su cintura. Ella se estremeció y sonrió, pero mantuvo los ojos cerrados y disfrutó del in crescendo de sensaciones. Luego las sintió subir su camisón, salvando piernas, torso y brazos, apenas rozándola los dedos a su paso, hasta forcejear con su cabeza y arrojarlo a un lado. Escuchó el ruido sordo de la prenda al caer junto a la cama.

Ella continuó inmóvil, fingiendo dormir.

Sin barreras ya, la boca se unió a las zalamerías esmeradas de las manos, depositando pequeños besos en su espalda desnuda y caliente. Tuvo que morderse los labios para contener una respuesta, sus propias manos contraídas sobre las sábanas arrugadas, mientras las otras continuaban concentradas en la piel de su espalda, de la nuca a la cintura, en silencio, con suavidad. Cuando trató de girar para responder, incapaz de contenerse más, las manos se endurecieron y la mantuvieron boca abajo, con firmeza. Ella suspiró y se abandonó al juego otra vez.

“Amor,” susurró, “yo...”

La boca se acercó para callarla con un beso. Ella mordió, hambrienta, pero la otra se retiró antes de que pudiera retenerla. Frustrada, volvió a intentar girar, solo para que la detuvieran una vez más. Ella gimió en anticipación.

Finalmente, sintió el cuerpo tenderse sobre ella, y simplemente quedarse así, quieto. Ella recibió con gusto ese peso tan familiar, disfrutándolo por algunos segundos, antes de estirarse hacia atrás, intentando ceñirlo. Las manos la detuvieron, tomaron las suyas y las volvieron a la cama, seguras y fuertes. Lo sintió tomar impulso, antes de hacerlos rodar a ambos con un movimiento rápido hasta invertir sus posiciones. Ahora estaba debajo de ella, pero aún de espaldas. Ella rió, y abandonando ya toda farsa de sometimiento, se desligó de sus manos y volteó para enfrentarlo.

Estaba muy oscuro, solo el reflejo pálido de la luna en el espejo de la pared iluminaba débilmente la habitación, sin embargo, era suficiente para ver a su amante, suficiente para ver sus ojos queridos reluciendo ambarinos en una cara familiar, pero extrañamente deformada.

“Hola querida,” dijo él, y empezó a reír.

Ella gritó.

Sus propios gritos la despertaron. Acurrucada, escudándose en las sábanas apretadas contra su pecho, miró a su alrededor, ubicándose en el aquí y ahora. Inspiró profundamente, buscando calmarse, mientras se repetía que solo había sido un sueño, un sueño sumamente vívido, pero un sueño al fin.

Con una mano temblorosa, acarició el espacio vacío donde él había dormido hasta hacía tan poco, y sus ojos se abrieron aterrados cuando notaron que su brazo largo y delgado resaltaba moreno en su desnudez contra la palidez de las sábanas. Frenética, miró a su alrededor, hasta encontrar el bulto arrugado de su camisón en el piso, al lado de la cama. Volvió a gritar, y esta vez no se detuvo.

Del otro lado de la ciudad, el vampiro perdió la conexión con su presa, pero siguió riendo.