sábado, 10 de abril de 2010

LA SOMBRA QUE ALGUNOS HACEN

Querejeta aún recuerda cuándo la idea lo empezó a asediar y a retorcer como si él fuera un triste pañuelo; pero no puede saber la causa, ni elucubrando mil respuestas lógicas, o recurriendo a onerosos expertos en cuestiones psíquicas para que le restauraran la parte del alma que a partir de allí se le fue desarticulando. Durante aquel mal día había estado esperando distraído el atardecer, de pie en una esquina, cuando lo rozó un hombre y le pisó la sombra. Ahora el señor Querejeta recuerda inquieto que se permitió un salto y que el cuchillo no quiso salir de la vaina; y después, para despertarlo, sobrevino la tunda casi anónima en medio de un entrevero más que borroso. Desde entonces existe obsesionado celando su sombra de las pisadas ajenas. En otros tiempos fue un hombre feliz, que no pensaba en nada más complejo que los entregados (y trascendentes) goces de un partido de pelotas, un asado con mucha grasa, la dispendiosa fornicación semanal tras la pringosa y disimulada puerta de costumbre. Ahora, en cambio, no le da trégua el tenebroso pensamiento de la muerte, la decapitación incorregible de todos los pequeños gustos y apegos terráqueos. La idea lo ha impregnado de manera singular: morirá en cuanto le toquen la sombra. Ningún médico de cerebros lo pudo convencer, ni tres curas consoladores. Naturalmente, se dice, ellos no se juegan la vida, aunque no es malo que el cliente retorne. Pero el no puede arriesgarse, siempre ha sido garante, conoce el carácter irreversible de la fatalidad, la dirección contumaz de la desgracia. Es natural e incensurable, sin embargo, que a los demás les importe muy poco o nada su destino. Lo excretaron del trabajo burocrático sin indemnización; soportó hasta allí los motes de locura e incumplimiento, como si nada. Sus familiares no le tienen respeto ni aprecio y a diario le sacuden el hospicio en la nariz. En la calle le produce risa a cualquier atorrante... Y tanto aspaviento porque ha tenido que ordenar su vida para defenderse de las pisadas ajenas. Durante unos pocos momentos de paz, se fue haciendo amante de los días lluviosos y nublados, aunque pudieran traerle también la repentina desgracia, o, digamos, el escape de un rayo solar. Con el sol sin cortapisas, en cambio y paradójicamente, siempre pudo convivir. Algo conforme, o resignado, anda y anduvo por la calle a mediodía o, en otro caso, debajo de marquesinas o arboledas que lo confundieran y con su sombra lo hicieran inmune a la muerte. Y fue una delicia verlo caminar, casi por el medio de la calle, dando saltitos, evadiendo todo lo móvil, mirando a cada lado o gritándole a cualquiera que allí iba Querejeta, que tuvieran mesura y miraran muy bien dónde pisaban. Así, a veces le parece vivir en la vía crucis, y a veces una beatidud desciende y lo hace olvidarse de sí mismo y del calvario. En todo caso, cabe marcar, ya no pudo pegar la hebra con los amigos, ya no pudo pasear al atardecer, como era su vieja usanza. Tampoco puede aplazarse a propósito en cualquier parada de ómnibus o en alguna mesa de café. Ahora, como extraños amigos, todos le huyen al verlo venir, retribuyéndole rencor, quizá porque él, aterrorizado, había huido primero a todo bípedo, cuarúpedo, o bichos ambiguos de hierro, engranajes y tornillos. Es natural, ¿qué persona o qué amigo va a creer que él puede ser sociable sólo los días de lluvia o debajo de grandes sombras? La sociabilidad debe ser más abarcativa. Pero, nadie, nadie cree en sus razones. Al principio tenía la esperanza de lograr adaptar su existencia a los dictados de usos y costumbre de la ciudad. Esa esperanza ya no existe, y el terrible hecho le ha dado el coraje necesario para vivir su propia vida, diría, extraordinaria. Como siempre fue un individuo respetuoso y querido, ahora que lo ven así (escuchó que testifican que está irremediablemente loco) lo soportan y no han recurrido aún a la comisaría o al manicomio. Pero, ¿cómo se comporta -se preguntará el lector- además de andar por las calles brincando como un descerebrado? Podríamos contestar que se comporta con sagaz inteligencia, con dignidad de caballero, no sin una formidable habilidad. Al principio, tuvo la idea de usar un refinado bastón de caña de Malaca, con mango de metal labrado en plata, en las horas de sol alto. Procedimiento que muchas veces evitó que huyera de algunos contertulios de café, y por si alguien lo invitaba. El acto mecánico era simple: se detenía en una esquina y, apoyado en el noble mango, lo más erecto posible, se inclinaba de forma que su cuerpo apuntara al sol y no hiciera sombra. Podría permanecer horas así, mirando a cada rato el sol y tratando de ubicarse en el sentido exacto de sus rayos. Así se exhibió por las trajinadas tardes de la ciudad, hasta que el sol descendía y ya no podía sostenerse, supongamos, en un ángulo de cuarenta y cinco grados. Luego de lo cual escogería trajinar el medio de la calle, guardándose a distancia de cualquier peligro. Con tan ingenioso procedimiento, logró que algunas personas no se apartaran. Alguna vez hasta convocó cierto público no despreciable a su alrededor. Claro que, cierto día, varios atorrantes se pusieron a carcajear, y cuando quiso darles la mano y congraciarse mencionando algo sobre el delicado juego de pelotas o las diáfanas refriegas de la política, le dieron la espalda con un devastador desdén. Tampoco faltaron las burlas en su mismísimo talante. Nadie lo defendió con una mirada, por ejemplo, o un gesto tierno, y ello lo aburrió sobremanera, sospechando que ya no lograría recuperar el aprecio que la población le tenía. Además, los perros, los gatos y los niños malcriados fueron su verdadero infierno, a los que iguala con repugnancia a la nada; sueña con ellos, sueña con lo imprevisible y con los rayos. Y la fatalidad como idea absoluta ha tomado toda su vigilia. Ahora, cada vez que ve en la calle a un perro o a un crío cargante, le palpita furiosamente el corazón y lo abarca un frío sudor a parca. A causa de estos soplos que lo demuelen por adentro, abandonó el pintoresco bastón junto a su ilusión de poder salvar algo del cálido aprecio popular y de su instruida voluntad. Hueco por la antedicha corrosión, devastado moralmente, casi sin panacea que no sea imaginaria, ha resuelto hacer de su vida un hecho digno, justificable, aunque sea un grito último de desesperación. Una jugada más, una existencia que se justifique, razona, por la comprensión que siente frente a la ceguera inocente de los demás, ya que ninguno es responsable de querer pisarle la sombra y borrarlo de la vida, ninguno puede suponer que por tan nimia falta se cometa el decano de los pecados. No, el universo es piadoso. ¡La inocencia -se repite una y otra vez- qué monstruo traidor! Ahora, como la última estocada se hace lerda, y él es un individuo de arbitrios intelectuales nada despreciables, caviló en el gran paraguas, artefacto que, sin mayores exigencias y costos, se prefigura como la solución de su problema. Naturalmente, el pueblo tal vez seguirá pensando que unos dientes no se encastran bien dentro de su cabeza, pero también es posible que piensen que sufre de una afección en la piel y no soporta el sol, o algo así, común, insignificante y tolerable, sobre todo, tolerable socialmente. Con el paraguas amigo, ha vuelto a ser un hombre bastante libre, y además puede cerrar el gran paraguas cuando camina debajo de una arboleda atascada o por una vereda sin sol. También puede pasearse al temible atardecer, arriesgándose, o permanecer en un punto, acompañando siempre al viejo sol con el paraguas. Es verdad que no siente que el artefacto haya sido su cura total. ¿Pero acaso los demás pueden remediar sus problemas con un método tan sencillo y módico, aunque tenga el mango curvo de caña laqueada sin pretensiones? Y con el espíritu en paz y el organismo libre de fármacos. Experimentando su nueva felicidad, justipreció el mérito de haber creado algo que lo protegería integralmente. Asimismo, ya que no se calificó de hombre tonto (modesto sí, pero tonto no) observó que jamás lo entenderían, que lo tendrían por una desgracia inefable; pero es natural que la especie circundante ignore lo que él sabe, y nadie sea capaz de comprender la dimensión de la seguridad que él tiene en lo que cree y que, reconoce, podría ser verdadero. Desde algo más allá de los agujeros y boquetes turbios de su conciencia, aquello más trascendente que los traqueteos inefables de la carne, lo está impulsando, o lo impulsaba, a cuidar esa Divinidad que es su sombra. Y esto le confiere el destino de hacedor, y, a la vez, de un pionero que ha saltado sin contamplaciones la barrera de la humana igualdad. Conoce su verdadera y dolorosa diferencia. No ve elevación alguna sobre él en la que esté de pie alguien; sólo ve un juego asertivo del mundillo convencional de piadosas acémilas, dignas del mayor aprecio. (Ultimamente, y por momentos nada más, ha empezado a calificar así a los transeúntes y otros bípedos.) Ellos, tan innumerables, pueden darse la felicidad con fanfarria y estridencia fijándose en el noble bastón o en el amplio paraguas chino; solamente expresan la impotencia para soportar una duda mayor, un temblor mental misterioso y turbador, o una simple lacra, si los epítetos afanosos alegraran la vida. ¿Que le puede importar que lo arrimen en sus mentes a la suciedad innominable, a la materia corrompible y maligna, solamente porque anda todo el día debajo de un gran paraguas negro? Alguien bastante cabrón hizo la jugada por él, sin consultar con su humanidad. Y al final de las cuentas, no ve a nadie al fin de la línea. Eso es cierto. Y si alguien estuviera en la vergozosa sombra, jugando al gato y al ratòn, sería lo mismo, porque tiene sólo esos instrumentos poco capaces, su sensibilidad, su percepción, sus ojos. Con la punta del ovillo entre los dedos, estremeciéndose siente que todo el precio del mundo no compraría un comino en mal estado. Asì se consuela con estas analgésicas disquisiciones, en la penumbra de su pieza de pensión barata, acariciando el mango y la suave tela de su paraguas amigo. Por momentos, sorpresivamente, tambièn puede o pudo sentirse aliviado, cavilando que el universo es indulgente, mientras presiente que cae la noche pegajosa, y mueren en la oscuridad los tenues rayos de luz en la diminuta ventana. Cuando llegue la postrera pisada, y si los dioses le dan el lapso, ha decidido plagiar a un fabulador que admiró. ¡Exigirá un escarbadientes, y tratará de distraerse lo más rápido posible!

Tarik Carson