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viernes, 30 de abril de 2010

constelaciones

Pocos días después de la mudanza, A y B encuentran, en el fondo de un armario, una caja de cartón cerrada con cinta adhesiva. Tomándola al principio por uno de sus tantos embalajes los sorprende encontrar un número enorme de fotografías, muchas de ellas amarillentas por el paso del tiempo. Las miran con asombro creciente: ninguna de las imágenes los muestra, sino a otra pareja, llamémoslos Y y Z, de rasgos vagamente familiares, retratada en lo que parece ser una luna de miel, una fiesta de primer cumpleaños de un hijo, el nacimiento de otro, retratos sucesivos de escolares, de viajes, de vacaciones de verano, playas, lagos, campos, casas de veraneo compartidas con la familia, niños que se han convertido en adolescentes, marcas cambiantes de automóviles, casas, edificios, caras, y momentos recónditos que parecen volver cóncavo el pequeño tiempo que contienen. A está maravillado. Han encontrado, dice, la suma de la vida de dos personas. B sugiere que se trata de los antiguos propietarios del apartamento: no cabe otra opción. Las primeras fotos, concluyen basándose en los colores desteñidos y la moda en las prendas de vestir, se remontan a mediados de los ochenta; las últimas, al año dos mil o poco más. Hay cerca de cuatrocientas, muchas sueltas pero algunas pegadas prolijamente a dos grandes álbumes. ¿Qué hacer? se preguntan A y B. Pronto se les impone una opción: lo correcto sería buscar a estas personas y devolverles su pasado, su tiempo perdido; pero, ¿cómo hacerlo? Llaman a la inmobiliaria donde gestionaron la compra del apartamento: la propietaria anterior es una señora de edad, no una pareja más o menos joven. Obtienen su teléfono y la llaman: no sé, les responde, yo le compré el apartamento en el 2002 a un pariente, y lo terminé por vender después de cansarme de todos los problemas que me generaba alquilarlo. ¿Alguna pareja que recuerde?, le preguntan, y responde que sí, al menos una que recuerda con cierto cariño, muy buenas personas, gente bien, pero añade que ha perdido hace tiempo el contacto y sólo logra retener el eco bastante vago de un nombre: Sanone, Sarone, Scarone, nada que permita rastrearlos. Pero A y B siguen indagando: llamando a algunos de los otros inquilinos intentan obtener más pistas, quizá más elementos olvidados, más cajas encontradas de repente en un baúl u otro armario, recuerdos de mudanzas. Pero ninguna de las pesquisas lleva a conclusiones claras, y ante el fracaso de esas tentativas deciden apelar a lo único sólido que poseen: las fotografías, examinándolas con mayor cuidado, con paciencia de detective. Investigan los rasgos de sus rostros, preparándose para encuentros fortuitos (inevitables en toda ciudad, concluyen); la manera de vestir, las constantes que permanecen más allá de los cambios en la moda y que probablemente hagan a las cualidades de la personalidad, de la individualidad, del ser, y también las facciones de los hijos, los cambiantes escenarios de las vacaciones, los signos escritos en la ciudad que los contiene, a veces vista desde una ventana en un rincón de la fotografía, otras veces a pleno en una calle o cierta plaza tan familiar pero a la vez inasible. La matrícula de un auto en una foto hacia mediados de los noventa no logra aportar mayores pistas; tampoco las casas de la playa, pese a que indagan con paciencia la naturaleza y el paisaje y creen determinar, con gran alivio, que se trata de Punta de Piedra o sus inmediaciones. Envueltos en un asombro agotado no dejan de viajar a estos posibles balnearios de veraneo en busca de las fachadas de las casas; a veces las encuentran, pero ninguno de sus habitantes recuerda a los rostros de las fotografías; nadie, sin embargo, lleva en esas casas mas de tres o cuatro años, así que se vuelve difícil sacar conclusiones. Todo este trabajo de investigación (que incluye también seguir a personas parecidas a Z y a Y, digamos a tantos F, J, L, R, y también, porque es inevitable, indagar, husmear en sus vidas) son debidamente registradas en decenas de fotografías, así como también todos los cambios en su vida, su nuevos trabajos, sus hijos, sus familias y amigos. Un día B descubre que A empieza a vestirse de un modo parecido al de Z, y A comienza a notar que en B han anidado gestos y ademanes que se asemejan a los que cabría reconstruir a partir de las fotos de Y. Este giro, por supuesto, era esperado en secreto por los dos; con el paso del tiempo los rasgos se acentúan. De posters y carátulas de LPs que aparecen en algunas fotos van descubriendo nuevos gustos musicales, así como también –porque en muchos de sus retratos X aparece leyendo- toda una literatura desconocida. En sus tantos viajes a los balnearios del Este terminan comprando una casita, que acondicionan idéntica a la que aparece en tantas fotos. Poco a poco su vida va cambiando: empiezan a preguntarse qué habría dicho Z, que habría pensado Y; tienen cara de ateos, ha llegado a creer B; seguro votaron a fulano y odiaron a mengano, concluyó A, mientras sus fotos y las de la otra pareja empiezan a confundirse, mejor dicho, a fundirse, como si representasen una serie continua o, para decirlo con otras palabras, empezando a olvidar que fueron A y fueron B, convirtiéndose, dirían algunos, en dos personas intermedias, M y N, que tienden a Z y a Y, que poco a poco son Y y Z. Pero en el proceso los ha impregnado una nostalgia que va ganando terreno como un cáncer; todos los caminos del mundo les saben a cosa repetida, agotada, incapaz de sorprenderlos o de darles el calor de la sangre y las cosas vivas: Ya no es posible vivir en su casa, en su ciudad: Y, Z, M, N, o quienes fuesen, deben abandonarla, dejar atrás sus vidas y recomenzar en otra parte, si es que es posible, si es que hay algo nuevo en el mundo (cosa que es fácil dudar). Entonces parten, un buen día, dejando todo atrás; venden su casa (o su apartamento, en realidad no importa), el auto, los muebles, los libros, los discos. Y en esta nueva mudanza o huída dejan olvidadas, como era de esperar, guardadas con esmero en una caja firmemente cerrada con cinta adhesiva, todas sus fotografías.