viernes, 28 de mayo de 2010

LA PIEL DEL LOBO.


Al igual que los árboles, los floridos jardines, los verdes pastos frescos, los médanos casi a flor de agua en las zonas poco profundas de la playa amarilla, punto de encuentro de los veraniegos días de calor, aquella terrorífica crónica formaba parte del folklore popular.
Los más viejos del pueblo, aquellos que andaban con la espalda encorvada y peinaban canas, alguna vez que otra en noches de guitarreada y canto amenizaban la tertulia con aquellas historias que según ellos, eran reales.
Y los que atestiguaban aquellos relatos verdaderamente lo creían, porque quienes los narraban los cargaban de fuerza y vigor.
Aquellas andanzas aunque rozaran el asombro o sembraran mantos de incredulidad se volvían reales, a la luz del calor de las brazas, cuando las gargantas de los cantores estaban ya cansadas y la pausa obligaba.
La leyenda había crecido arraigada en las cuerdas de las guitarras, en él boca a boca, había sido legado a las generaciones nuevas y la misma gente la había mantenido tangible. De todos las exposiciones fantásticas que encumbraban los relatos de los paisanos, era sin duda la existencia del lobizón la más relevante, cargada de misticismo y por sobre todas por un gran realismo.
Antonio Giménez había nacido y crecido en Villa Lobos, aquella ciudad costera del interior.
Precisamente había heredado su nombre de ésta popular creencia, lo que en otras partes del mundo se definía como el “hombre lobo”.
Era una persona muy respetuosa de las creencias pueblerinas y le cabría el rótulo de cristiano, al menos a la hora de ir a misa los domingos.
Lo cierto es que no contaba con la virtud de la fe para las cuestiones religiosas, aún así quería asegurarse un lugar en el paraíso a la hora del adiós.
Cuando en un pueblo se comienzan a tejer suspicacias en torno a una persona, se empieza a temer, a ver al individuo con otros ojos, podría decirse que pasa a ser culpable sin siquiera haber tenido un juicio.
Esto aconteció con Miguel, un nuevo carpintero que había llegado al pueblo, pisando los cuarenta años, vivía solo, era ermitaño, casi nunca se lo veía andar la calle.
Este raro comportamiento llamaba mucho la atención.
¿Porqué este hombre vivía solo y alejado del mundo sin familia?
Los más atrevidos indagadores locales, aquellos que investigaban hasta el grupo sanguíneo de los recién llegados, lograron recabar información respecto al nuevo y extraño personaje.
Miguel había sido expulsado de su pueblo de origen, entre otras cosas por ser el mayor de siete hermanos, hecho este que disipaba cualquier tipo de duda, claro que nadie corroboró la veracidad de estas noticias.
Si ayudaba a alimentar el morbo y a sostener aún más lo que se imaginaba los comentarios eran fidedignos, poco importaban las fuentes.
Sin derecho a la auto defensa el carpintero estaba ya bajo la lupa del pueblo, lo evitaban, nadie se le acercaba y en las noches de cantina con la garganta regada por alguna bebida blanca los contertulios refiriéndose a él, dejaban escapar aquella palabra maldita: “ lobizón”.
Entonces la espeluznante leyenda volvía a la vida.
De inmediato se acercaban hasta el baúl de los recuerdos para extraer de él todo lo relacionado a la maldición.
El séptimo hijo varón, cuando vea la luna llena, se convertirá en lobizón, bestia descomunal, similar a un lobo de tamañas similitudes.
Ser sediento de sangre, enviado del mismísimo infierno, que no hallará la paz solo hasta que una bala de plata se aloje en su corazón.
El antiguo relato contaba además que aquel que fuera capaz de liberar el espíritu apresado en el cuerpo del hombre maldito, entraría en el cielo sin necesidad de pasar por el purgatorio.
El solo hecho de librar al mundo de esta amenaza lo ponía en lugar privilegiado a los ojos del altísimo.
Una de esas noches en que el alcohol de adueña de la atmósfera, el tema de encuentro de los vecinos era la nueva amenaza que se cernía sobre Villa Lobos.
Don Antonio Gutiérrez era sin duda en el pueblo el más indicado para levantar el estandarte de la lucha y ante el asombro de todos los presentes se comprometió a acabar con aquella amenaza.
Así fue entonces que la primera noche de luna llena decidió dar cumplimiento a su juramento.
Dio ordenes estrictas a su esposa que no abriera la puerta bajo ningún concepto, tomó su escopeta y sabiendo que aquella empresa podía costarle la vida salió rumbo a la casa del hombre, quería ser el primero en ver manifestarse al enviado del diablo y mandarlo de regreso al abismo.
Arma en mano, se apostó a unos cuantos metros de la casa, estaba solo, nadie se animó a seguir su paso, todos mantenían oración por el valiente Antonio.
Desde allí la vista era precaria, no podía acercarse más o estaría muy expuesto.
Una luz mortecina se desprendía del interior de la vivienda, desde lejos logró ver al hombre en su interior, pareció caer al suelo, cautivo por un desmayo.
Lo había perdido de vista, al instante pudo advertir algo peludo y descomunalmente grande incorporarse. Jamás había visto un animal tan grande.
No era producto de la exageración lo que se comentaba.
Su corazón pareció detenerse ante aquella horrible visión, sabía que la historia era real, ahora solo debía cumplir su misión.
Desde su ubicación perdió de vista la fiera, se acercó, lentamente y tembloroso... Ya no estaba, la enorme bestia había salido por atrás y se dispuso a buscarlo en la inmensidad de la noche...
Luego de varias horas, concluyó que el lobizón se había escapado... Pero no la próxima vez... Pensó.
Durante varias lunas Antonio siguió el rastro del lobo sin poder darle alcance.
Parecía que la endemoniada fiera cobraba inteligencia para eludir la persecución.
Todos los artilugios conocidos eran puestos en práctica por el improvisado cazador, ajos, agua bendita, grandes tramperos, pero no había éxito.
Así pasaron algunas lunas sin que el cazador intentara nada, hasta que una noche decidió volver al ruedo.
Esta vez decidido a terminar con el lobizón...
La luna era alta, a metros de la casa, logró ver la conversión desde fuera, como tantas veces antes, esta vez se acercó más...
El lobo se había escabullido de nuevo, enlutado por el manto nocturno.
El cazador rompió en furia y decidido avanzó hacia la vivienda tumbando la puerta con un furibundo punta pie.
Al abrirse la hoja de pesada madera... Mayúsculo fue su asombro al ver entre las sombras y tomar con sus manos una piel oscura y atiborrada de pelos.
En aquellas noches de luna llena, aquel lobo que no era tal, se convertía en bestia salvaje dando violentas envestidas a la esposa de Antonio que se extasiaba de placer aplacando los intensos calores del deseo, mientras escondían historias de amantes, ocultándolas entre las páginas cargadas de mítica que alimentaba la creencia popular.

Pablo Fagúndez.