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sábado, 19 de junio de 2010

Piel ajena

Desnuda, se sentó sobre la alfombra mullida, asumiendo la posición de loto: las piernas cruzadas, las manos descansando sobre las rodillas. Cerró los ojos. La imagen de una pelirroja alta con la que se había cruzado en su camino a casa se dibujó claramente en su mente y se concentró en ella. Despacio, todos los sonidos externos se desvanecieron y solo pudo escuchar su propia respiración, pausada, casi letárgica.

Con solo pensarlo, sus genes se reacomodaron, como los colores de un cubo Rubik en las manos de un niño habilidoso, cambiando carne y hueso a su antojo. Casi sin esfuerzo, su piel se aclaró y sus miembros se extendieron y se moldearon con músculo; su rostro se transformó también, reflejando las facciones de la otra mujer, y su cabello oscuro y largo se disolvió en un casquete de encendido color rojo.

Cuando finalmente se levantó y fue a revisar su nueva apariencia en el espejo, una cara desconocida la esperaba. Su cabello ya no era negro, su piel, ahora blanca y pecosa, estaba perlada de transpiración por el cambio; su nariz era más larga, su boca más fina… y había crecido hasta superar ampliamente su usual estatura. Lo único reconocible en su rostro eran sus ojos: el mismo marrón aterciopelado de siempre la miraba desde el espejo, no el azul celeste del que los había pintado en su mente.

“Desprolijo, muy desprolijo,” se dijo, molesta; preguntándose por qué le resultaba tan difícil cambiar sus ojos, cuando traicionaban su naturaleza tan fácilmente a la hora menos deseada.

Media hora después, una pelirroja alta salió del apartamento y se dirigió a la calle. Con paso ágil, comenzó a recorrer la docena de cuadras que la separaban de su destino, incapaz de borrar la sonrisa de su rostro. A ella siempre le había gustado caminar en piel ajena; en esos momentos casi podía creer que era alguien más, alguien humano.