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jueves, 19 de agosto de 2010

Sin parar


Ella simplemente no podía parar. Durante la mitad de su vida se llamaba Ana Luisa y era bastante autoexigente. Trabajaba mucho, se preocupaba por los demás y llegaba a la noche muy cansada.

Cuando finalmente se dormía la que despertaba era Luisana. Que era ella misma y que seguía trabajando y exigiéndose.

Luisana era el sueño de Ana Luisa. Ana Luisa era el sueño de Luisana. Y cada una, que eran la misma, cumplían el anhelo de la otra de nunca parar, de trabajar cuando ya no se puede, de descansar trabajando.

Como trabajaban tanto, dormían profundamente. Y por eso no tenían muchos recuerdos una de la otra. Sin embargo sus vidas eran absolutamente complementarias, porque ellas eran una. Cuando Ana Luisa dormía una siesta, Luisana tenía insomnio. Cuando el esposo de Luisana la despertó de improviso en medio de la noche, Ana Luisa se desmayó en el mismo instante.

Así vivieron muchos años cada una con sus familias y sus amigos y las dos con sus vidas complementarias. Sobrevivieron a sus seres queridos y empezaron a gozar de una ancianidad feliz. Los demás del mundo de cada una les envidiaban aquella sensación de parecer acompañadas aún estando tan solas.

Sin embargo, una noche, una mañana, ella no logró dormirse, no logró despertarse. Pasó un rato deambulando en una penumbra confusa y se dio cuenta que le costaba reconocerse. Se levantó pero no reconoció aquella casa. Encontró un espejo, acercó una luz y se miró.

Sonrió cuando supo que su nombre ya no importaba. Supo que era ella y que ahora empezaba algo mejor.