martes, 31 de agosto de 2010

LA AVENTURA FINAL DEL SR. F.


El Sr. F. hacía tiempo que no soñaba. O mas bien que, como no los recordaba al despertar, no podía contar ningún sueño. Su mujer , que sí podía recordarlos, los anotaba cuidadosamente desde que comenzó a darse cuenta de que sus sueños formaban secuencias, se continuaban uno con otro, al punto que terminó por convencerse de que vivía dos veces al mismo tiempo. Una vida de vigilia en la que era sin duda la Sra. F. y otra vida, onírica, en la que se mantenía joven y completamente libre. En sus sueños, su vida amorosa era errática y apasionada y tenía que reconocer que no se parecía mucho a la vida moderada y tranquila que llevaba junto a su Sr. F.
-Y yo no aparezco en tus sueños? – solía preguntar con cierta preocupación el Sr. F.
-No. Nunca. Ahí soy otra y no estoy casada contigo. Ni siquiera te conozco.
"- Bueno...si ni siquiera me conoce...no puedo ofenderme",se quedaba pensando él.
Los hijos, ya grandes, se morían de risa con esa madre que, con total inocencia, llevaba una doble vida.
-Menos mal que mamá no se psicoanaliza. Podría espantarse – comentaba el mayor, armando jarana.
-A mí no me vengas con esas historias del inconsciente y todo eso. Nadie puede reprocharme nada.
-Pero te divertís muchísimo cada noche.....
-Si. Pero sin moverme de la cama.Mi otra vida transcurre entre los brazos de tu padre.
-A mí me parece estupendo que mamá conozca emociones fuertes y que, aunque sea en sueños, conozca otros hombres. Ha tenido una vida demasiado ordenada – opinaba la única hija, la menor de los tres.
Así pasó mucho tiempo hasta que un día el Sr. F se sentó en la cama con gran ímpetu al despertar. Miró a su mujer que dormía con una sonrisa a su lado, apenas iluminada por la suave luz primeriza de la mañana.
Por un instante, desconoció a su esposa. El cielo de su mente había sido absolutamente tomado por una cara resplandeciente. Como si un sol extraño se le hubiera metido en los ojos. Era una cara de mujer asombrosamente blanca y hermosa, con iris azules como lirios y pupilas dilatadas, tan profundas que inquietaban.
A medida que la visión se fue desvaneciendo, el Sr. F reconoció, no sin asombro que, por fin había soñado o que podía recordar algo de un sueño.
Impresionado como estaba...estuvo a punto de comentar su extraordinaria visión a su mujer y hasta a sus hijos, pero algo lo detuvo. Nunca había tenido un secreto y , de pronto, le pareció muy sabroso tener uno. Nada menos que una bellísima mujer dentro de los ojos.
Vivió ese día entre turbado y un tanto ciego.
-Estás muy distraído hoy. ¿Te pasa algo? – le preguntó varias veces su mujer.
-Nada.¿ Qué me va a pasar? –respondía él.
Se acostó nervioso preguntándose si volvería a soñar con la cara maravillosa. Y ocurrió que, no solamente volvió a soñar, sino que vió a la mujer de cuerpo entero, paseando muy serena por el cielo de su mente.Primero la divisó muy tenue, envuelta en una ropa traslúcida,evanescente y clara, tal como si fuera lo que imaginaba como ángel. Pero luego la imagen se volvió más diáfana y el vestido de la mujer se fue volviendo azul profundo. Un azul que la siguió cubriendo hasta que su misma cara se quedó también azul.
El Sr. F. volvió a despertar maravillado. Y decidió conservar su secreto un poco más. De pronto sintió que su vida se renovaba, como si renaciera o si se estuviera volviendo joven.
Al tercer sueño caminó con la mujer por un campo deconocido cubierto de flores amarillas. Creyó reconocer las flores de mostaza que llenaban la quinta de su padre cuando era niño. Pero el campo del sueño no era la quintita de su padre. Era un campo sin fin, interminable como el horizonte violeta. La mujer no habló y él tampoco. No sabía que en sueños podían percibirse los perfumes pero la mujer olía a incienso y, por un segundo, un impulso de la brisa le hizo sentir algo de su pelo azul en la mejilla. Caminaron mucho sin llegar a ninguna parte...salvo a su propio despertar, abrupto y sentándose en la cama.
Y así varias noches, caminando cada vez más tiempo y más lejos pero sin más destino que el despertar.
Sabe Dios cuanto hubiera seguido así, dichoso de soñar, desencantado al despertar y alucinado con su secreto. Pero una tarde, al mirarse en el espejo del baño para afeitarse, en lugar de su cara, vió la cara completamente azul de la mujer de sus sueños.
Entonces, comenzó a inquietarse. Si la mujer se salía del cielo de su mente...¿qué podría pasar? Y si tomara su casa, si se dejara ver por su esposa..¿.qué pasaría con su preciado secreto y, sobre todo, con su ordenada y apacible vida?

Pero la mujer, si bien escapó del cielo de su mente, no se dejó ver por nadie más que por el Sr. F. y, aún así, con muchísima delicadeza. A veces no era más que un repentino fulgor azul en la ventana, otras se deslizaba por un segundo en el pasillo dejando una ligera estela azulada.
Pero, las más de las veces, era un relámpago en los espejos. Con el paso del tiempo se fue dejando ver más y mejor, al punto que el Sr. F. navegaba y se perdía en los ojos de su aparecida. Un día sintió que se ahogaba en ellos y sintió pánico, pero ella lo devolvió a la orilla de sus iris, sano y salvo. Desde entonces él evitó sostenerle la mirada.
En tanto,la Sra. de F. seguía soñando y recordando sus sueños, como siempre. Sin embargo, algo empezó a cambiar. Los hijos, en especial la hija, advirtieron que no solamente los comentaba menos, sino que se la veía taciturna. En la cocina dejaba correr el agua con la mirada perdida o , de pronto, se quedaba con una vaina de arvejas en la mano, como congelada y ausente.
-¿Mamá, qué te pasa?
-¿Cómo? Ah...nada, hija.
-¿Y tus sueños?
-Bien. Gracias.
-¿Ya no te divierten?
La Sra. de F. se quedó mirando delante de sí. Y demoró en contestar.
-No -y sus ojos se llenaron de lágrimas.
La hija llenó un vaso con agua fresca.
-Tómalo, mamá. ¿No querrías hablarlo conmigo?

La madre se sentó y, tomando de a sorbos el agua, dijo:
-Mis sueños fueron mucho tiempo alegres y aventureros. Caminé y bailé con muchos hombres encantadores. Era como si en mi otra vida viviera otra juventud. En esta vida me casé muy joven...ahora creo que demasiado joven y a tu papá no le gustaba bailar. Ahora....todo cambió. Hace muchas noches, ya no se cuántas, que sueño el mismo sueño.
-¿Por qué ya no es divertido? ¿Bailas con alguien que no te gusta?
-Ya no hay bailes en mi sueño. Sólo hay un hombre. Creo que siempre es el mismo...aunque no puedo verle la cara. Corre todo el tiempo delante de mí. Y yo corro detrás pero no puedo alcanzarlo. Y por alguna razón siento un terrible amor por ese hombre. Y muchísimo dolor. Si, hija, siento amor por un hombre desconocido y cuyo rostro no he visto. Tal vez lo conocí en otro sueño y lo he olvidado. Pero el amor y el dolor escapan al sueño. No se extinguen cuando despierto. Todo el tiempo siento como una mordedura en el corazón y...ya no puedo mirar a tu padre a los ojos. Ahora mismo... me siento morir.
Y la Sra. de F. se echó a llorar en el regazo de su hija.


Pasó y siguió pasando el tiempo...y los tres hijos cada vez más alarmados, con un padre que hablaba cada vez menos y parecía quedar dormido frente a los espejos, y con una madre que lloraba por los rincones.
Llegó la primavera y los zorzales más que cantar parecían gritar en el jardín. La hierba, los árboles, todo salía del letargo menos el Sr. F. Y la Sra. de F. que siempre se había mantenido hermosa, parecía marchitarse día tras día. Bajo un sombrero inmenso, trabajaba en el jardín, rastrillaba, acomodaba la tierra, sembraba...o al menos lo intentaba, porque las semillas se le caían de las manos y rodaban al acaso y se quedaban donde querían ellas porque la sembradora no tenía voluntad.
A veces, pocas, ante la sorpresa de los hijos ya que la madre no se daba cuenta de nada, el Sr. F. decía cosas extrañas, quizá cosas que ni él sabía que había querido decir siempre.
-Papá está enfermo – dijo el hijo mayor.
-No. Está envejeciendo. Muy rápido – dijo el del medio.
-Ustedes no saben nada de nada. Papá tiene un secreto. Un secreto que lo está comiendo – dijo la hija.
-¿Cómo lo sabes?
-No se. Pero soy mujer. Las mujeres nos damos cuenta de esas cosas.
Un atardecer cálido, en que estaban cenando cerca de una ventana abierta sobre el jardín, el Sr. F. rechazando la sopa, preguntó de repente:
-¿Alguien me cantó alguna vez para hacerme dormir?
Los hijos se miraron sorprendidos.
-Ah...es triste que no se pueda recordar a la madre – siguió diciendo el Sr. F. - Pero estoy casi seguro de que nadie me cantó. Tampoco me contaron cuentos antes de dormir. Y cómo deseaba yo que me contaran algo ...misterioso, algo mágico antes de dormir. Las esposas tampoco cantan, ni hacen cuentos antes de dormir.
La Sra. de F. continuó con la mirada perdida sobre la sopa que se enfriaba.
El Sr. F. se levantó y se alejó de la mesa, los ojos fijos en la ventana.
-¿Qué fue lo que se movió allí? En el jardín.
-Un pájaro, me parece – dijo la hija – Pero...¿ hay pájaros azules?
-¿Un pájaro azul...? Entonces tengo que salir. No debe alejarse.
-Papá...¿quién podría detener a un pájaro?
-Por favor...traigan una red...Nada azul debe escapar de esta casa!
Y el Sr. F. salió al jardín donde bajaba la noche, y donde todo se había puesto azul, de pronto.
-Quiere dejarme. Ya no me deja ver su cara. Sólo deja rastros azules...y ahora se ha convertido en un pájaro que escapa.....
Los tres hijos se miraban consternados.
-Tal vez no era un pájaro. Algo se movió entre las ramas del ciruelo y me pareció... -dijo la hija, de repente espantada.
Pero no pudieron detenerlo cuando el Sr. F. les dio la espalda y se internó corriendo en el jardín. Su campera abierta se agitaba como una extraña señal de despedida.
-¡Papá! ¿Dónde vas?
-Nadie puede venir conmigo...Arriba, en el escritorio les dejé algunas cosas para que me recuerden....relojes, lapiceras,pañuelos, gemelos...retratos...y algunos libros de cuentos – les gritó el Sr. F. sin volverse y sin dejar de correr - No dejen de contar cuentos de hadas a los niños, ni dejen de cantar suave por las noches....Y cuando todo sea azul....no se resistan......No se resistan.....
Entonces la Sra. de F. lanzó un grito. Un grito que congeló al tiempo, un grito salido del más herido corazón y, con el pecho sangrando, corrió y corrió sin poder alcanzar al Sr. F. hasta que éste cayó desplomado sobre la hierba azul.
Ângela Cáceres