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jueves, 8 de septiembre de 2011

EN EL AIRE

Diego Coppa Rutigliano

La resaca nunca me había causado problemas; mi primera borrachera la había vivido apenas con diecisiete años, y así como cada día sale el sol, cada semana de mi vida tiene una borrachera. Claro que en diez años aprendí a controlarme, y deje atrás episodios vergonzosos como haber entrado por la ventana de la casa de mi vecino y acostarme con su hija o secuestrar al perro de mi tía y encerrarlo en el lavarropas. Pero la experiencia no sirvió de nada cuando el despertar de la mañana de ese jueves fue con la nariz sangrando y sin poder entender por qué yo, con la espalda apoyada sobre el techo, miraba mi cama desde lo alto de mi asombro.

Como un niño que por primera vez imagina que el cuco lo espera en la oscuridad de su placard, no tuve mejor idea que llamar a mi madre, fracasando al instante, sin poder emitir sonido alguno. Saqué el celular, pero no mostraba ni un rastro de señal. Mis manos, mis pies, mi cabeza, la totalidad de mi cuerpo flotaba, chocando una y otra vez contra ese techo blanco. Logré tomar control de la situación que parecía estar viviendo, no podía estar en pie, en tierra firme por así decirlo. Era como si a mi cuarto lo hubieran sumergido en una enorme piscina, excepto que no había agua, y podía respirar.

De un momento a otro el ambiente entró en escena. Me había despertado tan exaltado por el golpe con el techo que no había reparado en que seguramente no era el único aturdido con la situación. Apoyé los pies en una de las paredes y me deslicé a través de la habitación, hasta alcanzar la ventana cerrada. Levanté la persiana, no ofrecía ninguna resistencia. Afuera, la imagen era devastadora. En un principio juré estar en una pesadilla y la tranquilidad me recorrió el cuerpo. Pero los segundos fueron pasando y todo iba de mal en peor.

Como burbujas de aire que ascienden en el mar en busca de su liberación eterna, pude ver como todo tipo de objetos se elevaban desde el suelo. Algunos permanecían flotando, inmóviles o girando sobre si mismos, otros no paraban de ascender hasta perderse detrás de alguna nube, o hasta hacerse tan pequeño para la vista, que el sol lo escondía tras sus rayos. La escena no tenía sentido, pero sin embargo estaba pasando. Junté saliva y escupí, apuntando al único ser que parecía no haber sido afectado por los hechos, una pequeña araña que reforzaba su telaraña en una esquina de mi cuarto. Confirmé lo que no quería, la fuerza de gravedad había desaparecido. Quedé dubitativo mirando por la ventana cómo las personas flotaban por todos lados, intentando inútilmente largas brazadas y desesperadas patadas, que los devolvieran al seguro piso de sus casas. Algunos lograban alcanzar edificios como el mío y se sujetaban a lo que encontraban. Un niño, que a juzgar por su fruncida cara, lloraba, acompañado de su madre, miraba por la ventana, en un edificio frente al mío, cómo su perro se había escapado, y en un ascenso sin paradas hacia el cielo, chocaba con un motonetista, que parecía haber sido sorprendido por el evento en medio de la ruta.

Aún no daba crédito a lo que estaba viviendo. Se desprendieron de mis ojos un par de lágrimas, pero lejos de mojar mi remera, fueron a parar a una de las paletas del ventilador de techo. Nuevamente tome impulso, esta vez en la pared de la ventana, e intenté alcanzar la puerta de mi cuarto, sin éxito, y a mitad de camino, comencé a estudiar mis posibilidades de movimiento. Si bien era leve, existía una perceptible presión hacia arriba, por lo que para moverme comencé a dejarme llevar boca arriba hasta el techo, y como un Spiderman improvisado, fui dando pequeños pasos con manos y pies, hasta llegar a la puerta. Me estiré y logré alcanzar el picaporte. Abrí la puerta y repetí la acción de arrastrarme en cuatro patas en el techo, hasta revisar todas las habitaciones del apartamento de sesenta metros cuadrados. No encontré rastros de mi madre. Si encontré, como obstáculos en una pista de carrera, las cuatro sillas en el techo del living, la mesa, al lado de la ventana, que estaba rota y pequeños pedazos de vidrio flotaban alrededor. En el baño todo se había arremolinado en el cesto de la ropa sucia, que con su boca apuntando al suelo, parecía una improvisada trampa de implementos de baño. No vi señales de mi computadora portátil, pero imaginé en seguida que podría haberse escapado por la ventana, ya que la noche anterior había quedado sobre la mesa del living.

Por fin una idea útil cruzó mi cabeza, que parecía tomar todo esto con una naturalidad preocupante. Esto debía estar pasando en todo el mundo, por lo que en la TV alguien debería estar dando indicaciones de qué hacer. La de mi cuarto no funcionaba hacía unos meses, pero la de mi madre no. Con la mayor velocidad que la no gravedad me permitió, me arrastré hasta su cuarto, y pude ver con alegría que la TV estaba sana, flotando sin chocar contra nada, gracias al corto cable que aún la mantenía enchufada contra la pared. Logré alcanzarla y la encendí. Ninguno de los canales del cable tenía vida, algo previsible, pero desalentador; todos tenían su imagen congelada. Fui cambiando uno tras otros, en un intento desesperado de ayuda, hasta que pude leer la pantalla roja, con letras blancas de Crónica TV “No hay nada que podamos hacer”

Luego de unos minutos midiendo la situación y buscando sustento para lo que estaba pasando, el boletín de la única noticia relevante irrumpió la pantalla y le dio una explicación a todo. Fuera de lo sensacionalista, el canal de noticias explicaba, placa a placa, cómo un meteorito había colisionado contra la luna, dejando orbitando alrededor de la tierra un pequeño vestigio de masa blanca, y provocando la pérdida de atracción gravitatoria; ésta había sido sustituida por el vacío, y en ciertas regiones del mundo, por la atracción del sol, que minuto a minuto acercaba el planeta tierra más y más hacia sí mismo. Era cuestión de tiempo, el final había llegado y no había nada que hacer. Intenté encender un cigarro pero una extraña llama verde salió del encendedor sin lograr hacerlo; intenté con la hornalla de la cocina eléctrica pero sin un resultado positivo. Sabía que en el apartamento no había velas, así que entendí que no había más nada que hacer. Tomé una hoja, la apoyé en el techo de madera del living, y con una lapicera decidí relatar ésta, mi última jornada de vida. Ahora que ya terminé, voy a tomar mi caja de cigarros, voy a ir hasta la ventana, rota, y atravesando las esquirlas, voy a dar un gran salto hacia el inevitable destino, y cuando el calor se haga tan grande que me abrace, con él voy a encender mi cigarrillo, y voy a morir en paz.

Esta es una de las terribles historias que sucedieron el día que la luna desapareció de la órbita. Varios medios sensacionalistas proclamaron el fin de los tiempos, y más de dos millones de personas alrededor del mundo se abandonaron a la falta de gravedad, muriendo al instante de traspasar la capa de ozono.

Lo cierto es que una nueva luna surgió en menos de veinticuatro horas y todo volvió a la normalidad. Los daños se cuantificaron en miles de millones de dólares, pero la lección que obtuvo la humanidad fue más valiosa aún. A partir de ese día la empatía y la solidaridad dejaron de ser solo dos palabras en el diccionario, para pasar a ser los cimientos de una nueva era, una era de valores, conciencia y cuidado; al fin y al cabo entendimos que este es nuestro único hogar.

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