domingo, 23 de octubre de 2011

LA CASA DE VIOLETA

HERRAMIENTAS Y MONSTRUOS
Patricia Bertacchi
Abrimos la puerta con todo el entusiasmo de las vacaciones de invierno. La casa estaba helada. Podía aspirarse el olor a frío y abandono. Oscuro y desagradable. Le dijimos a Violeta en tono de broma, que hubiera sido mejor que su invitación fuera en verano. Ella rió burlonamente. Nos miramos sin comprender el porqué. Todo en la casa era polvo, negrura y frío sepulcral. Violeta parecía que fuera otra. Se la veía activa y radiante. Nos habíamos vuelto grises y ella… una flor perfumada.
Tratamos de hacer algo para cenar y arreglamos algunos colchones frente a la estufa para estar todas juntas hasta que llegara la mañana. Con la luz del día se vería todo de otra manera. Cenamos y nos metimos en las bolsas de dormir a mirar las llamas del fuego. Hablábamos de amores, de tristezas, estudios y Violeta sacó el tema de su familia. Cada vez que nos contaba esas historias, se le encendían los ojos. Disfrutaba de sus anécdotas.
Se sintió ruido en el piso de arriba, donde estaban las habitaciones para dormir. Había ocho con sus respectivos baños. Aún no habíamos conocido la planta alta, preferimos quedarnos en la sala pues era muy grande la casa. Sentimos la cisterna de uno de los baños. Nos miramos con asombro. Cayó una cortina de enrollar. Violeta no mostró inquietud. Los pasos de alguien calzado con botas pesadas se sintió rumbo al altillo. Todo esto lo iba describiendo Violeta. Nosotras estábamos prácticamente encimadas unas a otras y no dábamos crédito a lo que estábamos sintiendo, menos aún a la quietud de Violeta. Corrían bolitas de vidrio por el piso, en todos los sentidos del techo de la sala. Eran como decenas de niños jugando en los dormitorios.
Los pestillos de las habitaciones saltaron todos juntos como si alguien las estuviera abriendo. Nuestros ojos eran cada vez más grandes. Las bisagras de las puertas que se abrían y cerraban, chirriaban. El sonido agudo molestaba nuestros oídos. Las campanadas de ocho relojes comenzaron a sonar ensordecedoramente a las doce y nosotras espeluznadas nos abrazamos a Violeta que emitía sonidos a metales golpeándose dentro suyo. El terror fue mayor y nos apartamos de ella como si fuera un monstruo. La miramos y era la misma joven rubia de ojos inquietos. Le decíamos su nombre pero sus ojos estaban fijos en el techo de la sala. Su abdomen se movía y se sentía como si un serrucho estuviera dentro de ella, sonaba en su pecho el golpe de un martillo en una herradura y relinchaba un caballo en su garganta.
El estupor nos inmovilizó incrédulas cuando vimos su cabello largo convertirse en la cola de un caballo que se paró en su patas y sus manos golpeaban con las herraduras el techo. Subió las escaleras en dos saltos y desapareció. Sentimos su galope en el piso de arriba mientras a su paso caían herramientas pesadas contra el suelo. Estallaron unos vidrios y se sintió un golpe seco y rotundo en el jardín. Gritamos juntas espantadas y corrimos hacia afuera. La luna llena iluminaba la fría noche.
Violeta venía silbando, oliendo un ramo de flores silvestres. Ella olía a establo y a potro. Arreglándose el cabello, nos sonrió y nos dijo: - ¿vamos a dormir?

2 comentarios:

  1. Inquietante narrativa, tienes un bonito espacio,
    que tengas un feliz fin de semana.
    un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias por participar dando tu opinión. Es muy importante para el escritor la devolución del lector.
      Saludos

      Eliminar