viernes, 25 de noviembre de 2011

LEYENDAS URBANAS

CABEZAS MOJADAS
Mónica Marchesky
La lluvia caía como puñal en el río. Guillermo corría con su coche por la ruta paralela y nunca había visto llover con tanta saña, eso lo molestó, ya que quería estar en casa antes del anochecer. Comenzó a divisar tras la cortina de agua un puntito negro en la banquina, que se fue haciendo más visible y al pasar frente a él, se percató que era un hombre, que le hacía señas con dos mochilas en las manos. Guillermo pasó frente a él y siguió su marcha. Se detuvo casi inconscientemente más adelante y observó por el espejo retrovisor; a pesar de la poca visión, notó que el hombre no se movía de su sitio, se mantenía estático bajo la lluvia que se le clavaba en el cuerpo desgarrando su negro impermeable que le llegaba a los pies. Guillermo pisó moderadamente el acelerador y continuó su camino, pero la visión horrorosa que tuvo de ese hombre en la ruta no se la podía sacar de encima. Comenzó a tejer conjeturas...
-No puedo subirlo al coche –trató de convencerse- está hecho un desastre, me arruinaría el tapizado... quiso detenerse en un café a la vera del camino, pero siguió como si ese deseo no hubiera sido recibido por su cerebro.
-Hice bien en no subirlo –hablaba en voz alta- ¿y si fuera un ladrón?, hay historias increíbles de casos de aventones que terminaron en robo... eso no es nada, si fuera un asesino, además de ladrón, asesino, no, no, no, un extraño en mi coche no, a pesar de toda esta tormenta que no cesa, de esos relámpagos que cortan el cielo, de esta maldita lluvia que no me deja ver...
-¡Dios! –gritó- ¿y si fuera un accidente?, ¿Si ese hombre estaba pidiendo ayuda? Y yo no se la brindé, ¿si estaba aturdido y por ese motivo no corrió al coche cuando me detuve? , avisaré en el primer puesto policial que encuentre... no, no, no estaría bien, me preguntarían por qué no me detuve, y tendré que decirle: No lo subí al coche, porque estaba mojado señor agente. Jajajaja a quién se le ocurre estar parado en la ruta en un día de lluvia y sobre todo, mojado. El sonido del celular lo distrajo de sus divagantes conjeturas. Era su esposa. Cuando al fin llegó a la casa, le dijo a su mujer preocupado lo que había hecho.
-¡He dejado a un hombre parado en la tormenta!, por la sencilla razón de no querer crearme problemas, no sé quien pudo ser, pero lo cierto es que me ha venido martillando desde que lo dejé bajo la lluvia. Bajo la lluvia seguía esperando un hombre a su tercera víctima, con ambas cabezas de dos infortunados conductores, en sus manos.

Cuento Integrante de la publicación "Los mil y un insomnios" Toluca (México)

domingo, 20 de noviembre de 2011

LEYENDAS URBANAS


LA NOVIA NOCTURNA
Diego Coppa Rutigliano

El otro día, caminando con un amigo de esos que consideras un hermano, cruzamos por el cementerio del Buceo y como estaba abierto, entramos. Los cementerios nunca me interesaron, pero tampoco me perturba entrar a uno o ir a un entierro, siempre que había pensado en ir era para no salir más. Sin embargo, como era domingo y todavía no pegaba el sol de febrero, Javier no tuvo mejor idea que sugerir hacer una recorrida, como buen fanático de la artes oscuras

La cuestión es que comenzamos a recorrer todas las calles internas, irónicamente llenas de verde, parando en cada tumba que nos llamaba la atención. Obviamente estuvo en nuestra recorrida la de Aparicio Saravia, la de Salvador Pla (el primer enterrado en el año 1872) y la de la niña que se suicidó a los once años tirándose al río en el puertito del Buceo, cuya imagen en blanco mármol no deja lugar a duda de ninguno de los rasgos de la pequeña. Sin embargo, más allá de lo interesante que pudieran parecer estas historias, la que me contó mi amigo ese día fue la de la tumba vacía que está al lado del llamador más cercano a la entrada de Avenida Rivera. La leyenda de la novia nocturna.

Su hermano, historiador, le había contado que en el año 1927 Marcelo de veintinueve años, novio de Marcela de solo veintiuno, se encontraba a punto de dar el sí en la iglesia, cuando de repente sintió que le faltaba el aire. Su novia y casi esposa ya había dado el sí, pero al momento de tener que hacer lo mismo, él no pudo emitir sonido. Se desplomó en el piso, y muy preocupados, sus amigos y familiares se acercaron a socorrerlo. El escuálido hombre no se movía y lo trasladaron al hospital Militar, donde un doctor le aplicó suero y le hizo todo tipo de análisis. Después de varios intentos de reanimación el hombre murió.

El entierro fue al otro día en el cementerio del Buceo, pero la novia nunca apareció. Con el tiempo se supo que se había fugado junto a su amante, un doctor de cuarenta y cinco años quién le había facilitado a Marcela el veneno para matar a su novio. El mismo doctor se las había ingeniado para atender al paciente, y eliminar el rastro del veneno, una vez que este ingresó al hospital. Su plan de dar muerte a Marcelo funcionó, pero solo a medias ya que lo que querían en verdad era que el hombre muriera después de dar el sí, pero antes de llegar a la luna de miel. El fallecido tenía una gran herencia y ella no era virgen, por lo que cuando él lo descubriera en su lecho de boda la iba a desheredar.

Al año siguiente, presa de un ataque de culpa, la mujer fue a visitar la tumba de su víctima, pero nunca se la volvió a ver. Esa misma tarde-noche, cuando el doctor notó la ausencia de su amante, fue desesperado a buscarla al cementerio y encontró la tumba de Marcelo abierta, como si hubiese salido de su descanso y alcanzado la superficie, para llevarse con él a Marcela.

Desde ese día, y todos los años en el aniversario de su frustrado casamiento y de la desaparición de ambos, se repite la misma escena a las puertas de la necrópolis capitalina. La mujer, vistiendo su radiante vestido blanco de novia virginal aparece detrás de los barrotes de la entrada principal del cementerio del Buceo, sobre Avenida Rivera, gritando para salir, sacudiendo sus manos hacia afuera queriendo escapar. Los vecinos, e incluso las prostitutas de la zona, la han visto y escuchado en las noches. Siempre encuentra el cementerio cerrado y así paga en la eternidad su pecado cometido en el mundo de los vivos, con su alma vagando en el de los muertos.