sábado, 30 de abril de 2011

CUENTO DEL ADIÓS


Hubo un pájaro que contaba secretos. No era, dicen, un pájaro cantor pero soltaba un silbido largo que se convertía en palabras. Palabras afiladas como su pico, lanzadas con la puntería de un ballestero hábil y, ciertamente, perverso.
Escogía los oídos más vulnerables para anegarlos de secretos espantosos y con su mismo pico sellaba los labios de sus víctimas que enloquecían por trasmitir, por sacar de sí tan insoportables palabras.
Por el mismo tiempo, hubo un niño sordo. Para este niño el mundo era visión, tacto, sabor, olor, todo encerrado en una cúpula de silencio. Su cabeza oscura y rizada era esa cúpula silenciosa, adornada de suntuarias orejas, de oídos sellados con espirales mudas perdiéndose en un cráneo imperturbable.
Una tarde, el intrigante pájaro, hambriento, se posó en el alféizar de una ventana desconocida. Un niño alimentaba allí unas palomas que huyeron despavoridas ante el enorme pájaro. Pájaro y niño quedaron frente a frente. El niño se maravilló de aquellas plumas lustrosas, como bañadas de esmalte, sombrías pero cubiertas de un rocío resplandeciente, y también del pico filoso como el puñal de su padre.
El pájaro se prendó de aquellas orejas pequeñas, de aquellos diminutos caracoles de carne tan tierna, de aquellos lóbulos transparentes y de aquellos orificios virginales. Dejó caer las migas de su pico y apuntó su silbido hacia los oídos del niño, vertiéndole secretos malvados, inquietantes. Luego, se quedó esperando el pánico, los ojos desorbitados pronto para coser la sonrosada boca.
Pasó el tiempo. Pájaro y niño se miraban. Ningún estremecimiento, nada alteraba la calma contemplativa de los ojos infantiles. Entonces el pájaro dejó de silbar, muerto de curiosidad, maravillado por la capacidad de aquellos oídos de recibir tanto sin inmutar a su pequeño dueño. "Será que le gusta mi perversidad?" se decía el pájaro. "Por qué me hace cosquillas tan lindas en las orejas?", se decía igualmente el niño.
Y siguió pasando el tiempo.
Finalmente, el pájaro se echó en el alféizar, hinchando el plumaje semejante al azabache. "Este niño es más fuerte que yo. Me rindo. Acepto que sea mi dueño", pensó.
El niño acarició con deleite la cabeza, las alas, las primorosas plumas, las patas, las esmaltadas y vigorosas uñas. Y deslizó sus dedos sobre el largo pico, también. Y como no sabía hablar, pensaba: "Querrá este pájaro amarme? Cómo podría hacerle saber que lo amo?"
Pero el pájaro escuchaba las caricias. Caricias que contaban hondísimos secretos que ascendían del océano de silencio que habitaba en el niño.
Y del mágico malentendido surgió el romance. El pájaro se volvió silencioso y las manos del niño cantaron.
Para siempre.