domingo, 20 de noviembre de 2011

LEYENDAS URBANAS


LA NOVIA NOCTURNA
Diego Coppa Rutigliano

El otro día, caminando con un amigo de esos que consideras un hermano, cruzamos por el cementerio del Buceo y como estaba abierto, entramos. Los cementerios nunca me interesaron, pero tampoco me perturba entrar a uno o ir a un entierro, siempre que había pensado en ir era para no salir más. Sin embargo, como era domingo y todavía no pegaba el sol de febrero, Javier no tuvo mejor idea que sugerir hacer una recorrida, como buen fanático de la artes oscuras

La cuestión es que comenzamos a recorrer todas las calles internas, irónicamente llenas de verde, parando en cada tumba que nos llamaba la atención. Obviamente estuvo en nuestra recorrida la de Aparicio Saravia, la de Salvador Pla (el primer enterrado en el año 1872) y la de la niña que se suicidó a los once años tirándose al río en el puertito del Buceo, cuya imagen en blanco mármol no deja lugar a duda de ninguno de los rasgos de la pequeña. Sin embargo, más allá de lo interesante que pudieran parecer estas historias, la que me contó mi amigo ese día fue la de la tumba vacía que está al lado del llamador más cercano a la entrada de Avenida Rivera. La leyenda de la novia nocturna.

Su hermano, historiador, le había contado que en el año 1927 Marcelo de veintinueve años, novio de Marcela de solo veintiuno, se encontraba a punto de dar el sí en la iglesia, cuando de repente sintió que le faltaba el aire. Su novia y casi esposa ya había dado el sí, pero al momento de tener que hacer lo mismo, él no pudo emitir sonido. Se desplomó en el piso, y muy preocupados, sus amigos y familiares se acercaron a socorrerlo. El escuálido hombre no se movía y lo trasladaron al hospital Militar, donde un doctor le aplicó suero y le hizo todo tipo de análisis. Después de varios intentos de reanimación el hombre murió.

El entierro fue al otro día en el cementerio del Buceo, pero la novia nunca apareció. Con el tiempo se supo que se había fugado junto a su amante, un doctor de cuarenta y cinco años quién le había facilitado a Marcela el veneno para matar a su novio. El mismo doctor se las había ingeniado para atender al paciente, y eliminar el rastro del veneno, una vez que este ingresó al hospital. Su plan de dar muerte a Marcelo funcionó, pero solo a medias ya que lo que querían en verdad era que el hombre muriera después de dar el sí, pero antes de llegar a la luna de miel. El fallecido tenía una gran herencia y ella no era virgen, por lo que cuando él lo descubriera en su lecho de boda la iba a desheredar.

Al año siguiente, presa de un ataque de culpa, la mujer fue a visitar la tumba de su víctima, pero nunca se la volvió a ver. Esa misma tarde-noche, cuando el doctor notó la ausencia de su amante, fue desesperado a buscarla al cementerio y encontró la tumba de Marcelo abierta, como si hubiese salido de su descanso y alcanzado la superficie, para llevarse con él a Marcela.

Desde ese día, y todos los años en el aniversario de su frustrado casamiento y de la desaparición de ambos, se repite la misma escena a las puertas de la necrópolis capitalina. La mujer, vistiendo su radiante vestido blanco de novia virginal aparece detrás de los barrotes de la entrada principal del cementerio del Buceo, sobre Avenida Rivera, gritando para salir, sacudiendo sus manos hacia afuera queriendo escapar. Los vecinos, e incluso las prostitutas de la zona, la han visto y escuchado en las noches. Siempre encuentra el cementerio cerrado y así paga en la eternidad su pecado cometido en el mundo de los vivos, con su alma vagando en el de los muertos.