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domingo, 28 de octubre de 2012

Para Bellium




Ada Vega
La Luger, apostada sobre el anaquel de la armería, observaba al hombre que acababa de entrar. De pie a cabeza. De la cabeza a los pies, lo observaba. El hombre se dirigió al encargado de ventas y pidió ver rifles para caza mayor. Para caza de jabalíes, especificó. El vendedor se dirigió hacia una vitrina reservada de donde retiró dos rifles excepcionales. Tomó uno de ellos, con mira telescópica y culata estilo Europeo, lo apoyó sobre el amplio mostrador y sin soltarlo de sus manos le fue explicando.
—Este es un rifle excelente para todo tipo de cacería ya sea de batida, montería, espera y hasta de rececho. Es un Steyr – Mannlicher Classic, con culata de cerrojo en madera de nogal seleccionada.
Lo dejó en las manos del hombre para que le tomara el peso y lo observara al detalle. El cliente colocó el rifle bajo su brazo derecho, dejó que su mano acariciara el gatillo con el dedo mayor apoyado apenas en la cola del disparador, mientras su mano izquierda recorría lentamente el caño desde la recámara hasta la boca de fuego. Lo tomó luego con sus dos manos, lo observó de ambos lados, apoyó la culata en el hombro, la cara al costado y elevó el cuerpo del arma hasta dejar la mira a la altura de sus ojos, como un experto cazador. Luego, casi morosamente, lo devolvió. La Luger, desde el anaquel, continuaba observando al hombre.
Las manos le observaba y se estremecía. Percibía sobre su propio cuerpo las caricias que el hombre le prodigaba al rifle y una ola de fuego comenzó a devorarla. Las pasiones más ocultas afloraron, los ardores despertaron sus ansias y deseó a aquel hombre con desespero.
Anhelaba el calor de sus manos sobre su cuerpo frío, cobijándola en la ternura de una caricia. Pero estaba allí, en aquel estante alejado del mostrador, sin posibilidad de acercarse ni llamarle la atención. Sólo su mente, el alma acaso, el espíritu de la Luger con su poder diabólico.
Si se fijara en ella. Bastaría con que la mirara una sola vez y ese hombre sería suyo y ella de él, en cuerpo y alma, hasta el final de los días.
El vendedor dejó a un lado el rifle y tomó el segundo mientras le explicaba: —Este es también un excelente rifle para caza mayor, especialmente para caza de jabalí. Es un Rémington semiautomático modelo 750 de cerrojo, con mira telescópica y calibre 35 whelen.
Fíjese —continuó diciendo— que tiene la culata moldeada con una carrillera elevada para un rápido alineamiento del ojo con el visor. Ideal para los cazadores que buscan tiros rápidos y seguros.
Igual que con el rifle anterior, el cazador examinó minuciosamente el Rémington que le alcanzaba el vendedor. Apoyó luego la culata en el hombro y al levantarlo para alinear su ojo con la mira telescópica lo distrajo, por un segundo, un brillo intenso y fugaz surgido sobre uno de los anaqueles a un costado del mostrador.
Bajó el rifle y quedó atento al punto exacto donde le pareció ver una chispa de luz. Victoriosa, desde el anaquel, la Luger lo seguía observando. Aquel hombre ya era suyo. Su espíritu siniestro había logrado entrar en la mente del cazador.
El segundo rifle, el Rémington semiautomático, fue el preferido. El precio le pareció aceptable pidió que se lo enviaran y pagó con un cheque. Antes de retirarse, intrigado, intentó descubrir qué exhibía el estante donde le pareció ver una luz. De modo que consultó al vendedor que lo acompañó solícito.
—Son armas cortas —le indicó, mientras las recorría con la vista— revólveres, pistolas antiguas. Algunas originales.
—Esa es un Luger alemana —se interesó el comprador, al reconocer el arma.
—Sí, está aquí hace unos días —afirmó el vendedor— perteneció a una familia alemana. El dueño murió y los deudos quieren deshacerse de ella. Es una Luger Parabellium 9mm, original —y agregó— la pistola semiautomática más célebre de todos los tiempos. Los dueños no quieren promoción —continuó diciendo— desean que se venda sin dar demasiada información sobre ella. Si fuese posible a algún comprador que no le interese su pasado bélico.
Tomó entonces el arma en sus manos y se la pasó al cazador mientras le explicaba su estructura y funcionamiento.
Le comentó que el 9mm Luger, o la Parabellum 9mm, era un cartucho para pistolas de uso militar creado en 1902 por el ingeniero austríaco Georg Luger, reconocido diseñador de armas de aquellos años. Asimismo le recordó que fue utilizado por el ejército alemán en la Primera Guerra Mundial incluso, con alguna variante, también en la Segunda Guerra Mundial del pasado siglo XX.
—Actualmente —agregó— es el calibre adoptado por la OTAN, y por varios ejércitos del mundo. Además, usada también como arma deportiva, se la considera muy adecuada para cierta cacería menor y en algunos casos especiales, para caza mayor de montaña.
El cazador escuchaba las referencias del vendedor sin apartar la vista de la Luger que tenía en sus manos. Nunca le habían interesado las armas cortas, no entendía entonces por qué sentía una especie de atracción por esa pistola de tan mala fama. Sin aclarar demasiado sus ideas decidió devolvérsela al empleado que lo atendía, a fin de que volviera a colocarla en su lugar. Sin embargo, en el preciso momento de entregarla, cambió de parecer y resolvió llevársela consigo. Firmó un nuevo cheque y pidió que no se la enviaran a su casa con el rifle pues
— según explicó— él mismo la llevaría.
Un empleado colocó la Luger en su canana y luego en un estuche de cuero. Después de envolverlo con mucho cuidado, como si fuese una joya de gran valor, se la entregó al cazador.
Si bien, esa tarde, la venta se había realizado sin tropiezos para la armería que se deshacía con rapidez del arma, como esperaban sus anteriores dueños, no sucedió lo mismo con el cazador que subió al auto y en una acción imprevista abrió el estuche, retiró la pistola, la colocó junto a su pecho en el bolsillo interior de su chaqueta y resuelto, hundió a fondo el acelerador.
Después de hacer 200 Kms. sin detenerse, desde la ciudad hasta su casa de campo, Adriano Sabatini llegó a punto para la cena donde lo esperaban su esposa y sus hijos.
La familia Sabatini era dueña de una estancia ganadera herencia de Edmundo Sabatini, padre de Adriano, quien, aunque llegó de Italia a mediados del siglo XX con la idea de comprar tierras para sembradío, una vez establecido decidió cambiar su visión y dedicarse a la empresa ganadera. Al principio organizó una estancia tradicional o cimarrona que luego, ante los avances científicos y tecnológicos, se convirtió en una moderna estancia ganadera.
La propiedad constaba de extensas zonas de pastoreo como también de espesos montes cerriles, cruzados de arroyos, donde se albergaban feroces familias de jabalíes que diezmaban constantemente las majadas.
Fue debido a dichos cerdos salvajes, y a algún puma que dos por tres se avistaba por los cerros, que Adriano, desde niño, se había formado cazador.
Esa noche después de su regreso de la ciudad y antes de cenar con su familia, Adriano dejó oculta en un cajón de su escritorio la pistola Luger que comprara en la armería. No habló de ella. No la mencionó. Comentó del rifle y avisó que lo enviarían en breve.
De todos modos, esa misma noche antes de retirarse a su dormitorio entró a su oficina y se detuvo un momento con la Luger en sus manos, acariciándola, mimándola como si hubiese nacido entre ambos el hechizo de un amor prohibido.
Los días y los meses se fueron sucediendo y Adriano, paulatinamente, fue apartándose de su mujer. Rechazándola sin llegar, él mismo, a entender el real motivo que lo apartaba. En los últimos tiempos solía permanecer largas horas encerrado solo en su oficina.
Nina, la esposa de Adriano, percibió el alejamiento de su marido mucho antes de que él mismo se percatara. Trató en varias oportunidades de hablar con él, pero Adriano estaba obnubilado. Rehuía hablar del tema con su mujer. Nina entendió que la causa del alejamiento de Adriano debía de encontrarse en su oficina, pues era allí donde, cada día, pasaba más tiempo. De modo que, en la primera oportunidad que se le presentó, se dirigió a la oficina de su esposo. Lo primero que hizo, una vez que estuvo dentro, fue abrir el cajón del escritorio. Y encontró la pistola. No dejó de llamarle la atención encontrar allí un arma. Una pistola tan antigua —pensó— tan vieja. Tan fea. Usada, parecía. La dejó a un costado casi con desprecio. Nina no buscaba un fierro viejo. Nina buscaba algo distinto, fino, delicado, perfumado tal vez. Algo que le hablara de otra mujer. Sólo por ese motivo —creía— su marido dejaría de amarla.
Ella le había dado tres hijos, lo había amado y lo amaba todavía. Si había llegado el fin de aquel amor necesitaba conocer a su rival. Saber quién era la otra, como era, por quién la estaba dejando. Saber si era más joven, más inteligente, más hermosa.
—Y esta pistola ordinaria molestando —se dijo— y desdeñosa la tiró al fondo del cajón.
La Luger, cegada por el odio, leía los pensamientos de la mujer. Maldita, maldita —pensaba— y la envidia la corroía. Sabía que con una mujer no podría nunca. Jamás lograría invadir la mente de una mujer. Son fuertes —se decía— ven mucho más allá de lo que ven los hombres. Saben conquistarlos, seducirlos, enamorarlos, poseerlos. Maldita —y dejó de observarla—: Nina había cerrado el cajón.
En los días que siguieron Adriano no modificó ni un ápice su modo de vida, la situación ya establecida con su pareja se tornaba cada momento más tensa y él no intentaba una solución. Permanente, en su conciencia, la imagen de la Luger le hablaba sin voz y sin palabras. Ordenaba, decidía por él su vida y su futuro.
Poco a poco fue abandonando el trabajo en el campo y últimamente, sin tener en cuenta que sus bienes no eran sólo suyos sino también de su esposa y sus hijos, había delegado en el administrador de la hacienda todo lo concerniente a su heredad y su patrimonio. Fue así perdiendo interés en todo lo que lo rodeaba.
Enfocadas las cosas de esa manera Nina pensó intervenir por última vez. Una tarde en que Adriano se encontraba encerrado en su oficina, entró decidida a poner punto final a la historia.
Adriano se encontraba sentado. Sostenía en sus manos aquella vieja pistola que encontrara ella una tarde en un cajón de su escritorio.
La sostenía no como se toma un arma para limpiarla o cometer suicidio. La sostenía como…con afecto. Casi… ¿con amor...?
Adriano le hablaba muy despacio, muy lento. ¿Qué le decía su marido a aquel pedazo de fierro viejo? Intuía que el hombre se estaba volviendo loco, sin darse cuenta de que ya había enloquecido del todo. Decidida se acercó al escritorio.
—Adriano, qué haces con esa arma en la mano. Te has vuelto loco —le gritó enojada. Y trató de quitarle la Luger de entre las manos. Pero él no se lo permitió. — ¡No la toques! —le gritó. Y apretó el arma junto a su pecho.
—Adriano, has perdido la razón, te has enamorado de una pistola vieja y arruinada —le dijo más calmada.
—No es una pistola vieja ni arruinada. Es una Luger legítima. De colección. Es mía y me necesita.
—¿Ella te necesita? Hazme caso: si no quieres perder tu casa y tu familia deshazte de esa pistola diabólica que está volviéndote loco. ¡Reacciona, por favor! ¿Desde cuándo las armas tienen sentimientos? No te das cuenta que está maldita. Que la han convertido en un instrumento de Satanás, vaya a saber cuándo y por qué. Tienes que tirarla al mar para que se entierre en la arena del fondo y nadie vuelva a encontrarla.
—Nina, no entiendes, yo no puedo separarme de ella porque la necesito y ella me necesita a mí. No puedo.
La esposa de Adriano no quiso esperar más, se fue con los niños para la casa de la capital y decidió que lo único que podía hacer era pedir el divorcio. Volvió a los pocos días a buscar sus pertenencias y la de los chicos y una tarde cargó todo en la camioneta. Antes de partir se dirigió a la oficina de Adriano. No había nadie. Abrió el cajón y tomó el arma: —No te vas a salir con la tuya ¡pedazo de fierro viejo1 —le dijo a la Luger
—Voy a llevarte conmigo y a tirarte al fondo del mar.
La Luger la observaba con odio: no podía influirla, ni manipularla no podía entrar en la mente de la mujer. Sintió que el odio la consumía, hubiese querido huir, esconderse, escapar de las manos de la mujer. Llamó al hombre con gritos mudos y desesperados para que la librara de las garras de la mujer. Entonces entró Adriano que al ver a Nina trató de quitarle el arma. La voy a tirar al mar —dijo ella— y se trabaron para ver quién se la quitaba a quién. Se enfrentaron, cara a cara, Adriano y Nina con la Luger en medio de los dos y en el forcejeo, sonó un disparo que atravesó el aire y el corazón de Nina.

La noche vistió de luto la arena y el agua del río. Sólo el rumor de las olas al morir junto a la orilla. Sobre la rambla los automóviles con sus luces encendidas se cruzaban en un ir y venir de vértigo, ajenos al submundo que habita en cada ciudad. Inmutables anónimos de los dramas que, por las noches, acechan en cada esquina, en cada rincón.
El hombre abandonó su escondrijo. Caminó a tumbos sobre la arena húmeda. Subió por la primera escalera de la playa hacia las luces que, como luciérnagas salvajes, cruzaban impiadosas ante sus ojos alucinados. ¿Qué buscaba el hombre? ¿Hacia dónde iba? Intentó cruzar la calzada y un automóvil lo atropelló. Su cuerpo, boca arriba, quedó tirado sobre la banquina. Los coches que pasaban no se detuvieron. El hombre que lo atropelló viajaba solo. Descendió del automóvil para dirigirse hacia el que estaba caído y comprobar que ya no necesitaba auxilio.
Observó que sobre el pecho, la chaqueta desgarrada dejaba ver el cuerpo de un arma de fuego. Se detuvo un momento a observarla. Parece una Luger —se dijo. La tomó en sus manos y comenzó a examinarla sin pestañar. —Es una Luger Parabellum, de colección. ¿Qué hacía este vagabundo con una Luger de colección? —se preguntó extrañado.
Sin perder tiempo la colocó en el bolsillo superior de su chaqueta deportiva, volvió subir al auto y hundió a fondo el acelerador.
La Luger, arrebujada junto al pecho del hombre, se encaminaba, maligna, hacia un nuevo destino.
FIN

Currículo - Ada Vega, narradora, administro cuatro blog de Literatura en Internet. Miembro de la Casa de Escritores del Uruguay.

jueves, 5 de julio de 2012





AMOR DE ROCA VIDA DE CRISTAL
Silvia Latorre


Yo te quiero mucho.
La pequeña Luisa lo miró sorprendida. Tenía la mano extendida y esperaba que Pedro le alcanzara la piedra que brillaba en el fondo del arroyo
Sí, te quiero mucho y cuando seamos grandes como mis hermanos, nos casaremos y viviremos en la ciudad dentro de las murallas. Te voy a construir una casa muy alta, para que veas el campo tan verde y nuestras vacas, muchas, muchas vacas con sus terneros que van a ser como puntitos. Y el mar para el otro lado va a brillar en los mediodía y todo para ti. Y cuando te canses y te sientes en el sofá de la sala, las luces de las arañas que se cuelgan de los techos y sus caireles, brillarán para ti.
Yo te prometo regresar todos los días a la tardecita porque dice el Tata que las puertas de la ciudad se cierran.

Luisa hija del puestero no entendía de casas altas ni del mar con sus reflejos y menos de caireles. Por eso y por no quedarse callada, lo miró, colorados los cachetes y preguntó
-¿Brillará tanto el mar como el arroyo?

Crecieron, los padres de Pedro poderosos estancieros, se opusieron a esta locura.
Pero por fin un día cumplieron sus sueños y Luisa que esperaba su primer hijo miraba desde el balcón, incansablemente, hacia el mar que la fascinaba brillando tan inquieto.
Sólo a la tarde su mirada se dirigía hacia el campo, tratando de distinguir a Pedro montado en su tordillo.
La tuberculosis no perdonaba y menos a una embarazada.
Pronto Luisa debió quedarse en cama todo el día.
-Hay que ahorrar energía -decía el doctor francés que Pedro desesperado había llevado hasta su lecho.
-Extraño ver brillar el mar, le contestaba ella.
Una mañana Luisa sintió unos golpes que parecían venir de la sala. Cuando le preguntó, Pedro explicó que la mampostería del frente requería algunos retoques.
A la semana, Pedro regresó al mediodía del campo, subió las escaleras de dos en dos y entró apurado al dormitorio.
-Luisa, querida, tengo una sorpresa para ti. La levantó en sus brazos y la llevó hasta el sofá de la sala.
-Mirá hacia el balcón…
Los balaustres de mármol habían sido cambiados por otros de cristal facetados. El sol de la tarde los besaba y los hacía destellar en todos los colores del arco iris que entraban a posarse sobre la falda de Luisa.
-Ahora es el mar que llega a nuestra casa y brilla para ti…Pedro hablaba con voz estrangulada por el dolor.
Luisa sonrió, le quiso extender los brazos y languideció con un último suspiro.

-Dicen que este balcón fue el capricho de una joven amante que viajó a Florencia y que no descansó hasta que su añoso y complaciente amigo lo compró y lo trajo en el mismo barco.
El agente inmobiliario miró la expresión embobada de su cliente y pensó: siempre habrá algún romántico despistado que se trague estas historias….

Silvia Latorre: Narradora nacida en Montevideo. Integrante del taller "Escritores Creativos".

martes, 3 de julio de 2012






Los extraños.

Nedda González Núñez

En la tenebrosa región de los que no están vivos ni tampoco muertos, las criaturas vagan, sedientas por conocer su origen. Están furiosas y tristes a la vez, avergonzadas por no encajar en ningún lado.
Temidos y odiados por sus vecinos (nada acrecienta más el odio que el miedo) descansan de día bajo un manto de tierra fría, para erguirse aturdidos con las primeras sombras.
A veces sus sentidos pueden llegar a confundir un día muy nublado con el atarde-cer, y entonces terminan apaleados o heridos con las armas más mortíferas que tengan los hombres a mano.
Pero cada anochecer, deben retomar su extraña existencia y, balanceándose y ba-beando, caminan en busca de raíces y pequeñas alimañas que sigan manteniendo su no-vida, su no-muerte.
Yo los he visto a veces desde mi ventana, confundidos con el ramaje que puebla el campo. Se agitan oscuramente bajo la lluvia o las estrellas, mientras sollozan por lo bajo. Ya no les temo y se que algunos llegan hasta el cobertizo, para buscar frutas, que-so o miel.
Después, antes de que amanezca, desaparecen bajo las ramas de los nísperos y paraísos, mientras el viento arrastra lejos sus gemidos.


Nací en el departamento de Treinta y Tres, Uruguay, el 2 de octubre de 1947. Estoy radicada en Argentina desde 1974.
Soy escritora por afición. Escribir es para mí, tal como como al leer, encontrar infinitos mundos, posibles o imposibles, que se vuelven “reales” cada vez que nos internamos en ellos.
Se han publicado algunos de mis cuentos en las antologías de Editorial Dunken así como en “Golwen” “Breves no tan breves” “Al borde de la palabra”, y el cuento “El usurpador” en la revista Axxón.
Actualmente administro tres blogs.


domingo, 1 de julio de 2012




LA SOMBRA
Patricia K. Olivera

Cada vez que pasaba frente a esa vieja casona de la calle Cerrito, se sentía observado. Era inevitable fijar la vista en ella, ante la sensación de ver la imagen de una persona en el balcón; sin embargo, cuando miraba no había nadie. Llamaban su atención los adornos de cristal que ostentaban las barandas. Imaginaba que, quienes vivieron allí, gozaban de una posición privilegiada en la sociedad de su época.
Al principio, comenzó a hacer trámites por la zona; luego, se mudo a unas cuadras, de modo que sí o sí tenía que transitar por allí. Caminaba por la misma vereda, pero el frio que se colaba a través de la vieja puerta de la casona lo estremecían. El colmo fue cuando una tarde, en la que el sol ya se escondía y el movimiento de gente y transito disminuían, le pareció oír que susurraban su nombre. Aceleró el paso, con el frío en el cuerpo y con la sensación de que alguien lo seguía.
Un día de tantos, se demoró haciendo varios trámites y ya era noche cerrada cuando se vió obligado a pasar por el lugar. No le quedaba otra, su casa estaba a dos cuadras de donde vivía y era una buena forma de cortar camino. Cuando reparó en la casona, lo primero que le pasó por la cabeza fue girarse y tomar por la siguiente calle, pero desistió. No podía ser tan miedoso, era solo cuestión de apurar el paso y en un par de minutos estaría en su casa.
Hubiera sido lo más lógico, pero nada que tuviera que ver con esa casona lo era.
Repentinamente, una luz se encendió en la planta alta. Lo halló extraño. Según le habían dicho, hacía décadas que nadie habitaba aquella antigüedad; y no estaba enterado de que la estuvieran remodelando. Divisó una sombra tras la cortina transparente de tul; era una figura femenina que lo observaba, de la que podía distinguir su extraño vestido de época. No podía apartar sus ojos del balcón, al tiempo que caminaba lentamente por la vereda de enfrente. Le causó curiosidad la insistencia con que lo miraba ésa misteriosa dama. Se detuvo y movió la mano en señal de saludo, el que fue respondido unos instantes después por la mano femenina. Él sonrió, ya se había olvidado del miedo; ahora, era la adrenalina de la aventura la que lo invadía, las ganas de averiguar si podía conseguir algo de esa mujer a la que imaginaba muy bella.
Bastó solo un instante para desviar la mirada de ese balcón y menos para que ella desapareciera, pero la luz continuó encendida. Instintivamente, su mirada se dirigió a la vieja puerta de entrada, donde distinguió la silueta de ésa mujer, a la que veía solo como una sombra oscura. La observó con interés, todo parecía indicar que ella esperaba que se acercara. Al principio él dudó, pero luego sonrió y cruzó la calle; esperaba pasar una noche en buena compañía.
Cuando se acercó, apenas pudo ver algo de ella en la penumbra. La calle estaba poco iluminada y la luz que provenía del interior era muy tenue; eso no ayudaba mucho para ver su rostro. La puerta se cerró tras él, sonrió, se alegraba de su buena suerte. La sombra, apoyó su mano en el hombro del muchacho y un frio helado lo recorrió de los pies a la cabeza. Un susurró se oyó en el aire, y todo quedó en completa oscuridad y silencio.
Desde afuera, la vieja casona continúa luciendo abandonada; con sus balcones de cristal seduciendo a los transeúntes, y dando testimonio de una familia influyente y extraña de una época ya desaparecida.


Patricia K. Olvera (Montevideo-Uruguya)
Escribe poesía, relatos y microrelatos en sus blogs personales: Musas Cuenteras y Mis Musas Locas http://mismusascuenteras.blogspot.com/
Colboradora frecuente de Revista Digital miNatura de lo Breve y lo Fantástico, Ánima Barda- Magazine Pulp, Revista Literaria Pluma y Tintero y Palabras Revista Literaria. Integrante del taller de escritura "El Rincòn"

viernes, 29 de junio de 2012



Ilumíname

Diego Coppa Rutigliano


Un matorral de verdes y frondosos arbustos adornaba cientos de metros a orillas de la playa de ciudad Palmares. José, un vigoroso joven de unos veintidós años corría con mucha fuerza, sorteando ramas, piedras y pequeños charcos formados por las insistentes gotas que hacía diez minutos habían comenzado a caer. Había obtenido esa agilidad desde los trece, cuando su abuelo paterno comenzó a prepararlo para recibir su legado. Nunca supo porque en una familia tan grande le correspondió a él ese honor. Tenía tres hermanas, y un hermano. Él era el segundo más chico; sin contar sus trece primos por parte de nueve tíos.

Cruzó varios árboles de tronco grueso, todos iguales, pero ante uno en particular se detuvo de repente y giró a la izquierda. Ya empapado caminó a paso ligero unos cien metros en dirección a la playa y se encontró enfrentado con una gran abertura del bosquecillo que desembocaba en una parte muy apartada, desolada. Era una zona de cuevas, casi todas inaccesibles porque estaban muy adentro del mar, con mucha agilidad se abrió paso hasta la más cercana, saltando piedras y caminando con su cintura hundida en las aguas. Desapareció a los pocos minutos en la oscura cavidad y solo emergió nuevamente a la luz en la mañana siguiente tras sobrepasar la tormenta eléctrica. Pero al salir traía consigo la recompensa.

Varios años atrás en un tarde de lluvia similar a la de aquel día Ulises, el abuelo de José –que en ese entonces apenas contaba con trece años-, entró corriendo por la puerta principal de la antigua casa de dos pisos en la que vivía. Estaba bañado en transpiración, y dejaba a su paso un intenso olor a quemado, mezclado con el salitre del mar. Llevaba una bolsa de tela marrón apoyada en su hombro derecho. Al dar cada paso un sonido metálico proveniente de la bolsa se percibía con claridad. La dejó en la entrada y preguntó a José donde estaba su abuela, dejándole el encargo de cuidar la bolsa hasta que el regresara. En los pocos minutos que este demoró en volver José se debatió una y otra vez entre abrir la bolsa y develar el misterio o dejarla como estaba y cumplir con su palabra. Su abuelo volvió y se llevó la bolsa –que había permanecido intacta- y le pidió a su nieto que la próxima vez que viera llover volviera a buscarlo, porque tenía que enseñarle a cazar rayos. José muy entusiasmado asintió y le dio un gran abrazo.

Fue así que nueves días después, en una tarde de verano en que el cielo se cubrió en grises nubes, José les dejó una nota a sus padres y tomó el ómnibus hasta la casa de su abuelo. Este lo estaba esperando. Sentado en el sillón de mimbre de la entrada, su abuelo sonrió al verlo, tomó la bolsa de tela marrón y la colgó de su hombro.
-¿Estas pronto Josecito?
-Ya soy grande, decime José –el abuelo soltó una carcajada y asintió, levantando su palma izquierda- Sí abuelo, quiero aprender a cazar rayos como me dijiste- continuó el joven.
-No tan rápido José, primero te quiero contar la historia más importante de la familia. Esto no se trata solo de salir a cazar, sino de continuar una tradición que nos acompaña desde los orígenes de nuestra descendencia- y así el viejo Ulises comenzó su historia.

El apellido de nuestra familia, Roses De Verre, como sabrás quiere decir literalmente rosa de cristal en su traducción al francés. Mi abuelo, el gran patriarca comenzó ese apellido en honor a su descubrimiento. Un día caminando por la playa llegó hasta una zona de cuevas, un grupo de una decena de grandes piedras huecas adentradas en el mar. Su espíritu lo llevó hasta la entrada de una de ellas, y luego de explorarla por más de una hora, se fue. Pasaron unos pocos días y comenzó a sentir la necesidad de volver, como si algo lo mantuviese amarrado a esa cueva, y sin entender aun porque, tomo varias copas de metal consigo y se las llevó en una bolsa marrón de tela. Esa noche el clima estaba amenazante. Los relámpagos iluminaban el cielo como finas lunas extendiéndose por el horizonte. Pero la atracción seguía latente. Con sus trece años a cuesta y su espíritu aventurero intacto comenzó a apurar su paso cuando las primeras gotas golpearon el piso. Cuando llegó a la cueva el diluvio era total.

Al entrar, tres cosas pasaron para las cuales no tuvo explicación. Primero tomó cada una de las copas y las llenó con la arena virgen, de colores puros, que había en ese lugar. Luego las colocó en un círculo una al lado de la otra bajo una pequeña abertura que aparecía en el fondo de la cueva, a través de la cual se filtraba la lluvia. Finalmente, mientras la tormenta se iba intensificando, recolectó varias piedras de la cueva y las distribuyó todas dentro del círculo formado por las copas. En ese momento sintió que su trabajo estaba finalizado. Se apartó del altar que había construido y quedo a la espera, sin saber aún de qué. Afuera apenas se podía escuchar el viento, la acústica aislaba todo sonido del exterior. Casi todo sonido. Unos minutos después de dormirse en la cálida arena, un rayo penetró en el silencio de la noche y se enhebró por el pequeño orificio de la cueva, impactando directamente sobre las copas y las piedras. La lumbre se mantuvo viva en un círculo interminable pasando de copa en copa, para morir unos instantes después en medio de las rocas del centro. Al principio mi abuelo quedó impactado, sus oídos zumbaban y sus ojos demoraron otros instantes para volver a acostumbrarse a la oscuridad, pero no sintió miedo. Se acercó lentamente hasta donde estaban las copas, un gran calor emanaba del conjunto de metálicas reliquias. Pensó en salir a buscar agua para enfriarlas, pero la lluvia que se filtraba por el techo de la caverna estaba haciendo ese trabajo por el. Se alejó nuevamente y unos minutos mas tarde toda la escena se repitió. El silencio, un gran estruendo, la intensa luz blanca y volver a la oscuridad. Con el pasar de las horas siete rayos sacudieron la cueva, pasando por la abertura del techo y golpeando directamente el conjunto de copas, arena y piedras, para desaparecer unos segundos después. En los últimos dos golpes de la noche él ya estaba dejándose ganar por el sueño.

A la mañana siguiente, cuando despertó, la lluvia había cesado. Corrió hasta las copas solo para descubrir que la arena que hacía unas horas era virgen y de colores vivos, se había convertido en un cristal transparente, brilloso, con mucho olor a quemado, amoldado a la forma de las copas, ya frías. Comenzó a sacudirlas y la sorpresa fue aun mayor cuando el cristal de cada una fue cayendo al suelo. No lo había notado, pero en el interior de las copas metálicas estaban talladas unas figuras hermosas, diferentes entre sí, pero iguales en esencia. Se encontraba frente a varias rosas de cristal. Con mucha excitación comenzó a olerlas, a saborear ese material que él había fabricado. Tomó una de ellas y la llevó hacia la puerta de la cueva, donde el mar aparecía más tranquilo, y la sumergió para lavarla. Cuando la sacó del agua tuvo en sus manos unas de las más hermosas imágenes que había visto en su corta vida. Una hermosa y brillante rosa de cristal. Volvió a la cueva, juntó las restantes rosas, las copas, distribuyó las piedras por la cueva, devolvió los pocos granos de arena que se habían mantenido vírgenes al suelo, guardó todo en su bolsa de tela marrón y volvió a su casa. Al llegar lavó las copas y las puso en su lugar. Con suerte nadie abriría el cajón de las copas por mucho tiempo. Guardó los cristales bajo su cama y se acostó a pensar en lo que había vivido esa noche. Quería volver a hacer mas rosas, pero no estaba en sus manos. Tenía en sus manos el poder de transformar esa arena pura tan especial en un hermoso cristal, pero dependía de la ayuda de la naturaleza.

Con el devenir de los tiempos comenzó a experimentar con diferentes formas, descubrió que podía aprovechar la fuerza de los rayos para fundir dos figuras de cristal y dedicó todo su tiempo de adolescencia en perfeccionar su técnica. Fue así que gracias a tantos años de trabajo, cuando supo que su esposa estaba embarazada, pudo darse el lujo de comenzar su obra más grande. En los seis meses que antecedieron el nacimiento fue construyendo una a una, diecisiete barras de cristal formadas por la fusión de siete rosas de arena cristalizada. Un día antes que su primogénito, mi padre, naciera, unió las barras a una gran base de madera, le colocó varios almohadones y así construyó un corralito de cristal, donde sus tres hijos pasaron sus respectivos primeros meses de vida.

-La tradición en la que hoy te estas iniciando – dijo el abuelo a José- establece que una vez que nace un nuevo hijo en la familia, el actual cazador debe hacer un presente utilizando la técnica que se le ha conferido. Cuando este presente termina de ser usado debe ser destruido para evitar que se repita el incidente que dio final a ese corralito, el regalo que comenzó la tradición.
Una noche de lluvia, cuando el abuelo estaba en una de sus cacerías, y la abuela dormía, entraron unos ladrones a la casa y se la robaron. Un mes mas tarde gracias a investigaciones policiales pudo saberse que los maleantes habían salido del país con cinco maletas, seguramente conteniendo las barras de rosas de cristal. Fue así que mi abuelo decidió que, para evitar que el secreto se perdiera en el tiempo, cada dos generaciones uno de sus descendientes, el que la voz interior del actual cazador le dicte, fuera instruido en el arte de cazar rayos.
-Gracias abuelo- dijo José.
-Sé que el legado queda en las mejores manos
-¿Y qué paso con las barras del corralito? ¿Alguna vez supieron algo?
- Nunca se supo más nada, solo que cuando los ladrones salieron del país tenían por destino algún país en Sudamérica.
FIN

Diego Coppa Rutigliano. Escritor nacido en Salto. Se destaca en narrativa breve, novela, artículos y cuento brevísimo. Mención en el Concurso de minicuentos de Antel.Participó en "Taller literario del Castillo Pittamiglio", integrante del taller "Escritores Creativos". http://unostextos.blogspot.com/

lunes, 20 de febrero de 2012

El autómata


Llegó al bar y eligió una mesa junto a la ventana. La más alejada del televisor. Colgó el abrigo en el respaldo, sacó un bloc y lo puso sobre la mesa. En la primera hoja dibujó la palabra AUTÓMATA, la subrayó y se dedicó a observar la blancura del papel. Estaba vacío de ideas.
El mozo se acercó.
- Un café.
- Enseguida – contestó el mozo y se retiró.
Él se puso a contemplar nuevamente la hoja en blanco: no se le ocurría nada, no sabía cómo bosquejar el autómata.
Miró a través de la ventana, el día gris, la lluvia, la gente caminando apurada sin poder evitar mojarse, los autos.
El mozo volvió y depositó sobre la mesa, junto a la hoja en blanco, un pocillo de café, un vaso con soda y dos sobrecitos de azúcar.
El olor de la bebida lo estimuló. Decidió olvidarse por un rato del problema que representaba la hoja en blanco. Iba a dedicarse a saborear el café.
Volcó el azúcar y comenzó a revolver. La cucharita chocó contra algo emitiendo un ruido metálico. Extrañado miró dentro del pocillo, pero no logró distinguir nada, el café era oscuro y hasta tenía espuma. Tanteó con la cucharita y volvió a sentir un tintineo. En efecto, allí había algo.
Buscó la manera de sacar lo que había dentro. Introdujo un dedo en el café pero no tocó nada. Probó metiendo toda la mano. No obtuvo resultados. Se arremangó y metió el brazo hasta el codo. Con la yema de los dedos logró apenas rozar una pieza de textura metálica. Apoyando la cintura en el borde, y sosteniéndose firme con la mano izquierda, aguantó la respiración, se metió en el pocillo y tomó el objeto. Al fin logró sacarlo.
Lo secó con una servilleta. Lo apoyó sobre la hoja y lo admiró: una pieza metálica de unos cuarenta y cinco centímetros de alto y base cuadrada de dos centímetros.
Observó su impecable cromado, el detalle de las terminaciones, las puntas redondeadas. Experimentó con las partes móviles de su interior.
La hoja ya no estaba más en blanco. Estaba manchada de café. Emocionado tomó el café, pagó y se fue.
Al día siguiente eligió la misma mesa y pidió otro café.
Nuevamente la cucharita tropezó con un objeto metálico. Pero esta vez había venido preparado: sacó del bolso una pinza con brazo extensible, suficientemente larga, y con facilidad extrajo la pieza del pocillo. Después de secarla la estudió y encontró la manera de encastrarla con la pieza del día anterior. Sintió un suave “clic” que lo hizo estremecer de placer. Apoyó el conjunto sobre la hoja, ahora muy manchada de café.
Tardó solo siete días más en tener pronto el prototipo del autómata con las piezas que iba extrayendo de los pocillos.

Alvaro Bonanata. Escritor nacido en Montevideo. Narrador, conferencista, integrante del Grupo Fantástico de Montevideo. Mención de Honor en el Concurso Literario A.E.D.I (Asociación de escritores del interior), con el cuento "La partida de cartas".

jueves, 2 de febrero de 2012

Sebastián a través del agujero


Sus nietos tenían la costumbre de buscar cosas raras y curiosas en Internet. Y lo que le mostraron aquel día le cambió la vida. Mejor dicho, le decidió a terminar con su vida.

Pero no fue algo triste o dramático lo que le mostraron. No. 

Más bien le demostraron que el  sueño tanta veces soñado podía ser real.

Porque el abuelo Sebastián llevaba años soñando que navegaba en un lago tranquilo y de pronto caía en un enorme hoyo, como si fuera el agujero de la pileta cuando sacamos el tapón. Pero esa caída era placentera, aliviante (porque lo aliviaba de sus dolores) y alivianante (porque lo convertía en un ser sin gravedad, era una caída en la que casi flotaba).

Desde hacía tiempo que con esa imagen cada noche se dormía feliz y cada mañana lamentaba tener que volver al mundo real de su cuerpo pesado y sus dolores.

Por eso, cuando su nieto Martín le mostró el "Monticello Dam" en California, supo que tenía que ir y hacer su sueño realidad.
....

Por supuesto que acercarse al gigantesco agujero en medio de aquel lago artificial no le fue nada fácil. Hubo que inventar excusas en la familia, sobornar a funcionarios para obtener permisos y finalmente escapar de los guardias.

En otro momento de la vida de Sebastián aquello hubieran sido aventuras dignas de detallar, sin embargo ahora eran como el preludio de lo verdaderamente importante. Como el prólogo de su novela maestra escrita por otro autor muy menor. Lo verdadero estaba adelante, estaba dentro de aquel agujero.

Por eso solo vale la pena contar que finalmente llegó. Tal cual en sus sueños, solo en su pequeño bote se dejó arrastrar por el gigantesco vórtice. Y tal cual en sus sueños, disfrutó y flotó. Flotó y disfrutó.
....

Cuando horas después lo reanimaron, el los miraba con una sonrisa profunda. Sus familiares  le querían explicar que casi había muerto, que los mecanismos de seguridad del agujero artificial lo habían salvado y que solo como un milagro  podía explicarse que no se hubiera ahogado.

El no decía nada pero tenía la convicción que estaba del otro lado del agujero. En un mundo espejo donde esta gente (los familiares de su doble quizá?) no se daba cuenta que el venía desde el otro lado.

Igual poco importaba. Ya sabía que su doble había pasado al otro lado (a su mundo) cruzándose con el y que solo hubo un momento donde el se encontró con sí mismo. Solo un momento, adentro del agujero.

Y toda la vida había valido la pena por ese momento.