lunes, 20 de febrero de 2012

El autómata


Llegó al bar y eligió una mesa junto a la ventana. La más alejada del televisor. Colgó el abrigo en el respaldo, sacó un bloc y lo puso sobre la mesa. En la primera hoja dibujó la palabra AUTÓMATA, la subrayó y se dedicó a observar la blancura del papel. Estaba vacío de ideas.
El mozo se acercó.
- Un café.
- Enseguida – contestó el mozo y se retiró.
Él se puso a contemplar nuevamente la hoja en blanco: no se le ocurría nada, no sabía cómo bosquejar el autómata.
Miró a través de la ventana, el día gris, la lluvia, la gente caminando apurada sin poder evitar mojarse, los autos.
El mozo volvió y depositó sobre la mesa, junto a la hoja en blanco, un pocillo de café, un vaso con soda y dos sobrecitos de azúcar.
El olor de la bebida lo estimuló. Decidió olvidarse por un rato del problema que representaba la hoja en blanco. Iba a dedicarse a saborear el café.
Volcó el azúcar y comenzó a revolver. La cucharita chocó contra algo emitiendo un ruido metálico. Extrañado miró dentro del pocillo, pero no logró distinguir nada, el café era oscuro y hasta tenía espuma. Tanteó con la cucharita y volvió a sentir un tintineo. En efecto, allí había algo.
Buscó la manera de sacar lo que había dentro. Introdujo un dedo en el café pero no tocó nada. Probó metiendo toda la mano. No obtuvo resultados. Se arremangó y metió el brazo hasta el codo. Con la yema de los dedos logró apenas rozar una pieza de textura metálica. Apoyando la cintura en el borde, y sosteniéndose firme con la mano izquierda, aguantó la respiración, se metió en el pocillo y tomó el objeto. Al fin logró sacarlo.
Lo secó con una servilleta. Lo apoyó sobre la hoja y lo admiró: una pieza metálica de unos cuarenta y cinco centímetros de alto y base cuadrada de dos centímetros.
Observó su impecable cromado, el detalle de las terminaciones, las puntas redondeadas. Experimentó con las partes móviles de su interior.
La hoja ya no estaba más en blanco. Estaba manchada de café. Emocionado tomó el café, pagó y se fue.
Al día siguiente eligió la misma mesa y pidió otro café.
Nuevamente la cucharita tropezó con un objeto metálico. Pero esta vez había venido preparado: sacó del bolso una pinza con brazo extensible, suficientemente larga, y con facilidad extrajo la pieza del pocillo. Después de secarla la estudió y encontró la manera de encastrarla con la pieza del día anterior. Sintió un suave “clic” que lo hizo estremecer de placer. Apoyó el conjunto sobre la hoja, ahora muy manchada de café.
Tardó solo siete días más en tener pronto el prototipo del autómata con las piezas que iba extrayendo de los pocillos.

Alvaro Bonanata. Escritor nacido en Montevideo. Narrador, conferencista, integrante del Grupo Fantástico de Montevideo. Mención de Honor en el Concurso Literario A.E.D.I (Asociación de escritores del interior), con el cuento "La partida de cartas".

jueves, 2 de febrero de 2012

Sebastián a través del agujero


Sus nietos tenían la costumbre de buscar cosas raras y curiosas en Internet. Y lo que le mostraron aquel día le cambió la vida. Mejor dicho, le decidió a terminar con su vida.

Pero no fue algo triste o dramático lo que le mostraron. No. 

Más bien le demostraron que el  sueño tanta veces soñado podía ser real.

Porque el abuelo Sebastián llevaba años soñando que navegaba en un lago tranquilo y de pronto caía en un enorme hoyo, como si fuera el agujero de la pileta cuando sacamos el tapón. Pero esa caída era placentera, aliviante (porque lo aliviaba de sus dolores) y alivianante (porque lo convertía en un ser sin gravedad, era una caída en la que casi flotaba).

Desde hacía tiempo que con esa imagen cada noche se dormía feliz y cada mañana lamentaba tener que volver al mundo real de su cuerpo pesado y sus dolores.

Por eso, cuando su nieto Martín le mostró el "Monticello Dam" en California, supo que tenía que ir y hacer su sueño realidad.
....

Por supuesto que acercarse al gigantesco agujero en medio de aquel lago artificial no le fue nada fácil. Hubo que inventar excusas en la familia, sobornar a funcionarios para obtener permisos y finalmente escapar de los guardias.

En otro momento de la vida de Sebastián aquello hubieran sido aventuras dignas de detallar, sin embargo ahora eran como el preludio de lo verdaderamente importante. Como el prólogo de su novela maestra escrita por otro autor muy menor. Lo verdadero estaba adelante, estaba dentro de aquel agujero.

Por eso solo vale la pena contar que finalmente llegó. Tal cual en sus sueños, solo en su pequeño bote se dejó arrastrar por el gigantesco vórtice. Y tal cual en sus sueños, disfrutó y flotó. Flotó y disfrutó.
....

Cuando horas después lo reanimaron, el los miraba con una sonrisa profunda. Sus familiares  le querían explicar que casi había muerto, que los mecanismos de seguridad del agujero artificial lo habían salvado y que solo como un milagro  podía explicarse que no se hubiera ahogado.

El no decía nada pero tenía la convicción que estaba del otro lado del agujero. En un mundo espejo donde esta gente (los familiares de su doble quizá?) no se daba cuenta que el venía desde el otro lado.

Igual poco importaba. Ya sabía que su doble había pasado al otro lado (a su mundo) cruzándose con el y que solo hubo un momento donde el se encontró con sí mismo. Solo un momento, adentro del agujero.

Y toda la vida había valido la pena por ese momento.