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viernes, 29 de junio de 2012



Ilumíname

Diego Coppa Rutigliano


Un matorral de verdes y frondosos arbustos adornaba cientos de metros a orillas de la playa de ciudad Palmares. José, un vigoroso joven de unos veintidós años corría con mucha fuerza, sorteando ramas, piedras y pequeños charcos formados por las insistentes gotas que hacía diez minutos habían comenzado a caer. Había obtenido esa agilidad desde los trece, cuando su abuelo paterno comenzó a prepararlo para recibir su legado. Nunca supo porque en una familia tan grande le correspondió a él ese honor. Tenía tres hermanas, y un hermano. Él era el segundo más chico; sin contar sus trece primos por parte de nueve tíos.

Cruzó varios árboles de tronco grueso, todos iguales, pero ante uno en particular se detuvo de repente y giró a la izquierda. Ya empapado caminó a paso ligero unos cien metros en dirección a la playa y se encontró enfrentado con una gran abertura del bosquecillo que desembocaba en una parte muy apartada, desolada. Era una zona de cuevas, casi todas inaccesibles porque estaban muy adentro del mar, con mucha agilidad se abrió paso hasta la más cercana, saltando piedras y caminando con su cintura hundida en las aguas. Desapareció a los pocos minutos en la oscura cavidad y solo emergió nuevamente a la luz en la mañana siguiente tras sobrepasar la tormenta eléctrica. Pero al salir traía consigo la recompensa.

Varios años atrás en un tarde de lluvia similar a la de aquel día Ulises, el abuelo de José –que en ese entonces apenas contaba con trece años-, entró corriendo por la puerta principal de la antigua casa de dos pisos en la que vivía. Estaba bañado en transpiración, y dejaba a su paso un intenso olor a quemado, mezclado con el salitre del mar. Llevaba una bolsa de tela marrón apoyada en su hombro derecho. Al dar cada paso un sonido metálico proveniente de la bolsa se percibía con claridad. La dejó en la entrada y preguntó a José donde estaba su abuela, dejándole el encargo de cuidar la bolsa hasta que el regresara. En los pocos minutos que este demoró en volver José se debatió una y otra vez entre abrir la bolsa y develar el misterio o dejarla como estaba y cumplir con su palabra. Su abuelo volvió y se llevó la bolsa –que había permanecido intacta- y le pidió a su nieto que la próxima vez que viera llover volviera a buscarlo, porque tenía que enseñarle a cazar rayos. José muy entusiasmado asintió y le dio un gran abrazo.

Fue así que nueves días después, en una tarde de verano en que el cielo se cubrió en grises nubes, José les dejó una nota a sus padres y tomó el ómnibus hasta la casa de su abuelo. Este lo estaba esperando. Sentado en el sillón de mimbre de la entrada, su abuelo sonrió al verlo, tomó la bolsa de tela marrón y la colgó de su hombro.
-¿Estas pronto Josecito?
-Ya soy grande, decime José –el abuelo soltó una carcajada y asintió, levantando su palma izquierda- Sí abuelo, quiero aprender a cazar rayos como me dijiste- continuó el joven.
-No tan rápido José, primero te quiero contar la historia más importante de la familia. Esto no se trata solo de salir a cazar, sino de continuar una tradición que nos acompaña desde los orígenes de nuestra descendencia- y así el viejo Ulises comenzó su historia.

El apellido de nuestra familia, Roses De Verre, como sabrás quiere decir literalmente rosa de cristal en su traducción al francés. Mi abuelo, el gran patriarca comenzó ese apellido en honor a su descubrimiento. Un día caminando por la playa llegó hasta una zona de cuevas, un grupo de una decena de grandes piedras huecas adentradas en el mar. Su espíritu lo llevó hasta la entrada de una de ellas, y luego de explorarla por más de una hora, se fue. Pasaron unos pocos días y comenzó a sentir la necesidad de volver, como si algo lo mantuviese amarrado a esa cueva, y sin entender aun porque, tomo varias copas de metal consigo y se las llevó en una bolsa marrón de tela. Esa noche el clima estaba amenazante. Los relámpagos iluminaban el cielo como finas lunas extendiéndose por el horizonte. Pero la atracción seguía latente. Con sus trece años a cuesta y su espíritu aventurero intacto comenzó a apurar su paso cuando las primeras gotas golpearon el piso. Cuando llegó a la cueva el diluvio era total.

Al entrar, tres cosas pasaron para las cuales no tuvo explicación. Primero tomó cada una de las copas y las llenó con la arena virgen, de colores puros, que había en ese lugar. Luego las colocó en un círculo una al lado de la otra bajo una pequeña abertura que aparecía en el fondo de la cueva, a través de la cual se filtraba la lluvia. Finalmente, mientras la tormenta se iba intensificando, recolectó varias piedras de la cueva y las distribuyó todas dentro del círculo formado por las copas. En ese momento sintió que su trabajo estaba finalizado. Se apartó del altar que había construido y quedo a la espera, sin saber aún de qué. Afuera apenas se podía escuchar el viento, la acústica aislaba todo sonido del exterior. Casi todo sonido. Unos minutos después de dormirse en la cálida arena, un rayo penetró en el silencio de la noche y se enhebró por el pequeño orificio de la cueva, impactando directamente sobre las copas y las piedras. La lumbre se mantuvo viva en un círculo interminable pasando de copa en copa, para morir unos instantes después en medio de las rocas del centro. Al principio mi abuelo quedó impactado, sus oídos zumbaban y sus ojos demoraron otros instantes para volver a acostumbrarse a la oscuridad, pero no sintió miedo. Se acercó lentamente hasta donde estaban las copas, un gran calor emanaba del conjunto de metálicas reliquias. Pensó en salir a buscar agua para enfriarlas, pero la lluvia que se filtraba por el techo de la caverna estaba haciendo ese trabajo por el. Se alejó nuevamente y unos minutos mas tarde toda la escena se repitió. El silencio, un gran estruendo, la intensa luz blanca y volver a la oscuridad. Con el pasar de las horas siete rayos sacudieron la cueva, pasando por la abertura del techo y golpeando directamente el conjunto de copas, arena y piedras, para desaparecer unos segundos después. En los últimos dos golpes de la noche él ya estaba dejándose ganar por el sueño.

A la mañana siguiente, cuando despertó, la lluvia había cesado. Corrió hasta las copas solo para descubrir que la arena que hacía unas horas era virgen y de colores vivos, se había convertido en un cristal transparente, brilloso, con mucho olor a quemado, amoldado a la forma de las copas, ya frías. Comenzó a sacudirlas y la sorpresa fue aun mayor cuando el cristal de cada una fue cayendo al suelo. No lo había notado, pero en el interior de las copas metálicas estaban talladas unas figuras hermosas, diferentes entre sí, pero iguales en esencia. Se encontraba frente a varias rosas de cristal. Con mucha excitación comenzó a olerlas, a saborear ese material que él había fabricado. Tomó una de ellas y la llevó hacia la puerta de la cueva, donde el mar aparecía más tranquilo, y la sumergió para lavarla. Cuando la sacó del agua tuvo en sus manos unas de las más hermosas imágenes que había visto en su corta vida. Una hermosa y brillante rosa de cristal. Volvió a la cueva, juntó las restantes rosas, las copas, distribuyó las piedras por la cueva, devolvió los pocos granos de arena que se habían mantenido vírgenes al suelo, guardó todo en su bolsa de tela marrón y volvió a su casa. Al llegar lavó las copas y las puso en su lugar. Con suerte nadie abriría el cajón de las copas por mucho tiempo. Guardó los cristales bajo su cama y se acostó a pensar en lo que había vivido esa noche. Quería volver a hacer mas rosas, pero no estaba en sus manos. Tenía en sus manos el poder de transformar esa arena pura tan especial en un hermoso cristal, pero dependía de la ayuda de la naturaleza.

Con el devenir de los tiempos comenzó a experimentar con diferentes formas, descubrió que podía aprovechar la fuerza de los rayos para fundir dos figuras de cristal y dedicó todo su tiempo de adolescencia en perfeccionar su técnica. Fue así que gracias a tantos años de trabajo, cuando supo que su esposa estaba embarazada, pudo darse el lujo de comenzar su obra más grande. En los seis meses que antecedieron el nacimiento fue construyendo una a una, diecisiete barras de cristal formadas por la fusión de siete rosas de arena cristalizada. Un día antes que su primogénito, mi padre, naciera, unió las barras a una gran base de madera, le colocó varios almohadones y así construyó un corralito de cristal, donde sus tres hijos pasaron sus respectivos primeros meses de vida.

-La tradición en la que hoy te estas iniciando – dijo el abuelo a José- establece que una vez que nace un nuevo hijo en la familia, el actual cazador debe hacer un presente utilizando la técnica que se le ha conferido. Cuando este presente termina de ser usado debe ser destruido para evitar que se repita el incidente que dio final a ese corralito, el regalo que comenzó la tradición.
Una noche de lluvia, cuando el abuelo estaba en una de sus cacerías, y la abuela dormía, entraron unos ladrones a la casa y se la robaron. Un mes mas tarde gracias a investigaciones policiales pudo saberse que los maleantes habían salido del país con cinco maletas, seguramente conteniendo las barras de rosas de cristal. Fue así que mi abuelo decidió que, para evitar que el secreto se perdiera en el tiempo, cada dos generaciones uno de sus descendientes, el que la voz interior del actual cazador le dicte, fuera instruido en el arte de cazar rayos.
-Gracias abuelo- dijo José.
-Sé que el legado queda en las mejores manos
-¿Y qué paso con las barras del corralito? ¿Alguna vez supieron algo?
- Nunca se supo más nada, solo que cuando los ladrones salieron del país tenían por destino algún país en Sudamérica.
FIN

Diego Coppa Rutigliano. Escritor nacido en Salto. Se destaca en narrativa breve, novela, artículos y cuento brevísimo. Mención en el Concurso de minicuentos de Antel.Participó en "Taller literario del Castillo Pittamiglio", integrante del taller "Escritores Creativos". http://unostextos.blogspot.com/