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domingo, 1 de julio de 2012




LA SOMBRA
Patricia K. Olivera

Cada vez que pasaba frente a esa vieja casona de la calle Cerrito, se sentía observado. Era inevitable fijar la vista en ella, ante la sensación de ver la imagen de una persona en el balcón; sin embargo, cuando miraba no había nadie. Llamaban su atención los adornos de cristal que ostentaban las barandas. Imaginaba que, quienes vivieron allí, gozaban de una posición privilegiada en la sociedad de su época.
Al principio, comenzó a hacer trámites por la zona; luego, se mudo a unas cuadras, de modo que sí o sí tenía que transitar por allí. Caminaba por la misma vereda, pero el frio que se colaba a través de la vieja puerta de la casona lo estremecían. El colmo fue cuando una tarde, en la que el sol ya se escondía y el movimiento de gente y transito disminuían, le pareció oír que susurraban su nombre. Aceleró el paso, con el frío en el cuerpo y con la sensación de que alguien lo seguía.
Un día de tantos, se demoró haciendo varios trámites y ya era noche cerrada cuando se vió obligado a pasar por el lugar. No le quedaba otra, su casa estaba a dos cuadras de donde vivía y era una buena forma de cortar camino. Cuando reparó en la casona, lo primero que le pasó por la cabeza fue girarse y tomar por la siguiente calle, pero desistió. No podía ser tan miedoso, era solo cuestión de apurar el paso y en un par de minutos estaría en su casa.
Hubiera sido lo más lógico, pero nada que tuviera que ver con esa casona lo era.
Repentinamente, una luz se encendió en la planta alta. Lo halló extraño. Según le habían dicho, hacía décadas que nadie habitaba aquella antigüedad; y no estaba enterado de que la estuvieran remodelando. Divisó una sombra tras la cortina transparente de tul; era una figura femenina que lo observaba, de la que podía distinguir su extraño vestido de época. No podía apartar sus ojos del balcón, al tiempo que caminaba lentamente por la vereda de enfrente. Le causó curiosidad la insistencia con que lo miraba ésa misteriosa dama. Se detuvo y movió la mano en señal de saludo, el que fue respondido unos instantes después por la mano femenina. Él sonrió, ya se había olvidado del miedo; ahora, era la adrenalina de la aventura la que lo invadía, las ganas de averiguar si podía conseguir algo de esa mujer a la que imaginaba muy bella.
Bastó solo un instante para desviar la mirada de ese balcón y menos para que ella desapareciera, pero la luz continuó encendida. Instintivamente, su mirada se dirigió a la vieja puerta de entrada, donde distinguió la silueta de ésa mujer, a la que veía solo como una sombra oscura. La observó con interés, todo parecía indicar que ella esperaba que se acercara. Al principio él dudó, pero luego sonrió y cruzó la calle; esperaba pasar una noche en buena compañía.
Cuando se acercó, apenas pudo ver algo de ella en la penumbra. La calle estaba poco iluminada y la luz que provenía del interior era muy tenue; eso no ayudaba mucho para ver su rostro. La puerta se cerró tras él, sonrió, se alegraba de su buena suerte. La sombra, apoyó su mano en el hombro del muchacho y un frio helado lo recorrió de los pies a la cabeza. Un susurró se oyó en el aire, y todo quedó en completa oscuridad y silencio.
Desde afuera, la vieja casona continúa luciendo abandonada; con sus balcones de cristal seduciendo a los transeúntes, y dando testimonio de una familia influyente y extraña de una época ya desaparecida.


Patricia K. Olvera (Montevideo-Uruguya)
Escribe poesía, relatos y microrelatos en sus blogs personales: Musas Cuenteras y Mis Musas Locas http://mismusascuenteras.blogspot.com/
Colboradora frecuente de Revista Digital miNatura de lo Breve y lo Fantástico, Ánima Barda- Magazine Pulp, Revista Literaria Pluma y Tintero y Palabras Revista Literaria. Integrante del taller de escritura "El Rincòn"