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miércoles, 14 de octubre de 2015

LA HIEDRA DE LA VERDAD

 Ruth Paseyro

    Julián miró a Helena y supo que ese era el momento de hablar. El tacho de cobre resistía los nerviosos embates de la cuchara de madera que la mujer aprisionaba con sus dedos sarmentosos acunando un dulce de tomates.

   ─Veni, sentate que quiero que hablemos ─ la voz de Julián era la de alguien que acaba de remontar la empinada cuesta de una decisión.

   Helena lo estaqueó con sus ojos y Julián acusó el dolor. Llevaban diez años de convivir sin palabras pero ceñidos por la urdimbre de los reproches.
   Julián la vio acercarse y su mirada quedó pegada al delantal que, abandonado por la mujer,  lloraba en el respaldo de la silla. La piedad casi lo hace renunciar a su propósito de contar la verdad, pero el secreto ya no cabía dentro de su cuerpo.


  Le contó que conoció a Ángela y se había enamorado. Que un sentimiento desconocido lo había penetrado hasta el caracú. Que Dios le había puesto a Ángela bajo los tilos del los Jardines del Trocadero para que se encontraran y él supiera que la vida es algo más que respirar. Que los veinte años de la joven  eran solo una cifra frente  a su medio siglo. Que en cuestión de amor el tiempo es nieve que el sol derrite sobre los pinos haciéndolos exultar verde.
Todo esto le contó a Helena, a quien  también había amado pero de otra forma, sin tantas urgencias,  como kayak que navega un manso río. Helena lo miró, después de muchos años de tropezarse sus cuerpos y sus indiferencias,  y vio cielo en sus ojos y vio aves que lo surcaban y escuchó el ruido de las  olas que cantaban al acostarse en la orilla. Se  levantó de la silla y huyó mientras  Julián, envuelto en una nube,  continuó  con su relato.

   Cuando  vio pasar a Helena, con una valija en cada mano y dejando una estela de furia,  no le extrañó el portazo que escuchó y que puso fin a su historia. Esa era la respuesta de Helena.
    Al día siguiente unos mamelucos azules, se llevaron todo lo que había en la casa, con la excepción de  lo que estaba en el  dormitorio. De las paredes había desaparecido el invisible capitoneado que las hacía mullidas y que en otros tiempos trasmutara en calma  todo lo que no lo fuera. 
  
   Helena abandonó la casa y tras ella dejó un desierto. La tormenta de arena escampó sin palabras. Sólo quedaron paredes adustas y espacios llenos de angustia.
   Fue entonces que  por primera vez  Julián vio asomarse, en el ángulo inferior de la ventana del dormitorio, una tierna y tímida rama de  hiedra. La observó y ella pareció saludarlo desde su verde-brillante.
     
   Una mañana sintió pasos en la cocina y al aproximarse pudo ver a  Helena que absorta tomaba apuntes en un block. Julián no avanzó y al escuchar el timbre de la puerta  se quedó donde estaba. Helena dejó su tarea y pasó junto a él sin verlo. Abrió la puerta y entró su hija. Más tarde llegó un arquitecto con el que intercambiaron idea sobre  la reforma que se haría aprovechando que la casa estaba vacía. Como un salmón  intentó nadar contra la corriente y gritó que no pensaba irse de la casa. No hubo respuesta.
   Julia salió de la cocina y pasó sobre su padre sin tropezar con él. Se había transformado en un fantasma.
   Volvió a su cuarto y trató de abrir la ventana. No pudo. La hiedra había avanzado sobre ella.

   Cadenciosas pero firmes las evidencias asomaron la cabeza y no le permitieron seguir  dribleando. La reforma de la casa estaba  casi terminada y por decisión familiar el dormitorio de Julián  había quedado fuera de sus límites.
  Fue entonces que  Helena resolvió  que ya se  habían dado el suficiente tiempo de duelo y para confirmar el hecho se dirigió al que fuera  dormitorio matrimonial durante treinta años. Quiso entrar y no pudo. Desconcertada, miró la puerta de arriba abajo y junto al piso  vio asomarse  una tierna y tímida rama de hiedra.

   Madre e hija no lograron  abrir aquella puerta que habían cerrado con  prejuicios y  maledicencias. La derribaron a golpes de  hacha.  Al entrar vieron la habitación cubierta por la intimidante enredadera que, en un abrazo mortal cubría paredes, piso y muebles. La cama no era la excepción, sobre ella las ramas  evidenciaban su juventud en  hojas de  inocente pequeñez que  repujaban la  forma de un cuerpo  sobre la planicie del colchón.

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